Sanidades para probarnos

manzana serpiente

En el libro de Deuteronomio leemos: “Cuando se levantare en medio de ti profeta, o soñador de sueños, y te anunciare señal o prodigios, y si se cumpliere la señal o prodigio que él te anunció, diciendo: Vamos en pos de dioses ajenos, que no conociste, y sirvámosles; no darás oído a las palabras de tal profeta, ni al tal soñador de sueños; porque Jehová vuestro Dios os está probando, para saber si amáis a Jehová vuestro Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma. En pos de Jehová vuestro Dios andaréis; a él temeréis, guardaréis sus mandamientos y escucharéis su voz, a él serviréis, y a él seguiréis” (Deuteronomio 13:1-4).

Como podemos ver, Dios había decidido para probar a su pueblo por medio de hombres que habían dejado su ley, ya que uno que incita a servir a otros dioses la ley de Dios ha negado, pero que hacían señales o prodigios. Por un lado entonces había señales reales, que en realidad sucedían, pero del otro había palabras que incitaban a la rebelión contra Dios.

Muchos creyentes todavía no se han dado cuenta de una cosa muy importante, es decir que Dios, para probarnos, utiliza también predicadores que proclaman el Evangelio y que sanan en el nombre de Jesús. Vamos a explicar mejor este concepto.

Dios permite que en medio de su pueblo hayan hombres que predican el Evangelio por envidia y contienda, y entonces con una vida desordenada, porque la Escritura dice que “donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa” (Santiago 3:16). Pueden entonces ser avaros, amantes de los placeres de la vida, adúlteros, fornicarios, borrachos, violentos, pendencieros… Pero a pesar de esto a través de sus predicaciones las almas se convierten y en sus reuniones también pueden suceder sanidades en el nombre de Jesús, porque en última instancia Dios confirma Su Palabra incluso cuando es anunciada por un impío, porque esa permanece Su Palabra. Así que ellos anuncian que Cristo salva y sana, y también imponen las manos sobre los enfermos en el nombre de Jesús, pero ellos son malhechores, así como también son portadores de falsas doctrinas de diversos tipos.

Ahora, ¿qué sucede cuando un creyente ve las almas convertidas por la predicación de estos hombres y los enfermos sanados por la imposición de sus manos? Él es tentado a aceptar todo lo que dice, porque piensa: “¡Si hay conversiones y sanidades, significa que es de Dios, y entonces tengo que aceptar todo lo que dice!” Pero esto es precisamente lo que no tenemos que hacer, es decir, que no debemos aceptar todo lo que dice, porque él predica que Cristo salva y sana pero también enseña falsas doctrinas.

Vamos a hacer algunos ejemplos prácticos: si enseñan que los divorciados pueden volver a casarse, que Dios quiere que seamos materialmente ricos, que la mujer puede enseñar la Palabra de Dios y adornarse con joyas de oro, que no debe usar velo cuando ora o profetiza, que los santos son llamados a entrar en política para gobernar el mundo, que pueden ir a divertirse, y que podemos comer la sangre, el ahogado, y lo sacrificado a ídolos, y otras cosas similares. ¿Qué vamos a hacer? ¿Vamos a profesar estas doctrinas de hombres, que rechazan la verdad, simplemente porque los que les enseñan predican y sanan a los enfermos en el nombre de Jesús? En ninguna manera. Debido a que Dios nos está probando a través de él para ver si – a la vista de las sanidades – nos dejamos atrapar la mente y arrastrar por él detrás de estas mentiras, porque precisamente son mentiras que contrastan la verdad que es en Cristo Jesús.

Por lo tanto hermanos, tengan cuidado y no se hagan seducir por estos predicadores. Velen y oren, para no caer en sus garras. Permanezcan conectados a la Palabra fiel, y apártense de cualquier predicador que incluso si predica el Evangelio, les hace rechazar la sana doctrina. No le sigan, porque les lleva a rebelarse en contra de Dios y a convertirse en enemigos de Él.

“Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman” (Santiago 1:12).

Por el maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo

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