Sanidades, milagros y señales y prodigios

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En el ministerio de Jesucristo

Jesucristo, el Hijo de Dios, en los días de su carne expulsó a muchos demonios (o espíritus malignos) de los cuerpos de los poseídos liberándolos, y realizó sanidades, milagros, señales y prodigios en gran número; tantos fueron sus milagros que Juan, el discípulo a quien amaba Jesús, al final del Evangelio escrito por él, dice: “Y hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir” (Juan 21:25). Esto significa, por lo tanto, que las cosas que hizo Jesús en la Biblia son sólo una pequeña parte de las cosas que había hecho.

Jesús reprendía a los demonios con autoridad y ellos salían de los cuerpos de aquellos que los tenían; Él los reprendía por la ayuda del Espíritu de Dios que estaba en Él, como dijo un día a los que le acusaban de echar fuera demonios por el príncipe de los demonios, es decir Satanás (Véase Mateo 12:22-32). Cuando los demonios le veían se arrojaban al suelo y comenzaban a gritar: “Déjanos; ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Yo te conozco quién eres, el Santo de Dios” (Lucas 4:34), y cuando Él les reprendía salían y gritaban diciendo: “Tú eres el Hijo de Dios” (Lucas 4:41), pero Jesús los reprendía y no los dejaba hablar porque sabían que Él era el Cristo de Dios. Jesús liberó a los poseídos ciegos y mudos, y también poseídos sordos, cuya ceguera, sordera y mudez eran causadas por los espíritus malignos (Véase Mateo 12:22; Marcos 9:25); como también liberó a endemoniados que veían, escuchaban y hablaban. Los demonios fueron obligados a salir antes del poder de Dios que estaba con Jesucristo.

Jesucristo, además de liberar los poseídos del dominio de los demonios, sanó tantos enfermos que sufrían de diversas enfermedades. Un pasaje del Evangelio escrito por Mateo dice: “Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó. ” (Mateo 4:23-24). Algunas de las numerosas sanidades realizadas por Él fueron las siguientes: la sanación de un leproso (Véase Mateo 8:1-4), la sanación de los diez leprosos en una sóla vez (Véase Lucas 17:11-19); la sanación del siervo del centurión romano que estaba paralítico (Véase Mateo 8:5-13); la sanación de la suegra de Pedro con fiebre, (Véase Mateo 8:14-15; Lucas 4:38-39); la sanación de una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años (Véase marcos 5:25-34); la sanación de un ciego de nacimiento (Véase Juan 9:1-38) y otros dos hombres ciegos (Véase Mateo 9:27-31); la sanación de un hombre que tenía la mano seca (Mateo 12:9-14); la sanación de una mujer que andaba encorvada (Véase Lucas 13:10-17); la sanación de un hombre con hidropesía (Lucas 14:1-6); la sanación de un paralítico desde treinta y ocho años (Véase Juan 5:1-9) y la sanación de otro paralítico que fue llevado a Él por cuatro personas que a causa de la multitud que estaba alrededor de Jesús abrieron el techo de la casa y lo bajaron delante de Él (Véase Marcos 2:1-12); la sanación de un sordomudo de la Decápolis (Véase Marcos 7:32-37). Todas las sanaciones Jesús las realizó porque “el poder del Señor estaba con él para sanar” (Lucas 5:17).

Jesucristo hizo muchos milagros, como cuando alimentó con cinco panes y dos peces una multitud de aproximadamente cinco mil personas sin contar las mujeres y los niños (Véase Mateo 14:15-21); o cuando alimentó con siete panes y unos pocos pececillos una multitud de cuatro mil personas sin contar las mujeres y los niños (Véase Mateo 15:32-39). O como cuando resucitó a los muertos, como en el caso de la hija de Jairo (Véase Marcos 5:35-43); en el caso de Lázaro quien había estado muerto por cuatro días (Véase Juan 11:1-46), y en el caso del hijo de la viuda de Naín que fue resucitado mientras lo llevaban a enterrar (Véase Lucas 7:11-17).

Jesucristo también hizo el milagro de caminar sobre las aguas del Mar de Galilea (Véase Mateo 14:24-33), El milagro de calmar una tormenta con la palabra (Véase Mateo 8:23-27); y el milagro de secar a una higuera maldiciendola (Véase Mateo 21:18-22).

En verdad Jesucristo cumplió grandes cosas, como dijo Pedro, Dios aprobó a su siervo Jesús entre los Judios por los milagros, señales y prodigios que Dios había hecho por medio de Él (Véase Hechos 2:22).

 

En el ministerio de los apóstoles y de otros siervos de Dios

Jesucristo, en los días de su carne, habiendo escogido doce discípulos los envió a predicar el reino de Dios dandoles el poder de expulsar los demonios y para sanar enfermedades, como está escrito: “Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades. Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos” (Lucas 9:1-2), y también que Él les dijo: “Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios…” (Mateo 10:8), cosas que los apóstoles hicieron, de hecho está escrito: “Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen. Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban” (Marcos 6:12-13).

Después que Jesucristo murió y resucitó apareció a los once a los cuales dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios. Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían” (Marcos 16:15-20). Como se puede ver los apóstoles incluso después de que Jesús fue llevado al cielo continuaron a echar fuera demonios y a sanar a los enfermos en el nombre de Jesucristo. Esto es confirmado por lo que Lucas dice en los Hechos de los Apóstoles: “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón. De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos; mas el pueblo los alababa grandemente. Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres; tanto que sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos. Y aun de las ciudades vecinas muchos venían a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos; y todos eran sanados” (Hechos 5:12-16). Acerca de Pedro y Juan se registra la sanidad del hombre cojo en la puerta del templo que se llama ‘la Hermosa’: “Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración. Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo. Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna. Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo. Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios. Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios. Y le reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido”(Hechos 3:1-10). Acerca de Pedro se registra otra sanación, la de Enea, que estaba paralizado y la resurrección de una discípula muerta llamada Tabita: “Aconteció que Pedro, visitando a todos, vino también a los santos que habitaban en Lida. Y halló allí a uno que se llamaba Eneas, que hacía ocho años que estaba en cama, pues era paralítico. Y le dijo Pedro: Eneas, Jesucristo te sana; levántate, y haz tu cama. Y en seguida se levantó. Y le vieron todos los que habitaban en Lida y en Sarón, los cuales se convirtieron al Señor. Había entonces en Jope una discípula llamada Tabita, que traducido quiere decir, Dorcas. Esta abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía. Y aconteció que en aquellos días enfermó y murió. Después de lavada, la pusieron en una sala. Y como Lida estaba cerca de Jope, los discípulos, oyendo que Pedro estaba allí, le enviaron dos hombres, a rogarle: No tardes en venir a nosotros. Levantándose entonces Pedro, fue con ellos; y cuando llegó, le llevaron a la sala, donde le rodearon todas las viudas, llorando y mostrando las túnicas y los vestidos que Dorcas hacía cuando estaba con ellas. Entonces, sacando a todos, Pedro se puso de rodillas y oró; y volviéndose al cuerpo, dijo: Tabita, levántate. Y ella abrió los ojos, y al ver a Pedro, se incorporó. Y él, dándole la mano, la levantó; entonces, llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva. Esto fue notorio en toda Jope, y muchos creyeron en el Señor” (Hechos 9:32-42).

Esto se relaciona con los apóstoles que estaban con Jesús, pero hubieron también los otros apóstoles escogidos por Cristo que obraron sanidades, señales y prodigios en el nombre de Cristo. Acerca de Pablo y Bernabé se dice que se detuvieron mucho tiempo en Iconio “hablando con denuedo, confiados en el Señor, el cual daba testimonio a la palabra de su gracia, concediendo que se hiciesen por las manos de ellos señales y prodigios” (Hechos 14:3). Acerca de Pablo es dicho esto esto hecho que sucedió en Listra: “Y cierto hombre de Listra estaba sentado, imposibilitado de los pies, cojo de nacimiento, que jamás había andado. Este oyó hablar a Pablo, el cual, fijando en él sus ojos, y viendo que tenía fe para ser sanado, dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies. Y él saltó, y anduvo” (Hechos 14:8-10), y este otro hecho que sucedió en la isla de Malta: “En aquellos lugares había propiedades del hombre principal de la isla, llamado Publio, quien nos recibió y hospedó solícitamente tres días. Y aconteció que el padre de Publio estaba en cama, enfermo de fiebre y de disentería; y entró Pablo a verle, y después de haber orado, le impuso las manos, y le sanó. Hecho esto, también los otros que en la isla tenían enfermedades, venían, y eran sanados” (Hechos 28:7-9).

Además de de los apóstoles obraron señales y prodigios también Esteban y Felipe que no eran apóstoles; acerca del primero se dice: “Y Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo” (Hechos 6:8) y del segundo: “Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo. Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados; así que había gran gozo en aquella ciudad” (Hechos 8:5-8).

 

Señales y prodigios

En la Biblia están documentadas manifestaciones del poder de Dios que son llamadas señales y prodigios y que no incluyen las sanidades. Son milagros obrados por Dios a través de sus siervos. He ahí algunos de estos portentos.

Moisés, después de que Dios le dio la orden de ir a Egipto para liberar a su pueblo y la autoridad para obrar prodigios, obró tales prodigios en Egipto. Los primeros prodigios fueron los de la serpiente y la mano leprosa que obró delante de los ancianos de Israel (en realidad fue Aarón a obrarlos). Moisés fue capaz de obrar estos milagros por virtud del hecho que Dios le había dicho que los obrase cuando le había aparecido; aquí el hecho. “Entonces Moisés respondió diciendo: He aquí que ellos no me creerán, ni oirán mi voz; porque dirán: No te ha aparecido Jehová. Y Jehová dijo: ¿Qué es eso que tienes en tu mano? Y él respondió: Una vara. El le dijo: Echala en tierra. Y él la echó en tierra, y se hizo una culebra; y Moisés huía de ella. Entonces dijo Jehová a Moisés: Extiende tu mano, y tómala por la cola. Y él extendió su mano, y la tomó, y se volvió vara en su mano. Por esto creerán que se te ha aparecido Jehová, el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. Le dijo además Jehová: Mete ahora tu mano en tu seno. Y él metió la mano en su seno; y cuando la sacó, he aquí que su mano estaba leprosa como la nieve. Y dijo: Vuelve a meter tu mano en tu seno. Y él volvió a meter su mano en su seno; y al sacarla de nuevo del seno, he aquí que se había vuelto como la otra carne. Si aconteciere que no te creyeren ni obedecieren a la voz de la primera señal, creerán a la voz de la postrera. Y si aún no creyeren a estas dos señales, ni oyeren tu voz, tomarás de las aguas del río y las derramarás en tierra; y se cambiarán aquellas aguas que tomarás del río y se harán sangre en la tierra” (Éxodo 4:1-9).

Los siguientes fueron los prodigios de la vara que se convirtió en serpiente que él y Aarón obraron antes de Faraón, como está escrito: “Y Jehová habló a Moisés ya Aarón , diciendo: “Habló Jehová a Moisés y a Aarón, diciendo: Si Faraón os respondiere diciendo: Mostrad milagro; dirás a Aarón: Toma tu vara, y échala delante de Faraón, para que se haga culebra. Vinieron, pues, Moisés y Aarón a Faraón, e hicieron como Jehová lo había mandado. Y echó Aarón su vara delante de Faraón y de sus siervos, y se hizo culebra. Entonces llamó también Faraón sabios y hechiceros, e hicieron también lo mismo los hechiceros de Egipto con sus encantamientos; pues echó cada uno su vara, las cuales se volvieron culebras; mas la vara de Aarón devoró las varas de ellos” (Éxodo 7:8-12). Y entonces todas las plagas que Dios envió a los egipcios, como está escrito en los Salmos: “Envió a su siervo Moisés, y a Aarón, al cual escogió. Puso en ellos las palabras de sus señales, y sus prodigios en la tierra de Cam. Envió tinieblas que lo oscurecieron todo; no fueron rebeldes a su palabra. Volvió sus aguas en sangre, y mató sus peces. Su tierra produjo ranas hasta en las cámaras de sus reyes. Habló, y vinieron enjambres de moscas, y piojos en todos sus términos. Les dio granizo por lluvia, y llamas de fuego en su tierra. Destrozó sus viñas y sus higueras, y quebró los árboles de su territorio. Habló, y vinieron langostas, y pulgón sin número; y comieron toda la hierba de su país, y devoraron el fruto de su tierra. Hirió de muerte a todos los primogénitos en su tierra, las primicias de toda su fuerza” (Salmo 105:26-36). Ellos fueron seguidos de todas estas señales y maravillas obradas por Dios a través de Moisés en el desierto; la división del Mar Rojo, la roca que hizo brotar el agua, etc. En virtud de todas estas maravillas hechas por Moisés se dijo: “Nadie como él en todas las señales y prodigios que Jehová le envió a hacer en tierra de Egipto, a Faraón y a todos sus siervos y a toda su tierra, y en el gran poder y en los hechos grandiosos y terribles que Moisés hizo a la vista de todo Israel” (Deuteronomio 34:11-12).

En la época del rey Jeroboam, un hombre de Dios vino de Judá a Bethel y obró un milagro delante del rey: “He aquí que un varón de Dios por palabra de Jehová vino de Judá a Bet-el; y estando Jeroboam junto al altar para quemar incienso, aquél clamó contra el altar por palabra de Jehová y dijo: Altar, altar, así ha dicho Jehová: He aquí que a la casa de David nacerá un hijo llamado Josías, el cual sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los lugares altos que queman sobre ti incienso, y sobre ti quemarán huesos de hombres. Y aquel mismo día dio una señal, diciendo: Esta es la señal de que Jehová ha hablado: he aquí que el altar se quebrará, y la ceniza que sobre él está se derramará. Cuando el rey Jeroboam oyó la palabra del varón de Dios, que había clamado contra el altar de Bet-el, extendiendo su mano desde el altar, dijo: ¡Prendedle! Mas la mano que había extendido contra él, se le secó, y no la pudo enderezar. Y el altar se rompió, y se derramó la ceniza del altar, conforme a la señal que el varón de Dios había dado por palabra de Jehová. Entonces respondiendo el rey, dijo al varón de Dios: Te pido que ruegues ante la presencia de Jehová tu Dios, y ores por mí, para que mi mano me sea restaurada. Y el varón de Dios oró a Jehová, y la mano del rey se le restauró, y quedó como era antes” (1 Reyes 13:1-6).

Cuando en el Nuevo Testamento leemos acerca de alguien que Dios obró milagros y prodigios por medio de él, entre estos milagros realizados por él pueden haber estado también obras que no tenían nada que ver con la sanación de una persona. Por otro lado, tenemos la evidencia en el hecho de que Jesús, de quien se dice que Dios obró a través de Él señales y prodigios entre los Judios (Hechos 2:22), resucitó a los muertos, mandó a una higuera que se desecase, multiplicó los panes y los peces, y caminó sobre el agua; estas obras no son sanaciones.

Por lo tanto, cuando la Escritura habla del don de hacer milagros, se refiere al don de hacer milagros y prodigios similares a los que Dios hizo obrar a sus siervos en el pasado, o de todos modos de las obras poderosas que son diferentes de las sanidades.

 

Las sanidades y los milagros en la Iglesia del Dios vivo hoy en día

Como hemos visto, en el pasado, tanto mientras Jesucristo estuvo en la tierra como después de su asunción al cielo, Dios hizo milagros a través de su Hijo, sus apóstoles y sus otros siervos. En este punto alguien va a preguntar: “¿Pero hoy, después de tanto tiempo, estas sanidades, estas liberaciones, estas resurrecciones, estas señales y prodigios son cosas que pueden suceder? ¿Estas son cosas que debemos esperar o querer que se vean en nuestro medio? ¿Estas cosas son necesarias y útiles como lo fueron en esos días? “Mi respuesta a todas estas preguntas es “Sí, sin lugar a dudas”.

Estas cosas pasan porque el Dios que las cumplió a través de Jesucristo y luego a través de los apóstoles y luego por Esteban y Felipe, no está muerto y no ha cambiado; Él está viviendo y no cambia. Su poder es siempre el mismo, inmenso, por lo que todavía hoy puede hacer las cosas que hizo en el pasado. Si es cierto que las cosas que son imposibles para los hombres son posibles para Dios (Véase Lucas 18:27), esto significa que Dios todavía hoy hace lo imposible que el hombre no puede hacer. ¿O queremos decir que las cosas que son imposibles para los hombres fueron posibles a Dios sólo en los días de Jesús y los apóstoles? ¿Quién se atreverá a decir una cosa así?

Estas son cosas que debemos esper y desear que sucedan porque Dios quiere obrarlas aún hoy en medio de su Iglesia a través de sus hijos. Nosotros no esperamos que Dios envíe a su Hijo para morir y resucitar porque estas cosas no concuerdan más con su voluntad porque ya las cumplió una vez por todas, pero por lo que se refiere a las obras poderosas Él quiere obrarlas todavía en el día de hoy porque todavía quiere probar o confirmar que el Evangelio es Su Palabra y es la verdad.

Jesucristo un día hablando de las maravillas que hacía dijo: “Mas yo tengo mayor testimonio que el de Juan; porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado” (Juan 5:36). Entonces, si los milagros realizados por Jesucristo mismo confirmaban que el Padre le había enviado, por la fuerza de las circunstancias, los milagros realizados en el nombre de Jesucristo (que son hechos por Cristo a través de sus servidores) no hacen más que confirmar que Él es Aquel que Dios ha enviado al mundo para salvar el mundo. ¿Dios quiere confirmar esto? Por supuesto, ya que es una parte integral, diría básico del Evangelio de la gracia de Dios. Debemos desear que estas cosas sucedan porque Dios nos manda en su Palabra para que procuremos los dones espirituales (1 Corintios 12:31), entre los cuales hay los dones de hacer milagros, dones de sanidades y el don de fe. Y por lo tanto es bastante normal que se quiera hacer milagros o verlos hacer por algún santo siervo de Dios. Tan normal que los discípulos oraron para que Dios confirmase Su Palabra con sanidades, señales y prodigios: escuchen lo que dice Lucas en los Hechos de los Apóstoles acerca de la oración que los discípulos hicieron a Dios después de que Pedro y Juan fueron liberados: “Y puestos en libertad, vinieron a los suyos y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho. Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay; que por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas? Se reunieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra su Cristo. Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera. Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús” (Hechos 4:23-30). ¿Alguna vez has orado de esta manera? Si nunca lo has hecho, comienza a hacerlo.

Estas cosas son útiles porque están hechas por Dios y todo lo que Dios hace es útil. Son útiles porque van s demostrar que el Evangelio que es predicado por orden de Dios no es una filosofía, no es una fábula, no es una invención humana, sino el mensaje del Dios vivo para toda la humanidad y que por lo tanto es digno para ser plenamente aceptado. El Señor obraba con los apóstoles confirmando con las señales la Palabra que ellos predicaban (Véase Marcos 16:20). Cuando los apóstoles Pablo y Bernabé estaban en Iconio la Escritura dice que “se detuvieron allí mucho tiempo, hablando con denuedo, confiados en el Señor, el cual daba testimonio a la palabra de su gracia, concediendo que se hiciesen por las manos de ellos señales y prodigios” (Hechos 14:3). Así que, si se quiere que Dios confirme su Palabra que se predica como lo hizo en los tiempos antiguos, entonces se debe desear que Él la acompañe con señales y prodigios. Las señales y las maravillas, precisamente porque están hechas por Dios por esta razón, se realizan para la salvación de las almas y, de hecho, Pablo dijo: “Tengo, pues, de qué gloriarme en Cristo Jesús en lo que a Dios se refiere. Porque no osaría hablar sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para la obediencia de los gentiles, con la palabra y con las obras, con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios” (Romanos 15:17-19). Tengan en cuenta que las palabras “para la obediencia de los gentiles” dejan muy claro el concepto expresado por mí. Pero diganme: “¿Pero no es cierto que en las Escrituras muchos creyeron en el Evangelio después de haber visto o escuchado de una sanación o un milagro hecho en el nombre de Jesús?” Tomemos el caso de la sanación del paralítico Eneas: ¿no está tal vez escrito que después de que Pedro le sanó en el nombre de Jesús “le vieron todos los que habitaban en Lida y en Sarón, los cuales se convirtieron al Señor” (Hechos 9:35)? Y ¿qué pasa con el caso de la resurrección de Tabitha?; ¿No está escrito que “Esto fue notorio en toda Jope, y muchos creyeron en el Señor” (Hechos 9:42)? ¿Y no es cierto que en Samaria la gente, unánime, “escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía” (Hechos 8:6)? Pero incluso antes de estos hechos, cuando Jesús predicó entre los Judios, ¿no es cierto que en Jerusalén “muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía” (Juan 2:23)? ¿Y no es cierto que también los discípulos de Jesús creyeron en él después de que lo vieron obrar su primer milagro en Caná de Galilea, donde convirtió el agua en vino (Véase Juan 2:11)? ¿Y qué pasa cuando Jesús resucitó a Lázaro quien había estado muerto por cuatro días? ¿No está escrito que “entonces muchos de los judíos que habían venido para acompañar a María, y vieron lo que hizo Jesús, creyeron en él” (Juan 11:45)? Y cuando Jesús alimentó a la multitud con cinco panes y dos peces; ¿No está escrito: “Aquellos hombres entonces, viendo la señal que Jesús había hecho, dijeron: Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo” (Juan 6:14)? Así que las sanidades y los milagros obrados en el nombre de Jesucristo, por el poder del Espíritu Santo, son útiles para atraer a las almas a Cristo. Por supuesto, no todo el mundo viendo las señales y los prodigios se convertirá a Cristo, hasta el punto que ya en los días de Jesús Cristo muchos, aunque vieron muchos milagros no se arrepintieron y Jesús por esta razón les amonestó. Está escrito: “Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían arrepentido, diciendo: Ay de ti, Corazín! Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza. Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para Tiro y para Sidón, que para vosotras. Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy. Por tanto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti” (Mateo 11:20-24). Pero es igualmente cierto que algunos se convertirán a Cristo sólo viendo los milagros realizados en su nombre, de acuerdo a lo que Jesús dijo: “Si no viereis señales y prodigios, no creeréis” (Juan 4:48).

Las maravillas de Dios son útiles porque confirman la fe de los creyentes, en el sentido de que fortalecen su fe en Cristo, les animan a perseverar en la fe. ¿Quién de nosotros después de haber obtenido de Dios el cumplimiento de una oración por una necesidad particular (aquí excluyo la necesidad de una sanación o un milagro) no se sintió fortalecido en la fe porque ha podido ver que Dios escucha nuestras oraciones y las contesta como dice su Palabra? Si por lo tanto una oración a Dios que no requiera ni una sanidad ni una resurrección de los muertos, lleva al creyente a ser más fuerte espiritualmente, ¿por qué la intervención de Dios en el cuerpo de un enfermo o de un muerto no debería tener el mismo efecto? Cuando Pablo dijo a los santos en Roma: “Porque deseo veros, para comunicaros algún don espiritual, a fin de que seáis confirmados” (Romanos 1:11), ya que entre los dones espirituales hay también los dones de sanidades, el don de hacer milagros y el don de fe , dejó en claro que estas manifestaciones del Espíritu de Dios (sanidades, señales y prodigios) ayudan a fortalecer los santos espiritualmente.

Las maravillas de Dios llevan a los creyentes para glorificar el nombre de Dios, cosa en la cual Dios se complace. ¿No está escrito que cuando Pablo en Jerusalén comenzó a contar una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio, los ancianos de la iglesia, oyendolas, glorificaban a Dios (Véase Hechos 21:19-20)? Y así también hoy en día las sanidades y los milagros en el nombre de Jesús hacen glorificar a Dios.

Las maravillas de Dios suplen las necesidades. Por ejemplo los niños y adultos que sufren de enfermedades incurables, cerca de la muerte, que reciben la sanación de Dios y la extensión de sus vidas. Pónganse en los zapatos de un hombre que tiene cáncer y que se le ha dicho que tiene unos meses o unos pocos días de vida: ¿Creen que quiere morir? ¿Creen que no sería feliz si alguien le pudiera sanar en el nombre de Jesucristo? ¿Ustedes piensan que un padre y una madre que tienen su propio niño que está cerca de la tumba, no estarían contentos si el Señor Jesús sanase a su hijo? Lo que es asombroso es que la gente del mundo se empeñan mucho con los medios que tienen para prolongar la vida de los enfermos, y en cambio muchos creyentes no hacen nada para prolongar la vida de estas personas, en el sentido que, no sólo no quieren recibir los dones de sanidades o el poder para hacer milagros, pero tampoco oran por estas almas. Como si nuestro Dios fuese un Dios que no puede curar a los enfermos también hoy en día, en respuesta a una oración o a través de la manifestación de un don especial dado a su siervo. ¡Ah! Me se rompe el corazón viendo a estos creyentes INCRÉDULOS en el poder de Dios. Yo los conozco, conozco los razonamientos que hacen: “Dios aquí y Dios allí” etc .., pero a la base de estos razonamientos hay una profunda incredulidad en el Dios que dicen de conocer.

Por lo tanto, que se alienten a los enfermos, a los creyentes y a los no creyentes, a tener fe en Cristo para la sanación, y se ore por ellos para su sanación. No importa si eres un creyente sencillo, o un anciano de una iglesia, hay que alentar al paciente para que tenga fe en Cristo, y orar por él, si él quiere ser sanado. Si usted es un pastor o un anciano de la iglesia, tiene la obligación, cuando el enfermo le está llamando, a orar con fe ungiéndole con aceite en el nombre del Señor, porque así dice Santiago: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados” (Santiago 5:14-15).

Y no sólo eso, también que se deseen los dones de sanidades y de hacer milagros porque a través de ellos se prucen maravillas y milagros por el Espíritu Santo. No importa si ustedes son simples creyentes sin deberes en la iglesia, o diáconos, o ancianos o pastores, tienen también que desear estos dones del Espíritu Santo.

En cuanto a los poseídos, no hay que enviarles a los psiquiatras, pero cuando son llevados al lugar de culto para ser liberados, los santos se pongan en oración y quien es el responsable de la gestión de la comunidad reprenda a los demonios en el nombre de Jesucristo y les eche fuera de los cuerpos de los poseídos. Que lo haga con autoridad, sin dudar, y Dios obrará.

Me dirijo a usted que ahora está enfermo, no importa qué enfermedad padece y desde cuánto tiempo tiene esta enfermedad, sepa que Cristo es todavía poderoso para sanarle si usted cree con todo su corazón, lo que tiene que hacer es creer en Él como lo hicieron en los días de Jesús la mujer que padecía de flujo de sangre, el hombre ciego llamado Bartimeo, y todos los otros que Él sanó, y entonces verá que “tu salvación se dejará ver pronto” (Isaías 58:8). No temas, cree solamente.

 

Como se lleva a cabo la sanación

La sanación de los enfermos se puede hacer o a través de la imposición de las manos de un ministro del Evangelio, que impone las manos en el nombre de Jesús, después de haber orado por él. Al igual que en el caso de Pablo, quien, después de haber orado por el padre de Publio que estaba en la cama enfermo de fiebre y de disentería “le impuso las manos, y le sanó” (Hechos 28:8), o como cuando el enfermo llama a los ancianos de la Iglesia que le ungen en el nombre del Señor y oran por él. O también por la imposición de manos en el nombre de Jesús pero sin que la imposición de manos sea precedida o seguida de una oración especial para él. Quien impone las manos sobre el enfermo puede simplemente decirle: “¡En el nombre de Jesucristo, sé sanado!” Además Jesús dijo: “En mi nombre … sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán”(Marcos 16:18). En cuanto a la unción de los enfermos con aceite para sanarles, esto es bíblico, de hecho los apóstoles “ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban” (Marcos 6:13).

La sanación de un enfermo puede también ocurrir sin la imposición de manos y sin la unción de aceite sino sólo con el orden de cualquier creyente que tiene los dones de sanidades, como en el caso de Pedro que mandó en el nombre de Jesús Cristo al cojo de levantarse (Hechos 3:6), o como en el caso de Pablo que dijo al hombre cojo de nacimiento que le estaba escuchando a Listra: “Levántate derecho sobre tus pies” (Hechos 14:10).

Pero la sanación de un enfermo puede también ocurrir sin la imposición de manos y sin la unción de aceite, y sin la oración o el orden de cualquier creyente, de hecho puede suceder que el enfermo sea sanado repentinamente por el poder de Dios mientras está caminando por la calle o está sentado en una silla o acostado en una cama, o también que al enfermo le aparezca el mismo Jesucristo que le impone las manos o simplemente le dice: “yo te sano”, o alguna otra cosa, sin imponerle sus manos.

Bien podría suceder que la sanación se cumpla a través de algun paño o delantal que estaba sobre un hombre de Dios con los dones de sanidades y el poder de hacer milagros, exactamente como le sucedió a muchos enfermos en Asia en los días de Pablo como está escrito: “Y hacía Dios milagros extraordinarios por mano de Pablo, de tal manera que aun se llevaban a los enfermos los paños o delantales de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los espíritus malos salían” (Hechos 19:11-12). Quiero aclarar, sin embargo, que Pablo no oraba en esos paños o delantales y que no era él quien dijo de poner los delantales y paños sobre su cuerpo para que luego se llevasen a los enfermos, entonces, digo esto porque hoy en día hay algunos predicadores que hacen tales cosas.

Y por último podría también suceder que alguien sea sanado por la sombra de un hombre de Dios que le enfosca, exactamente como sucedió en Jerusalén en los días de los apóstoles según como está escrito: “Y los que creían en el Señor aumentaban más, gran número así de hombres como de mujeres; tanto que sacaban los enfermos a las calles, y los ponían en camas y lechos, para que al pasar Pedro, a lo menos su sombra cayese sobre alguno de ellos” (Hechos 5:14-15); Sin embargo, me gustaría señalar que, incluso en este caso, no fue Pedro quien dijo de poner los enfermos en las calles para que pudiera enfoscarles.

Una cosa hay que decir, en cualquier manera la sanación suceda se cumple por la fe de los enfermos ya que es su fe en Cristo que le sana. ¿Qué dijo Pedro a la multitud de Judios que se habían reunido después de que él había ordenado que el cojo se levantase en el nombre de Jesús? Él dijo: “Y por la fe en su nombre, a éste, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros” (Hechos 3:16). Incluso hoy en día, a los enfermos sanados, entonces deberíamos decirles: “¡Tu fe te ha sanado!” ¿No es tal vez la misma cosa que Jesús decía a los enfermos que Él sanaba? Entonces, si no hay fe por parte del enfermo, la sanación no puede ocurrir. Al igual que en la falta de fe no puede haberse salvación, así en ausencia de fe no puede haberse sanación.

Otra cosa que al final me gustaría decir es esta, la sanación se debe pedir, debe ser deseada y buscada; sin embargo, el Señor no prometió que será garantizada en todos los casos a los creyentes, porque hay algunos casos en los cuales el Señor elige para no sanar por razones que sólo Él conoce. Una de ellas puede ser la razón que ha decidido llevar a un creyente en el cielo. En este caso, entonces la enfermedad llevará al creyente hasta la tumba como en el caso del profeta Eliseo que estaba “enfermo de la enfermedad de que murió” (2 Reyes 13:14). No se preocupen sin embargo de estos casos, siempre tenemos que pedir y buscar la sanación, y que nos paremos de pedirla a Dios sólo en el caso que Dios revele que ha decidido la muerte del creyente o cuando le hace morir porque ha llegado su tiempo.

 

Algunas advertencias

Como sucede en el ámbito de las visiones, sueños y revelaciones, que el diablo, que es un mentiroso y el padre de la mentira, obra mistifiaciones para engañar tanto los incrédulos como especialmente los creyentes, así sucede en el campo de las sanidades, de los milagros y de las señales y maravillas. El diablo de hecho sabe que las sanidades, los milagros, las señales y maravillas pueden ser útiles para llevar a los creyentes a creer en su herejías. Y entonces levanta sus ministros que hacen estas cosas, pero por supuesto estas cosas son mentirosas porque son producidas por él. La Escritura habla de estas señales y maravillas y nos amonesta severamente para que nos guardemos de todos aquellos que las realizan, no importa a qué religión pertenezcan. Esto es lo que Jesús dijo: “Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos” (Mateo 24:24). Como se puede ver hay ministros de Satanás que harán grandes señales y prodigios con el fin de seducir a los creyentes. Siempre estos han existito desde cuando Jesús pronunció esas palabras. Guardense de ellos como se guardarían de las serpientes venenosas porque son personas sin escrúpulos que enseñan cosas perversas y diabólicas. Son personas que obran por la ayuda de los malos espíritus, son de hecho dadas al espiritismo y al ocultismo.

Pero tienen también que guardarse de otra categoría de personas, es decir de todos los que anuncian el Evangelio, (no otro Evangelio, sino el Evangelio de la gracia de Dios), y que con poder y en el Espíritu Santo hacen milagros y sanidades en el nombre de Jesús y también cazan los demonios en el nombre de Jesús, que pero tienen una mala conducta que trae deshonra al Evangelio y al nombre de Dios. Sus vidas están llenas de confusión y toda obra mala, a pesar del hecho que sus reuniones sean frecuentadas por miles de personas, muchos reciban la salvación y muchos enfermos sean realmente sanados a través de su fe en Jesucristo. Estos son aquellos a quienes un día Jesús dirá: “Apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:23), y esto es porque se negaron a santificarse en el temor de Dios y a caminar humildemente, santamente y piadosamente como corresponde a los santos. Tengan cuidado de ustedes y no se dejen engañar por las multitudes y las personas que aceptan a Cristo en sus reuniones o que son realmente sanados por ellos; guerdense y apartense de ellos porque está escrito: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos” (Romanos 16:17-18). Entonces dirán: “¿Pero entonces las sanidades y los milagros que un creyente hace en el nombre de Jesús a través del Espíritu Santo, no son una prueba clara e incontrovertible de que sea un santo hombre de Dios?”. No, no se puede decir en absoluto que un hombre poderoso en palabras y en hechos sea, inevitablemente, también santo, justo y piadoso. En algunos nos encontramos individuos que en su vida privada se comportan como bestias sin razón; viviendo cometiendo pecados contra naturaleza, en inmundicias, lascivias, lujurias, borracheras, orgías, en el fraude y en todo tipo de injusticia. Cuidado entonces, sean sencillos como palomas y prudentes como serpientes.

Por el Maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo

https://www.facebook.com/groups/JustoJuicio/

2 comentarios en “Sanidades, milagros y señales y prodigios

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