Somos salvos para que hagamos buenas obras

Un_bicchiere_dacqua_fresca (1)Juan dice: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).

Hermanos, Dios nos ha amado primero, no podemos decir que fuimos los primeros que lo amaron, porque hubo un momento en que todos nosotros estábamos muertos en nuestros pecados, nosotros éramos enemigos de Dios en nuestra mente y en nuestras malas obras; estábamos aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros, por lo tanto en la muerte, porque “El que no ama permanece en la muerte” (1 Juan 3:14); nosotros no conocíamos a Dios, porque “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Juan 4:8). Cada uno de nosotros se apartó por su camino; recordando los años pasados ​​en el servicio del pecado, hay que decir que también nosotros seguíamos la corriente de este mundo, y sin embargo vivíamos en obediencia a los deseos de la carne y de los pensamientos; así que éramos por naturaleza hijos de ira, “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo…” (Efesios 2:4-5). Dios nos ha mostrado Su gran amor “en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8), y debemos de continuo darle las gracias por su don inefable, la vida eterna que Él nos ha dado. Consideren esto: que Dios nos ha dado vida eterna, y no por las buenas obras que nosotros hubiéramos hecho, sino por su gran misericordia para con nosotros; hemos obtenido la vida eterna por gracia por medio de la fe, como está escrito: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Juan 3:36). Consideren esto también; el precio de la redención del alma ha sido pagado en su totalidad por Cristo Jesús, ya no hay nada más que pagar porque Él en la cruz antes de morir, dijo: “Consumado es” (Juan 19:30), por esta razón, la salvación del alma se obtiene de forma gratuita por la fe en Cristo, sin las obras de la ley.

Ahora, no somos salvos por las buenas obras, pero somos salvos para hacer buenas obras, como está escrito: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

El Señor se ha dado a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y nos hacer un pueblo celoso de buenas obras; hermanos, como antes de conocer a Dios demostrábamos nuestra locura, haciendo lo malo, ahora debemos mostrar nuestra sabiduría, haciendo el bien. Santiago, hablando de la fe, dice que “si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:17) y que “como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Santiago 2:26).

Hermanos, la fe sin obras está muerta, lo que tiene valor delante de Dios es la fe que obra por el amor. Tomemos por ejemplo la fe de Abraham, nuestro padre; Santiago dice acerca de Abraham: “¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios” (Santiago 2:21-23; Génesis 15:6; Isaías 41:8). Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia, (por lo tanto es su fe que le fue contada por justicia), y esto sucedió antes del nacimiento de Isaac. Después del nacimiento de Isaac, cuando todavía era un niño, Dios le ordenó a Abraham: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré” (Génesis 22:2) y Abraham obedeció a Dios, de hecho, se levantó, tomó a su hijo y se fue a la montaña que Dios le mostró para que ofreciese Isaac en holocausto. La Escritura dice al respecto: “Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito, pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir” (Hebreos 11:17,19), esto significa que la fe de Abraham, en la prueba, no se detuvo, pero continuó obrando lo que Dios le había mandado a hacer. Tengan en cuenta que está escrito: “Por la fe Abraham, cuando fue probado ofreció a Isaac” (Hebreos 11:17), entonces lo que Abraham hizo, lo hizo por la fe; acerca de Abel también está escrito que “por la fe ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín” (Hebreos 11:4), esto nos enseña que todas las buenas obras que estamos llamados a hacer, debemos hacerlas por la fe. Sepan que cada vez que una necesidad se presenta dentro de la hermandad somos probados, (al igual que Abraham), porque el mandamiento de Dios es: “Ayuden a los hermanos necesitados” (Romanos 12:13), pero el tentador nos tienta donde no se observa este mandamiento, y por lo tanto es inevitable que nazca una lucha que en medio de la cual sabemos que tenemos que someternos a Dios y resistir al diablo.

Quiero recordarles que es Dios que ha preparado las buenas obras, esto significa que Él permite y crea ciertas necesidades dentro de la hermandad, para poner a prueba nuestra fe y nuestro amor. Él quiere ver si seguimos o no sus mandamientos. Abraham habría podido decir: ‘Pero, ¿por qué tengo que sacrificar mi único hijo? ¿De qué sirve que yo lo ofrezca en holocausto?’ Pero él no dijo nada; él obedeció y ofreció a Dios su hijo “pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir” (Hebreos 11:19).

Pablo, acerca de la ayuda para los pobres de entre los santos, dijo a los Corintios: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra; como está escrito: Repartió, dio a los pobres; su justicia permanece para siempre” (2 Corintios 9:7-9); Noten que primeramente Pablo da este orden a los santos: “Cada uno dé como propuso en su corazón” (2 Corintios 9:7) y luego dice: “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia..” (2 Corintios 9:8). Como Abraham ofreció a Isaac creyendo que Dios es capaz de resucitar de entre los muertos, así ustedes siempre provean a las necesidades de los santos, creyendo que Dios es capaz de hacer que toda gracia abunde en ustedes; como Abraham volvió a tener a su hijo, así ustedes no perderán lo que dan a los necesitados, pero lo recuperarán con seguridad (en la forma y tiempo establecido por Dios), porque Dios “es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6); Dios ve lo que hacen a los pobres de entre los santos y facilitará a todas sus necesidades porque Él es fiel y a su tiempo recompensará todo su buen trabajo.

Dios quiere que llevemos fruto en toda buena obra; Jesús dijo: “el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5), entonces los que guardan los mandamientos de Dios, llevan mucho fruto, pero los que no lo hacen no pueden dar frutos, “como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Juan 15:4). Jesús también dijo: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8), entonces también sabemos que nuestro Dios será glorificado en nosotros, si practicamos su Palabra.

Ahora vamos a ver algunas buenas obras transcritas en la Palabra; Pablo dice: “Sea puesta en la lista sólo la viuda no menor de sesenta años, que haya sido esposa de un solo marido, que tenga testimonio de buenas obras; si ha criado hijos; si ha practicado la hospitalidad; si ha lavado los pies de los santos; si ha socorrido a los afligidos; si ha practicado toda buena obra” (1 Timoteo 5:9-10), por lo tanto la iglesia debe ayudar a las mujeres que son realmente viudas, es decir las que están solas, sin hijos y nietos, porque esto es justo ante los ojos de Dios, y los requisitos para que estas viudas puedan ser puestas en la lista son estos: no deberá ser menor de sesenta años, debe haber sido las esposas de un marido solamente, debe ser conocida por sus buenas obras, practicado la hospitalidad, lavado los pies de los santos (tengan en cuenta que este es una buena obra), socorrido a los afligidos y practicado toda buena obra; en cambio no deben ser ayudadas esas viudas que se dan a los placeres, que primero se rebelan en contra de Cristo y luego quieren casarse, que aprenden a ser ociosas, andando de casa en casa; y no solamente ociosas, sino también chismosas y entremetidas, hablando lo que no debieran. Pablo dice: “Quiero, pues, que las viudas jóvenes se casen, críen hijos, gobiernen su casa; que no den al adversario ninguna ocasión de maledicencia” (1 Timoteo 5:14), por lo tanto las viudas jóvenes se casen, críen hijos, gobiernen su casa; y “si algún creyente o alguna creyente tiene viudas, que las mantenga, y no sea gravada la iglesia, a fin de que haya lo suficiente para las que en verdad son viudas” (1 Timoteo 5:16). Job dijo: “al corazón de la viuda yo daba alegría” (Job 29:13) y esto es lo que la iglesia debe hacer, debe hacer regocijar el corazón de la viuda que lo es auténticamente; la iglesia tiene que levantarse en favor de la viuda y hacer valer su derecho de viuda; que nadie vaya a hacer de la viuda su presa, ya que el “defensor de viudas” (Salmo 68:5) que está en los cielos lo castigará; Dios castiga a los que devoran las casas de las viudas, porque Él es justo. Dios también quiere que las viudas sean visitadas en sus tribulaciones. Los santos deben también visitar a los huérfanos en sus tribulaciones; los santos deben dar comida, bebida y ropa a aquellos de entre el pueblo de Dios que se encuentran en estas necesidades (y también a los de fuera que están en necesidad de acuerdo que tienen la oportunidad); los santos deben visitar a los enfermos y los encarcelados por el bien del Evangelio. Los santos deben proveer a los gastos de viaje de los ministros del Evangelio sin que les falte nada, como está escrito: “A Zenas intérprete de la ley, y a Apolos, encamínales con solicitud, de modo que nada les falte” (Tito 3:13); los que anuncian el Evangelio deben vivir del Evangelio, entonces los que son instruidos en la Palabra deben proveer a las necesidades de aquellos que les enseñan. Los santos deben practicar la hospitalidad, como está escrito: “No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Hebreos 13:2) y “practicad la hospitalidad” (Romanos 12:13), y sin murmurar porque Pedro dice: “Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones” (1 Pedro 4:9); tengan en cuenta de que está escrito: “los unos a los otros”, por lo tanto la hospitalidad debe ser mutua.

Lidia en Filipos, cuando fue bautizada con los de su propia casa hospedó a los siervos del Señor, de hecho, Lucas dice: “Y cuando fue bautizada, y su familia, nos rogó diciendo: Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa, y posad. Y nos obligó a quedarnos” (Hechos 16:15). También el carcelero de Filipos después que fue bautizado con los de su casa, practicó la hospitalidad a los apóstoles Pablo y Silas, porque está escrito: “Y llevándolos a su casa, les puso la mesa” (Hechos 16:34). También Mnasón de Chipre practicó la hospitalidad porque Lucas dice: “Después de esos días, hechos ya los preparativos, subimos a Jerusalén. Y vinieron también con nosotros de Cesarea algunos de los discípulos, trayendo consigo a uno llamado Mnasón, de Chipre, discípulo antiguo, con quien nos hospedaríamos” (Hechos 21:15-16). Antiguamente muchos hermanos hospedaban en sus casas la iglesia (es decir, la asamblea de los redimidos) para orar; María, la madre de Juan, que tenía por sobrenombre Marcos, hizo eso, de hecho, cuando Pedro fue liberado de la cárcel por el ángel del Señor “llegó a casa de María la madre de Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban reunidos orando” (Hechos 12:12); también un cierto Gayo hospedó la iglesia en su casa, porque Pablo a los santos en Roma dijo: “Os saluda Gayo, hospedador mío y de toda la iglesia” (Romanos 16:23), y lo mismo hicieron Aquila y Priscila, de hecho, Pablo a los santos de Roma dijo: “Saludad también a la iglesia de su casa” (Romanos 16:5). En los ojos de Dios es justo que los santos hospeden la iglesia en casa para orar, para partir el pan y comer juntos. Quien recibe en su casa a sus hermanos lo debe hacer de una manera digna, de hecho, cuando Pablo recomendó a los santos de Roma Febe, les dijo: “Os recomiendo además nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea; que la recibáis en el Señor, como es digno de los santos” (Romanos 16:1-2); De hecho, cuando un hermano acoge a otro hermano en su casa, sin importar el motivo, lo debe acoger como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús mismo. Creo que deberíamos recordar la hospitalidad que Abraham, el patriarca, ejerció hacia el Señor y los dos ángeles que estaban con Él para que ustedes entiendan lo que significa “como es digno de los santos”; como está escrito: “Después le apareció Jehová en el encinar de Mamre, estando él sentado a la puerta de su tienda en el calor del día. Y alzó sus ojos y miró, y he aquí tres varones que estaban junto a él; y cuando los vio, salió corriendo de la puerta de su tienda a recibirlos, y se postró en tierra, y dijo: Señor, si ahora he hallado gracia en tus ojos, te ruego que no pases de tu siervo. Que se traiga ahora un poco de agua, y lavad vuestros pies; y recostaos debajo de un árbol, y traeré un bocado de pan, y sustentad vuestro corazón, y después pasaréis; pues por eso habéis pasado cerca de vuestro siervo. Y ellos dijeron: Haz así como has dicho. Entonces Abraham fue de prisa a la tienda a Sara, y le dijo: Toma pronto tres medidas de flor de harina, y amasa y haz panes cocidos debajo del rescoldo. Y corrió Abraham a las vacas, y tomó un becerro tierno y bueno, y lo dio al criado, y éste se dio prisa a prepararlo. Tomó también mantequilla y leche, y el becerro que había preparado, y lo puso delante de ellos; y él se estuvo con ellos debajo del árbol, y comieron” (Génesis 18:1-8).

Un día Jesús dijo: “Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa” (Mateo 10:42); consideren la justicia de Dios hermanos, porque es excelente; nuestro Dios es justo y recompensa incluso a los que dan un vaso de agua fría a uno de sus hijos, por lo tanto, hermanos, sabiendo que Dios no es injusto para olvidar cualquiera de los servicios que prestan a los santos, sean celosos de buenas obras hasta el fin, para que el nombre del Señor sea glorificado en ustedes.

Por el Maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo

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