La Iglesia

tra-i-verdi-cespugli-e-il-cielo-azzurro¿Qué es la Iglesia?

La palabra iglesia deriva del griego ekklesia que significa “asamblea” e indica aquel conjunto de personas que han sido redimidas de este presente siglo malo y transportadas en el reino del Hijo de Dios. Por supuesto, este término se refiere tanto a la Iglesia universal que incluye a todos los redimidos de todo linaje y lengua y pueblo y nación; como a la Iglesia local, como la de una ciudad o de un país que incluye los redimidos que viven sólo en esa ciudad o país (hecho que no excluye que la Iglesia de ese lugar sea compuesta por personas de diferente etnia y raza). Por lo tanto, la Iglesia universal se compone de muchas Iglesias locales.

En la Escritura el término Iglesia entendido como una asamblea universal se utiliza por ejemplo en estos pasajes: “tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia…” (Mateo 16:18); “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella….” (Efesios 5:25); “Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén” (Efesios 3:20-21). El mismo término endendido más bien como una iglesia local se utiliza por ejemplo en estos otros pasos: “Saludad también a la iglesia de su casa” (Romanos 16:5); “Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a la iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya” (2 Corintios 1:1).

Dado que este es el significado de la palabra “Iglesia” es incorrecto llamar “iglesia” el lugar de culto. Pero mediten: ‘¿Cómo se puede llamar “iglesia” un lugar de culto cuando Pablo decía de saludar a la Iglesia que se reunía en la casa de Aquila y Priscila?

 

¿Quién es la cabeza de la Iglesia?

La cabeza suprema de la Iglesia es Cristo: el apóstol Pablo explica con claridad y en una variedad de formas que la cabeza de la Iglesia, tanto en el cielo como en la tierra, es Cristo Jesús:

– El dice a los Efesios que Dios ha resucitado a su Hijo, sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero y que “sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:22-23); y también: “siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo” (Efesios 4:15), y “Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador” (Efesios 5:23). Así que, como la cabeza de la mujer es una sóla, es decir su marido, la cabeza de la Iglesia (que es la Esposa del Cordero) es una sóla, es decir Cristo, su esposo, y nadie más.

– A los Colosenses Pablo dice: “Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia” (Colosenses 1:17-18). Por lo tanto, la Iglesia de Dios no tiene dos cabezas, una de las cuales está en el cielo, y el otra está en la tierra; o una visible y otra invisible, sino sólo una, y Él está en el cielo a la diestra de Dios y, por la fe, en los corazones de todos los que le recibieron como su personal Señor y Salvador.

 

Cuando se hace parte de la Iglesia

Dependiendo del significado mismo de la palabra Iglesia, se da a entender que se hace parte de la Iglesia cuando uno se libera del pecado, porque lo que ata a los hombres en este mundo malo es el pecado que ellos sirven; por lo tanto cuando se recibe la salvación. Y ¿cuándo se recibe la salvación? Cuando se cree con el corazón en Jesucristo porque la salvación se obtiene por la fe en Cristo. De hecho, Pablo dice claramente que “si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9). También se puede decir que el individuo hace parte de la Iglesia de Dios cuando nace de nuevo, porque a través del nuevo nacimiento deja de ser muerto espiritualmente, ya que es vivificado por Dios a través de su Palabra y de su Espíritu. Esta entrada en la Iglesia es representada y establecida con el rito del bautismo, por el cual el nuevo salvado o nacido de nuevo anuncia de haber muerto al pecado por su fe en el Cristo de Dios, pero acerca del bautismo y su significado hablaremos más adelante.

 

Los nombres dados a la Iglesia

La Iglesia se define de varias maneras en la Escritura, ahora vamos a ver estas definiciones teniendo en cuenta que pueden ser aplicadas sin distinción, tanto a la Iglesia universal como a la local.

El Cuerpo de Cristo. La Iglesia de Dios es el cuerpo de Cristo, porque Pablo, escribiendo a la iglesia de Dios que estaba en Corinto, les dice: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (1 Corintios 12:27). Y a medida que las personas se convierten en parte de lo mismo por la obra del Espíritu Santo, como está escrito: “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:13), porque es Él que primero convence al mundo de pecado, justicia y juicio, y luego les vivifica, no se pueden llamar “miembros del cuerpo de Cristo” a los que aún no han sido vivificados por el Espíritu Santo. Y puesto que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, siendo nosotros sus miembros, nos sentimos parte unos de los otros. Es por eso que Pablo dice que “si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan” (1 Corintios 12:26). Ocurre un poco como cuando uno de los miembros de nuestro cuerpo físico sufre, todos los demás miembros se duelen con él, sin excepciones, precisamente porque ellos también son parte de un mismo cuerpo. Y como cuando recibimos un cumplido sobre una parte de nuestro cuerpo, por ejemplo: “¡Qué hermosos ojos tienes!”, que todo nuestro ser se siente invadido por la alegría, en otras palabras, el hecho de que el cumplido lo haya recibido aquel miembro del cuerpo conduce a todos los demás miembros a regocijarse. Y siempre porque la Iglesia se asemeja a un cuerpo humano, sus miembros necesitan unos a otros; no importa qué tarea tienen en el cuerpo, no pueden decir que no necesitan de otro miembro. Por ejemplo, ya que el ojo no puede decir a los pies: “No tengo necesidad de ustedes”, así como cualquier persona que ha recibido el poder de hacer milagros y curaciones, no puede decir que no tiene necesidad de su hermano, que ha recibido el don de la interpretación de lenguas o el don de profecía, y así sucesivamente. Quien cree que puede prescindir de otro miembro del cuerpo de Cristo, muestra un comportamiento loco. Gracias a Dios por lo tanto para haber construido el cuerpo de esta manera, es decir, con el fin de impedir a cualquier miembro de decir que no tiene necesidad de cualquier otro miembro. Nuestro Dios es sabio y sabiendo que el orgullo siempre habría estado espiando a la puerta de los corazones de los creyentes, ha organizado la Iglesia de tal manera que surgiese en los corazones de los creyentes la necesidad de estar juntos. Así que la forma en la que Dios ha estructurado a su Iglesia es una demostración de la infinita sabiduría de Dios, que con el fin de evitar cualquier división en su asamblea ha encomandado diversas y variadas tareas a creyentes diferentes y de sexo diferente. No hay creyentes que tienen todos los dones, de lo contrario podrían decir que no necesitan los otros hermanos, pero cada uno tiene solamente aquellas facultades que Dios ha decidido darle, por lo tanto es inevitable que cada uno busque quien tiene las capacidades que él no posee. El Profeta entonces buscará, cuando su esposa está enferma, quien tiene los dones de sanidades; y los que tienen los dones de sanidades buscarán el profeta con la esperanza de recibir una palabra de parte de su Dios. Y se podría dar muchos más ejemplos semejantes.

La Esposa del Cordero. El apóstol Pablo escribiendo a los Corintios dijo: “Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo” (2 Corintios 11:2), esto sugiere que la Iglesia es la esposa de Cristo, o más bien es su novia promesa. Y de hecho, llegará el día en el cual se celebrará la boda del Cordero; esto es lo que Juan dice que ha oído en la visión que tuvo en la isla de Patmos: “Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos” (Apocalipsis 19:6-8). Por supuesto, como sucede en el ámbito humano, el novio quiere que su novia llegue inmaculada a la boda, así es en el campo espiritual, de hecho Cristo quiere presentar en frente de Él la Iglesia santa y sin mancha; esto es lo que dice Pablo a los Efesios, cuando dice: “…Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:25-27). Cuando la Iglesia se alía con los enemigos de Cristo, o comienza a amar al mundo, espiritualmente comete adulterio porque se enamora de extraños y traiciona a su esposo. Santiago, de hecho, llama a aquellos creyentes que se ponen a amar al mundo “gente adúltera” (Santiago 4:4).

La grey de Dios. El apóstol Pedro, al escribir a los santos dice a los ancianos: “Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto” (1 Pedro 5:2). Así que la iglesia de Dios se le llama también la grey de Dios. Sus miembros por lo tanto se comparan con las ovejas (animales tan mansos, pero también fácilmente influenciables). Una confirmación de esto es el hecho de que Jesús se llamó a sí mismo “el buen pastor” (Juan 10:11), y las que le seguían: “sus ovejas”, de hecho dijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre… También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor” (Juan 10:27-29,16). Jesucristo es, pues, el pastor de sus ovejas (que son al mismo tiempo las ovejas de su Padre) de acuerdo a lo que dice también Pedro: “Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas” (1 Pedro 2:25), o como Lo llama siempre Pedro “el Príncipe de los pastores” (1 Pedro 5:4) y esto porque en la tierra hay pastores que son llamados por Dios para pastorear a su rebaño y que un día tendrán que dar cuenta de sus acciones como pastores a Aquel que es el Príncipe de los pastores.

La familia de Dios. El apóstol Pablo dijo a los Efesios: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19). Así que la Iglesia es la familia de Dios; por lo tanto sus miembros se llaman “hermano” o “hermana”, ya que son conscientes de ser parte de esta gran familia. El mismo Jesús llamó a sus discípulos hermanos cuando después de haber resucitado dijo a las mujeres: “No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán” (Mateo 28:10), y esto porque Él es “el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29). El apóstol también Pablo llamaba a los santos hermanos; a los santos de Corinto, por ejemplo, dijo: “Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa….” (1 Corintios 1:10).

Casa espiritual o templo de Dios. La iglesia es una casa espiritual formada por piedras vivas, es decir, por los hombres y mujeres que habían muerto en sus pecados un día y luego fueron vivificados por el Espíritu Santo; y nosotros, por la gracia de Dios, somos parte de estas piedras vivas. Esto es lo que Pablo enseña cuando dice a los Efesios: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecadosAsí que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:1,19-22). El apóstol Pedro lo confirma en su primera epístola, de hecho primero dice a los elegidos: “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempredesead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada…” (1 Pedro 1:23; 2:2), y luego dice: “vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual…” (1 Pedro 2:5). Estando así las cosas, por lo tanto, es evidente que no es correcto llamar “casa de Dios” el lugar de culto donde los fieles se reúnen para adorar y orar a Dios, pero por desgracia esto se escucha en muchos hermanos. Muchos conductores dicen claramente desde el púlpito que el lugar en el que se reúnen es la casa de Dios; una de las expresiones más frecuentes que se escucha es “bienvenidos a la casa de Dios” Pero yo digo: “¿Pero nunca han leído que está escrito que “la cual casa somos nosotros” (Hebreos 3:6)?” Este edificio espiritual que es la casa de Dios tiene Jesucristo como piedra angular y, de hecho, Jesús le dijo a Pedro que Él habría edificado su Iglesia sobre Él mismo (Véase Mateo 16:18). Inmediatamente después de Jesús, en este edificio el fundamento está formado por los apóstoles y los profetas; entre los apóstoles hay también Pedro, así como hay Pablo.

La vid y los pámpanos. Jesús comparó la Iglesia a una vid; De hecho, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:1-5). Ahora nosotros estamos unidos al Señor, y nos hemos convertido en un sólo espíritu con Él cuando nos hemos arrepentido de nuestros pecados y hemos creído en Su nombre; por esta razón decimos que hemos entrado a hacer parte de la vid, que es la casa de Dios. Por lo tanto los que todavía no se han arrepentido y no han creído en el Hijo de Dios no son uno con nosotros en Cristo Jesús, no importa a que iglesia digen participar, porque no son pámpanos de la vid de Dios. Entonces, ¿cómo se puede reconocer si una persona es un pámpano de esta vid? En primer lugar el hecho de que tiene la seguridad de haber obtenido el perdón de los pecados (porque él se ha arrepentido y ha creído en Cristo); y luego por los frutos dignos de arrepentimiento que él lleva guardando los mandamientos de Cristo. En otras palabras, el hecho de que él permanece en Cristo y Cristo en él.

Un linaje escogido. La Iglesia, en las palabras de Pedro, es un “linaje escogido” (1 Pedro 2:9), es decir un grupo de personas que fueron elegidas para la salvación por la fe en la verdad. Así que aquellos que son miembros están seguros de ser salvos porque han experimentado la salvación de Dios. No se pueden, por lo tanto, definirse como Iglesia de Dios, los hombres y mujeres que dicen ser Cristianos, pero no admiten abiertamente de no ser salvados y de ser todavía pecadores, o que son todavía pecadores aún esclavos de los deseos de la carne y de todas las formas de idolatría y superstición.

Un real sacerdocio. La Iglesia, de acuerdo con las palabras de Pedro, es “un real sacerdocio” (1 Pedro 2:9), es decir un reino de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Estos sacrificios son la alabanza, la oración y la acción de gracias.

Una nación santa. La Iglesia, en las palabras de Pedro, es “una nación santa” (1 Pedro 2:9), es decir, un pueblo que ha sido santificado por Cristo a través del Espíritu Santo y que siguen la santidad. En virtud del hecho que los miembros de la Iglesia de Dios que han sido santificados por Cristo son llamados santos por las Sagradas Escrituras. He aquí algunos pasos que lo confirman:

– Pablo escribió a los Corintios: “Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús” (1 Corintios 1:1-2), y otra vez, “No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Corintios 6:9 -11);

– a los Filipenses: “Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos” (Filipenses 1:1);

– a los Colosenses: “Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a los santos y fieles hermanos en Cristo que están en Colosas..” (Colosenses 1:1-2);

– a los Romanos: “Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos” (Romanos 8:27), y también: “Mas ahora voy a Jerusalén para ministrar a los santos” (Romanos 15:25).

Así que los santos no son un cierto grupo de creyentes que se han destacado por su piedad y justicia, sino a todos los creyentes. Pero, por supuesto, no todos los creyentes se santifican en la misma medida.

Columna y baluarte de la verdad. Pablo llamó a la Iglesia del Dios viviente “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15), esto significa que sirve de soporte a la verdad que es en Cristo Jesús, es decir, en la Palabra de Dios, como está escrito: “Tu palabra es verdad” (Juan 17:17); y que se levanta por causa de la verdad.

 

La organización de la Iglesia

La Iglesia de Dios es un cuerpo bien estructurado en el interior, no podía ser de otra manera, ya que fue fundada por Cristo, por quien fueron hechas todas las cosas, visibles e invisibles.

En la Iglesia, Cristo ha puesto los pastores para apacentar a sus ovejas; cada iglesia tiene su propio pastor también llamado el ángel de la iglesia, asistido por un consejo de ancianos (obispos) y diáconos que tienen la tarea de ayudar al pastor y los ancianos y de ocuparse en la asistencia de los pobres, los huérfanos y las viudas; o como en algunos casos la Iglesia tiene sólo un colegio de ancianos asistidos por los diáconos. En la Iglesia, Cristo ha establecido también los apóstoles que son los enviados a fundar otras iglesias; los profetas que son aquellos que tienen el don de profecía y los dones de revelación; los evangelistas que son aquellos que van de un lugar a otro para evangelizar (predicar el Evangelio), y los maestros que han recibido de Dios la capacidad de enseñar con precisión la doctrina de Dios.

 

Las actividades de la Iglesia

Los miembros de la Iglesia de Dios están llamados a santificarse en el temor de Dios con el fin de presentarse ante Dios santos y sin mancha, y para hacerlo deben abstenerse de cualquier cosa que tenga el poder de contaminarlos espiritualmente y carnalmente. Además de esto son llamados a practicar las buenas obras, a ser celosos en ellas (limosnas, ayudar a los pobres, las viudas, los huérfanos,…) (Véase Efesios 2:10; Tito 2:14). Los santos también deben orar los unos por los otros (Véase Efesios 6:18; Santiago 5:16), y por los perdidos para que se salven (Véase Romanos 10:1; 1 Timoteo 2:1-4). Otra cosa que los santos deben hacer es desear los dones espirituales que se dan para el bien común (Véase 1 Corintios 14:1-12). Los santos en la tierra también son llamados a evangelizar, es decir a llevar a la gente el mensaje de la Buena Nueva del Reino de Dios (Véase Hechos 8:4; 11:20). El Evangelio es el mensaje por el cual somos salvos y creemos que puede salvar también a las otras personas porque es el poder de Dios para la salvación de todos aquellos que creen; por esta razón lo proclamamos a los hombres. Esto lo que hacemos aunque creemos que no todos los que lo escucharán serán salvados, porque creerán sólo los que están ordenados para vida eterna. La orden de evangelizar debe ser cumplida, tanto que los hombres nos escuchen como si no lo hagan, y eso es porque todos los hombres deben escuchar el Evangelio, porque el fin no vendrá si antes el Evangelio será predicado a todo el mundo para testimonio a todas las naciones (Véase Mateo 24:14: Marcos 13:10). Así que nosotros los creyentes, cuando tenemos la oportunidad debemos hablar del Cristo de Dios a aquellos que todavía no lo conocen, exhortándoles a arrepentirse y creer en Él para que obtengan el perdón de los pecados.

Los que hacen parte de la Iglesia están llamados a asistir a las reuniones de culto de la Iglesia, reuniones en las cuales se enseña la Palabra de Dios por aquellos que son llamados a hacerlo, donde se ora y canta junto a Dios, y en las cuales se ora por los enfermos, y durante las cuales se participa en la Cena del Señor en la que recordamos la muerte expiatoria de Cristo hasta que Él venga. También hay otras reuniones organizadas por la Iglesia que son llamadas “agape” en las que se come juntos y que es bueno que los santos las asistan con el fin de intensificar la comunión con los demás hermanos. La unión entre hermanos es algo bueno; aquellos que la desean tienen un buen deseo. Por supuesto, estando con los otros hermanos se descubren sus defectos, se pueden producir malentendidos, o surgir problemas de diversa índole; cosas que pasan en cualquier familia, y que también se producen en la familia de Dios. Nada extraño y nada nuevo, sólo es suficiente leer los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas para entender esto. Los Santos, sin embargo, saben cómo hacer frente a estas cosas porque tienen en la Palabra de Dios y en el Espíritu Santo guías infalibles. El amor que estamos llamados a procurar intensamente hacia los otros hermanos les traerá a soportar las flaquezas de los demás y a perdonar. De hecho, estamos llamados a apoyarnos unos a otros con amor y perdonarnos unos a otros como Cristo nos ha perdonado. Amar, sin embargo, no significa cerrar los ojos ante las injusticias, las herejías, el engaño, la hipocresía, porque todas estas cosas deben ser reprendidas con vigor y decisión sin acepción de personas. Tolerar el mal que está en el medio de la hermandad, los falsos ministros de Cristo correteando en las iglesias, las herejías, las mentiras, la hipocresía, la arrogancia, y cualquier cosa que podría destruir el rebaño del Señor no entra en la voluntad de Dios para nosotros en Cristo Jesús. Jesús y los apóstoles nos han dado el ejemplo y nos han dicho cómo comportarse con los falsos ministros y frente a la injusticia, la hipocresía y el engaño perpetrado en medio de la hermandad.

Por el maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo

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