El Nuevo Nacimiento

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La razón por la que es necesario

Jesús habló del nuevo nacimiento a Nicodemo, un principal entre los Judíos, que había ido a verlo de noche. Jesús dijo: “Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:3-8). De las palabras de Jesús sobre el nuevo nacimiento, es claro que para entrar y ver el Reino de Dios es esencial nacer de nuevo. Las siguientes expresiones: “… no puede ver el reino de Dios ..no puede entrar en el reino de Dios.. Os es necesario nacer de nuevo..” lo prueban. Así que todos los que quieren entrar en el Reino de Dios que está en los cielos tienen que nacer de nuevo, de lo contrario se quedarán fuera.

Pero ¿debido a qué los hombres tienen que nacer de nuevo para entrar en el reino de Dios? Debido a que son muertos en sus delitos y transgresiones sin la vida de Dios en ellos (Véase Efesios 2:1). El nuevo nacimiento es de hecho una resurrección espiritual que permite a el que está muerto espiritualmente a resucitar y llegar a ser vivo desde el punto de vista espiritual y entonces listo para entrar en el Reino de Dios.

 

Como se experimenta

Pero ¿cómo se puede nacer de nuevo? A partir de la predicación que Jesucristo dirigió a los Judíos, teniendo en cuenta que las palabras que le dijo a Nicodemo, “Os es necesario nacer de nuevo” estaban dirigidas a todos los Judíos (y no-Judíos, por supuesto), está claro que para nacer de nuevo hay que arrepentirse y creer en el Evangelio, según lo que dijo Jesús a los Judíos: “Arrepentíos y creed en el evangelio” (Marcos 1:15). Por tanto, ¿no es necesario el bautismo en agua para nacer de nuevo? No; porque el nuevo nacimiento se experimenta cuando uno se arrepiente y cree en el Hijo de Dios, y no cuando se descende en las aguas bautismales, o al salir de ellas. El bautismo representa lo que el creyente ya ha experimentado a través de la fe en el Cristo de Dios, es decir el nuevo nacimiento; la inmersión representa la sepultura con Cristo, salir fuera del agua la resurrección con Cristo.

Alguien dirá: Pero ¿no está escrito que se nace de nuevo de agua? Sí, pero no es el agua del bautismo, sino la Palabra de Dios que en la Escritura es simbolizada por el agua, como está escrito a los Efesios: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:25,26), y también en Isaías: “Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Isaías 55:10-11). Noten como claramente la Palabra de Dios se compara con el agua que desciende de los cielos para regar la tierra y hacerla germinar. Ahora, Juan dijo que “el que Dios envió, las palabras de Dios habla” (Juan 3:34), y de hecho, Jesús, enviado por Dios, descendió del cielo y nos predicó lo que había oído de su Padre, es decir la Buena Nueva del Reino de Dios. Y nosotros que estábamos muertos en nuestros delitos, fuimos regenerados precisamente por la Palabra de la Buena Nueva que Cristo nos anunció, como está escrito: “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre… Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada” (1 Pedro 1:23,25.) y en otra parte: “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18). La Palabra de Dios que Cristo nos anunció es, pues, el poder regenerador. Es por eso que Jesús dijo un día: “Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63). ¿Y no es cierto que el Evangelio de la gracia de Dios nos dio vida, dándonos aquella vida de la que una vez estábamos faltos? Sí, esta es la verdad; somos nacidos de nuevo por la Palabra de Dios. Pero como dijo Jesús, hay que nacer también del Espíritu de Dios. Vamos, por lo tanto, a hablar de lo que el Espíritu de Dios ha obrado por nosotros para hacernos nacer de nuevo. Cuando hemos escuchado la Palabra de la Gracia, el Espíritu nos ha convencido de pecado, justicia y juicio, y de hecho, el Espíritu Santo fue enviado del cielo para llevar a cabo incluso esta persuasión, de acuerdo con lo que Jesús dijo antes de ser glorificado “Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado” (Juan 16:8-11). Hermanos, es el Espíritu Santo que nos ha convencido de ser pecadores e incrédulos; nosotros, antes de que naciésemos de nuevo, pensábamos (confiando en nuestro falso discernimiento) que no éramos pecadores que merecían ir al fuego eterno porque éramos esclavos del pecado; no hablábamos como habríamos tenido que hablar porque éramos también nosotros hijos de la rebelión; hay quien decía: “Pues ¿qué mal he hecho yo para merecer el juicio de Dios?” Quien: “No mato, no robo, no blasfemo, ¿de que tengo que arrepentirme si no tengo pecados?”, mientras que la palabra de Dios dice y todavía dice: “¿Qué, pues? Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos; y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Romanos 3:9-18, Salmo 14:1-3; 5:9; 140:3; 10:7; Isaías 59:7,8; Salmo 36:1). Pero Dios ha sido paciente con nosotros y ha esperado que nos reconociésemos como pecadores antes Él, y que nos arrepintiésemos y que Le invocásemos para que Él tuviese misericordia de nosotros. ¿Cuántos de nosotros antes de creer en el Señor, decían que creían? Muchos; pero no éramos creyentes sino incrédulos, porque todavía no habíamos creído con nuestro corazón en el Evangelio. De hecho, cuando nos decíamos: “Yo creo”, queríamos decir: “Yo también he oído hablar de eso”; según nosotros haber oído el Evangelio y creer en el Evangelio era la misma cosa, pero hay una gran diferencia entre haber sólo oído hablar de Cristo (sin creer en Él), y haber oído hablar de Él y creer en Él con todo el corazón; en el primer caso, todavía uno está perdido, en el segundo uno es salvado con la certeza de tener la vida eterna. Todos nosotros, antes de que naciésemos de nuevo éramos rebeldes y malvados, pero gracias a Dios que por medio de su Espíritu, primero nos ha convencido de pecado, y luego nos dio vida; “El Espíritu vive” (Romanos 8:10), Él nos dio vida, como está escrito: “El Espíritu es el que da vida” (Juan 6:63). Muchos argumentan que todos los hombres son hijos de Dios, que quiere decir que todos los hombres son nacidos de Dios, pero esta afirmación es falsa porque la Escritura enseña que sólo los que están en el camino de la salvación, son hijos de Dios; todos los hombres fueron creados por Dios, pero no todos los hombres han sido regenerados por Dios. Jesús dijo: “ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mateo 7:13-14); sabemos que la puerta es Cristo, porque Jesús dijo, “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo” (Juan 10:9), y que el camino que lleva a la vida es también Jesucristo, porque Él dijo “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6), pero también sabemos que son pocos los que encuentran el camino que lleva a la vida, y que lo siguen, y esto significa que el número de aquellos que son nacidos de Dios y que están en el camino de la salvación, es pequeño en comparación con el número de los incrédulos que caminan en el camino de la perdición. La Escritura enseña que sólo los que recibieron a Cristo Jesús son hijos de Dios, como está escrito: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:12,13), y también: “pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26). Es por creer en Jesucristo que nos hemos convertido en hijos de Dios, por lo tanto, los incrédulos no son hijos de Dios, sino hijos del diablo, porque no creen en el nombre del Hijo de Dios, y para confirmar esto les recuerdo lo que Jesús dijo a los Judíos que no creyeron en Él y querían matarlo; Él les dijo: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer” (Juan 8:44). El apóstol Pablo, en Chipre, llamó aquel falso profeta llamado Barjesús (quien procuró apartar de la fe al procónsul) “hijo del diablo”. Sabemos que los falsos profetas son hijos del diablo, porque ellos no creen en el Hijo de Dios y tratan de desviar de la fe a los que han creído en el Señor. Cuando Jesús contó la parábola de la cizaña del campo, les dijo a sus discípulos: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo. El enemigo que la sembró es el diablo” (Mateo 13:37-39); de las palabras del Señor se entiende claramente que en este mundo hay tanto los hijos de Dios como los hijos del diablo, por lo tanto, no se puede decir que todos los hombres son hijos de Dios.

El nuevo nacimiento es una experiencia real de la que una persona es plenamente consciente de haber experimentado cuando sucede y es perfectamente segura de haberlo vivido después de que lo ha experimentado; y esto, a pesar de que no podamos explicar cómo pudo haber sucedido en nuestras vidas, porque es una obra inescrutable hecha por Dios a través de su Palabra y de su Espíritu Santo. Podemos compararlo a la salida de un muerto de la tumba donde fue enterrado; a la liberación de un preso de una cárcel, a la salida a luz del sol de una persona encerrada durante años en una habitación oscura; a la recuperación de la vista de un ciego de nacimiento; al ser liberado de las cadenas fuertes y pesadas; en definitiva, queremos decir que cualquier persona que lo haya experimentado sabe lo que él sintió cuando nació de nuevo, ya que fue una experiencia que marcó su vida de una manera radical. Lo que uno experimenta cuando nace de nuevo es la salvación, el perdón de todos los pecados pasados​​; la desaparición del sentimiento de culpa que atormenta al hombre sin Dios; por eso el que nació de nuevo es seguro que fue salvado instantáneamente, que fue purificado de sus pecados, y que no tiene más la conciencia que lo acusa. Y esto produce inmediatamente en él una gran alegría, una alegría profunda que brota de Cristo que viene a habitar en su corazón; y juntamente con la alegría una paz profunda, verdadera, que siempre viene de Cristo. Se convierte en un hijo de Dios; ¿Cómo? Lo hemos visto; por medio del arrepentimiento y la fe en Cristo. ¿Pero es seguro que es un hijo de Dios? Claro. ¿En vista de qué puede decirse que es un hijo de Dios? en virtud de lo que dice la Palabra de Dios; “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12), y también: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3:1); y en virtud del testimonio del Espíritu Santo que ha venido a morar en su corazón porque está escrito: “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios” (Romanos 8:15-16). Y entonces es seguro que será un heredero de Dios y coheredero con Cristo; él es seguro de tener la vida eterna porque tiene en su corazón Él que es la vida eterna; y por lo tanto sabe que cuando morirá, vivirá en el cielo con Cristo y los demás santos que esperan la resurrección. Además, decimos que todos los que creen, ya que son nacidos de nuevo, son también sacerdotes de Dios; de hecho, después de que Pedro dijo al comienzo de su primera epístola: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos…” (1 Pedro 1:3), dijo: “Mas vosotros sois… real sacerdocio..” (1 Pedro 2:9). ¿Ven? Todos los que son nacidos de nuevo son sacerdotes de Dios. Y por lo tanto todos los que creen en el Hijo de Dios son sacerdotes. Y, de acuerdo a la Escritura, todos los que han creído también son un reino y reinarán con Cristo en la tierra, de hecho, Juan dice que Cristo “nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre” (Apocalipsis 1: 6), y que escuchó a los seres vivientes y los veinticuatro ancianos decir: “…con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra” (Apocalipsis 5:9-10).

 

¿Cuántos pueden nacer de nuevo?

En este punto ustedes podrían preguntar: “¿Pero cuántos pueden nacer de nuevo?” Todos aquellos que lo deseen. Precisamos, sin embargo, que esta expresión no quiere decir que los que son nacidos de nuevo experimentan el nuevo nacimiento porque son ellos a quererlo, ya que ellos lo experimentan porque Dios lo quiere, de hecho está escrito que no nacieron “de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13), y también: “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18). Con esta expresión sólo queremos decir que no sabemos el número exacto de los que Dios ha decretado para generar a través de su Palabra y por eso decimos a todos los hombres que tienen que nacer de nuevo para entrar en el reino de Dios.

 

¿Cómo se reconocen a los nacidos de nuevo?

Ahora, pero ¿cómo se reconocen a los hijos de Dios en este mundo? ¿Cómo se puede saber si uno es nacido de Dios?

– Los que son nacidos de Dios son nuevas criaturas, en cuya vida las cosas viejas (es decir, los viejos y malos hábitos) pasaron y todas son hechas nuevas porque está escrito a los Corintios: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17); así que si uno dice ser cristiano, pero no es una nueva criatura, él no es nacido de Dios. Algunas personas dicen que son cristianos, pero no son en absoluto nuevas criaturas porque su conducta mala y disoluta demuestra que siguen siendo hijos de la desobediencia y esclavos de todo tipo de codicia; Juan dice: “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio” (1 Juan 3:8) y también: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios” (1 Juan 3:10). También hoy en día hay una raza de personas que se llaman a sí mismas cristianas, pero adoran a los ídolos, y deliran para ellos, pero la Escritura dice que “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:4), entonces todos los que se niegan a obedecer al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo no son nacidos de Dios y no son hijos de Dios.

– Los que son nacidos de Dios creen que Jesús es el Cristo, de hecho está escrito: “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios” (1 Juan 5:1), por lo tanto, todos aquellos que no creen que Jesús es el Mesías (una palabra que se deriva de una palabra hebrea que significa ‘ungido’) no son nacidos de Dios y no son hijos de Dios.

– Los que son nacidos de Dios aman a Dios y la hermandad, porque está escrito: “Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios” (1 Juan 4:7); los que aman de hecho y en verdad a los hermanos son nacidos de Dios y conocen a Dios porque Dios es amor, pero “El que no ama a su hermano, permanece en muerte… y no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Juan 3:14; 4:8), esto significa que los que nos odian, a pesar de que digan ser cristianos no son nacidos de Dios, Juan dice: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos” (1 Juan 3:14). Nosotros, antes de llegar a conocer a Dios no amábamos a los hermanos, no eran el tipo de personas que nos gustaban, con las que amábamos quedarnos y hablar, no queríamos visitar y ayudar a los hermanos y hermanas, porque estábamos en la muerte; nosotros que estábamos muertos deseábamos quedarnos y hablar con aquellos que estaban muertos como nosotros, estábamos orgullosos de ser amigos y compañeros de los pecadores, y nos encantaba su forma perversa de vivir y hablar, pero gracias a Dios que nos hizo nacer de nuevo; el día en que nacimos de nuevo nuestra mente fue renovada por el Espíritu Santo y empezamos a amar a los santos, por el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu. Pero entonces, ¿Por qué también en este país muchas personas dicen que son cristianos, y nos odian, nos desprecian, nos ven mal, no les gusta quedarse con nosotros o hablar con nosotros, y nos definen una “secta” como si fuéramos los seguidores de algunos impostores? La razón es que ellos están en la oscuridad aunque digan estar en la luz; ellos son del mundo y nos odian porque no somos del mundo, de hecho, Jesús dijo: “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Juan 15:19). Hermanos, Cristo nos redimió de este presente siglo malo, por eso que los que son de la oscuridad de este mundo nos odian; dicen ser cristianos como nosotros, y dicen que tienen el mismo Padre nuestro, pero no son de Dios, sino del diablo.

– Los que son nacidos de Dios están seguros de ser perdonados de todos sus pecados y de tener la vida eterna, porque creyeron en el Hijo de Dios; como está escrito: “…en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia…” (Efesios 1:7), por lo tanto nosotros que somos de Dios, hemos sido limpiados de nuestros pecados porque nos han sido perdonados por la fe en Cristo. Todos los que dicen que cuando mueren van al purgatorio para ser purgados de sus pecados no son nacidos de Dios y no son de nosotros porque la Escritura dice: “si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7); el purgatorio no existe y los que creen en su existencia se engañan a sí mismos. Los que dicen que van a confesar sus pecados a los sacerdotes, y que al hacerlo sus pecados son perdonados no son nacidos de Dios, y se engañan a sí mismos, porque el sacerdote no tiene el poder de perdonar los pecados que un hombre ha cometido contra Dios. La Escritura enseña que sólo Dios puede perdonar los pecados al pecador, como está escrito: “El es quien perdona todas tus iniquidades” (Salmo 103:3). Los que se van a confesar por los sacerdotes no son limpiados de todos sus pecados, de hecho, continúan a tener consciencia de los pecados porque la confesión de los pecados, el pecador debe hacerla a Dios para ser perdonado y nacer de nuevo, como está escrito: “Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:5). Nosotros, los que somos nacidos de Dios, tenemos la vida eterna, porque hemos creído en el Hijo de Dios; Jesús dijo: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47) y Juan nos escribió: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (1 Juan 5:13). Si uno afirma ser un cristiano, pero dice que no tiene la vida eterna no es nacido de Dios; muchos nos consideran como ser arrogantes porque decimos que tenemos la vida eterna, pero lo que decimos es la verdad, porque está escrito: “Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo” (1 Juan 5:11). Los que dicen ser cristianos pero al mismo tiempo dicen que no tienen la vida eterna, ya que todavía están haciendo su mejor esfuerzo para ganarla no son nacidos de Dios; la vida eterna no se puede ganar haciendo buenas obras, ya que no está en venta; la vida eterna no es la recompensa que Dios da al pecador que se esfuerza por ganarla, sino Su dádiva que Él regala gratuitamente a todos los que se arrepienten y creen en Cristo Jesús, como está escrito: “la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23).

Por el maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo

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