¿Salvados por la sóla Fe o también por las obras?

colomba“Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios. Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe. Asi mismo también Rahab la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino? Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.” (Santiago 2:14-26)

Algunos creen que estas palabras de la Escritura quieren decir que no hemos sido salvados por la sóla fe, sino también por las obras. Para comprender estos pasos, debemos ser capaz de determinar el momento en el que hemos sido salvados. En este sentido, recordamos las palabras de Jesús que dijo a Nicodemo:

“Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (Juan 3:5)

Este nuevo nacimiento del que habla Jesús es cuando una persona se arrepiente de sus pecados y pide perdón a Dios y cree en el sacrificio que Jesucristo hizo en la cruz, que murió llevando nuestras rebeliones, nuestros pecados. Esta obra de persuasión la realiza el Espíritu Santo en el corazón del hombre, como está escrito:

“Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.” (Juan 16:8-11)

En el momento en que la persona cree obtiene el nuevo nacimiento, la regeneración espiritual. Esta regeneración, momento en el que somos perdonados, limpiados del pecado y somos hechos justos por Dios, es sólo por la fe en Cristo Jesús, de hecho está escrito:

“…nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5)
Ahora, puesto que sólo hay una salvación, si vemos la salvación recibida por el ladrón en la cruz, y consideramos que no ha hecho ningúna obra para ser salvo, y respetamos el hecho de que el ladrón ha demostrado con su boca que él creía, como dijo Jesús: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43), entendemos que la salvación por la sóla fe es completa.

Entonces el ladrón en la cruz fue salvado por la sóla fe sin ninguna buena obra, y esto es confirmado por otros pasajes de la Escritura, como estas palabras escritas por Pablo: “…el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.”(Romanos 3:28); y otra vez: “…el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo…” (Gálatas 2:16); Pablo también ha confirmado las mismas cosas a los Efesios: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:8-9)

A la luz de lo que hemos demostrado con las Escrituras en cuanto al recibir el don de la salvación por la sóla fe, ahora vamos a examinar la cita anterior al comienzo de la epístola de Santiago.

En primer lugar hay que señalar que Santiago llama “hermanos” a los que eran dirigidas esas palabras; los hermanos de Santiago eran los nacidos de nuevo que habían sido regenerados espiritualmente y que eran justificados y perdonados de sus pecados, como escribió poco antes en la misma epístola:

“El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18)

Así, Santiago sabía que los destinatarios de la epístola y, por lo tanto, de esas palabras de exhortación a las buenas obras, eran dirigidas a los que eran sus hermanos y hermanas en Cristo, regenerados por el Espíritu Santo, salvados por la fe en Cristo Jesús.

Dicho esto, entendemos, por tanto, que Santiago no habla en ese pasaje como si las buenas obras tuvieran un poder regenerador en el espíritu, sino que presenta las obras como una consecuencia natural de la salvación obtenida por fe, de hecho por el comportamiento que se produce en la vida se manifiesta concretamente la fe en Dios que uno tiene en su corazón.

Queda claro entonces que un hombre que no lleva a cabo las obras, o que nunca ha tenido la fe, es decir que nunca ha sido regenerado por el Espíritu Santo, o en ese preciso momento ya no tiene mas la fe ya que carece de las obras y la fe sin obras está muerta. Si la fe está en el corazón de un hombre debe necesariamente manifestarse y no se puede esconder. Si un creyente tiene fe inevitablemente debe hacer seguir a la fe las obras que Dios le requiere que haga y que le coloca en el frente. Una lámpara encendida no se pone debajo de la cama o debajo de un almud.

En conclusión, el hombre se salva por la fe sóla, como está escrito: “Mas el justo vivirá por fe…” (Hebreos 10:38), sin embargo, a esta fe tiene que seguir una vida llena de buenas obras. Pero pueden existir personas que, aunque si están llenas con buenas obras y el deseo de hacer el bien no han sido regeneradas y no han nacido de nuevo, entonces, no hay en ellos la fe que el Espíritu pone en los hombres desde el momento del nuevo nacimiento. Estas personas no se salvarán. No puede ser de otra manera, porque la salvación no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia, como está escrito: “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.” (Romanos 9:16)

Los que no son salvos y sus pecados no fueron perdonados por la fe en el sacrificio de Jesucristo en la cruz deben arrepentirse y creer en el Evangelio; quienes, sin embargo, ya han sido salvados y perdonados de sus pecados, deben cumplir todas las obras que Dios pone delante de ellos, de lo contrario su fe será inútil.

Giuseppe Piredda

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