¿A dónde va el Cristiano cuando muere?

cloud001Hermanos en el Señor, quiero que sepan que cuando un cristiano muere, él muere en la carne, pero su alma se aparta de su cuerpo y se va a vivir con el Señor en las alturas, totalmente consciente, entonces en un estado perfecto de claridad mental. Hay varias Escrituras que demuestran que cuando un Cristiano muere en el Señor se va a vivir con el Señor en su reino celestial. Vamos a ver estas Escrituras.

● Pablo escribió a los Corintios: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos” (2 Corintios 5:1). Así que nosotros los creyentes tenemos una casa eterna en el cielo que no fue hecha por la mano del hombre, sino por Dios mismo. En esta casa se van a habitar los que mueren en la fe, desde el primer día de su partida, incluso a partir de los primeros momentos después de la exhalación del alma, porque la subida al cielo sucede en el espacio de un corto período de tiempo. Los apóstoles tenían el deseo de salir del cuerpo e ir a vivir con el Señor, de hecho, Pablo escribió a los Corintios: “Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor” (2 Corintios 5:6-8), y a los Filipenses: “Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros” (Filipenses 1:23-24). Nosotros también tenemos el mismo deseo que tenían Pablo y sus colaboradores, porque sabemos que estar con el Señor en el cielo es mucho mejor. Claro, es una cosa maravillosa vivir con el Señor en la tierra, pero muchísimo mejor es la vida que se va a vivir con el Señor en Su reino celestial.

● El apóstol Pedro en su segunda epístola dijo: “sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado. También yo procuraré con diligencia que después de mi partida vosotros podáis en todo momento tener memoria de estas cosas” (2 Pedro 1:14-15). El apóstol sabía que pronto moriría, y él iría a vivir en el cielo con el Señor, y hablaba de su muerte como una partida de su cuerpo cuando él dijo que no tardaría en salir de su morada terrestre. Ahora bien, si la muerte se llama partida significa que hay algo en el cuerpo que parte del cuerpo cuando muere, de lo contrario, no tendría sentido llamarla partida. Y sabemos que esto algo es el alma que está en el hombre. Y no sólo eso, si el alma se va tiene que existir también un lugar donde se va a ir, porque de lo contrario no tendría sentido hablar de partida, y sabemos que este lugar es el paraíso, el tercer cielo. El mismo lugar donde el apóstol Pablo fue arrebatado (que, sin embargo, no podía decir si esto fue en el cuerpo o fuera del cuerpo), y donde “oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar” (2 Corintios 12:4).

● Juan, en la visión que tuvo en la isla de Patmos vio, entre otras cosas, las almas de los creyentes que habían sido muertos en la tierra. Él dijo: “Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las almas de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y por el testimonio que tenían. Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra? Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos” (Apocalipsis 6:9-11). Leyendo estas palabras de Juan entendemos claramente que los que mueren en Cristo van al cielo, y allí tendrán plena conciencia; y también que no podemos dejar de reconocer que Jesús estaba diciendo la verdad cuando dijo: “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar” (Mateo 10:28), porque las que vio Juan eran las almas de los que habían sido muertos por causa del nombre de Cristo. En verdad, ni siquiera la muerte puede separar los discípulos de Cristo del amor de su Señor y Salvador.

● Siempre en el libro de Apocalipsis Juan dice: “Oí una voz que desde el cielo me decía: Escribe: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen” (Apocalipsis 14:13). ¿Por qué, entonces, bienaventurados son los muertos que mueren en Cristo? Porque se descansan. ¿Y dónde se descansan? En el cielo, de hecho, justo antes Juan dijo que había visto, en el cielo bajo el altar, las almas de los que habían sido muertos por la Palabra y por el testimonio que ellos tenían, que clamaban a Dios para pedirle justicia, y a las cuales se les dijo “que descansasen todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser muertos como ellos” (Apocalipsis 6:11). Tengan en cuenta que, a pesar de lo que decían, aquellas almas ya estaban descansando, pero se les dijo que descansasen todavía un poco de tiempo hasta un tiempo determinado. Por lo tanto, hay que decir que el que entra al cielo “también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas” (Hebreos 4:10). Gloria a Dios para siempre. Amén. Pero también decimos algo sobre los que no mueren en Cristo. Ellos no son bendecidos porque no descansan en absoluto, ya que entran en las llamas del Hades donde no tienen descanso. ¿Podría haberse descanso en un lugar de tormento, horrible, donde cientos y cientos de millones de almas lloran y chillan los dientes por el dolor insoportable que están sufriendo? Los que mueren en sus pecados son, por lo tanto, llamados entre todos infelices, ya que van en el tormento. Más gracias a Dios en Cristo Jesús para salvárnos de este destino terrible y espantoso. Amén.

● Pablo dice a Timoteo: “Si somos muertos con él, también viviremos con él” (2 Timoteo 2:11). ¿Qué quiere decir esto? Que si morimos en la fe, vamos a vivir en el cielo con Cristo; y esto inmediatamente después de la muerte. Luego de la resurrección (que sucederá en la venida de Cristo del cielo), obtendremos un cuerpo incorruptible que vestirá nuestra alma actual y con el cual saldremos de los sepulcros después de que nuestra alma volverá de nuevo en eso, y con ese nuevo cuerpo continuaremos a vivir con el Señor.

● Siempre Pablo dijo a Timoteo antes de salir de este mundo: “Y el Señor me librará de toda obra mala, y me preservará para su reino celestial” (2 Timoteo 4:18). Esta era la confianza de Pablo; que el Señor le habría dado la bienvenida en su reino celestial en el momento de su muerte. Y con esto concuerdan las palabras de Asaf que dijo por el Espíritu: “Me has guiado según tu consejo, y después me recibirás en gloria” (Salmo 73:24).

● Jesús dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 11:25-26). Esto significa que aunque un creyente muera según la carne continuará a vivir. ¿Pero dónde sigue viviendo? ¿Dónde va a vivir? En el tercer cielo, donde está el Señor de la gloria, porque Jesús dijo: “donde yo estuviere, allí también estará mi servidor” (Juan 12:26). Nosotros, amados, somos muy reconfortados y nos regocijámos al saber que donde está nuestro Señor un día vamos a estar allí también, si perseveramos en la fe. No somos en absoluto ansiosos al pensar que un día vamos a dejar esta tierra, porque sabemos que a dónde vamos es mucho mejor que aquí en la tierra. Mientras que los pecadores van a un lugar donde van a estar mucho, mucho peor que en la tierra, nosotros los creyentes, por la gracia de Dios, vamos a ir a un lugar mejor. Mientras que los pecadores no saben a dónde van porque caminan en la oscuridad, nosotros sabemos muy bien hacia dónde vamos porque ahora sabemos cual es el camino que conduce al lugar donde Jesús se fue después de hacer la purificación de los pecados, de acuerdo con lo que Jesús dijo: “Y sabéis a dónde voy, y sabéis el camino” (Juan 14:4); Jesucristo es el camino que conduce al Padre, y queremos seguir sus pasos para entrar en su reino eterno. ¿Y la muerte? Amarga cosa, por supuesto, porque para los que se quedan no es nada agradable ver el cuerpo sin vida de un hermano en Cristo, pero recuerden que “estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos” (Salmos 116:15). A Dios, que en Su gran misericordia, nos ha dado vida eterna en Cristo Jesús nuestro Señor, sea la gloria ahora y para siempre. Amén.

 

Conclusión

En la conclusión de este tratado, hermanos, quiero decirles de regocijárse y alegrárse a la vista de aquel día en que, si se les encontrará en la fe, traspasarán de este mundo a lo mejor que hay en el cielo, donde, esperando la resurrección estarán en la presencia de Dios y de su Hijo alabándoLes continuamente, y donde hay llena paz y alegría. Allí no hay lágrimas, ni tristeza, y ningún tipo de dolor. Allí, la gloria de Dios ilumina todo y todos, y todo es esplendor y magnificencia. Pero además de alegrarse, hablen entre vosotros de este maravilloso lugar que es el paraíso celestial para consolarse, y indiquen a los pecadores el camino para llegar allí, así que ellos también se arrepientan para conocer la verdad y empiecen a seguirla. Una cosa más hermanos: como he dicho antes, irán al cielo sólo si se les encontrará en la fe, este es un punto que hay que tener continuamente en cuenta para no caer en el engaño del diablo. De hecho Jesús dijo: “Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 24:13), y también: “Con vuestra perseverancia ganaréis vuestras almas” (Lucas 21:19 ‘LBLA’). Por lo tanto, condición indispensable para entrar en el reino de los cielos al final de nuestros días es creer en el nombre del Hijo de Dios hasta el fin. Quién va a retroceder irá a la perdición, en el fuego del Hades, donde hay llanto y el crujir de dientes. Su alma en lugar de ser recibida en la gloria, se cubrirá de ignominia en el Hades, junto con las almas de todos los impíos de entre los cuales también hay los que habían creído un día sobre la tierra, pero luego decidieron abandonar el camino santo para revolcarse en las contaminaciones del mundo. Es una cosa terrible caer en las manos del Dios vivo, mejor caer en manos de los hombres, pero no en las de nuestro gran Dios también llamado el Temor de Isaac, y el Tremendo. Que por lo tanto, el temor de Dios sea con ustedes todos los días de su vida, hermanos; que siempre esté en frente de sus ojos. Amen a Él hasta el final y Él les hará escapar de las llamas del infierno y entrarán en el reino de Dios. Llegarán así a los santos que antes de ustedes han peleado la buena batalla, y se han mantenido en la fe hasta el final. Permanezcan firmes en la fe; sean celosos por la causa del Evangelio, abunden en buenas obras. Oren sin cesar.

Por el maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo

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