La Justificación

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Se obtiene sólo por fe

Todos éramos enemigos de Dios en nuestras malas obras y nuestra mente y eso es porque todos caminábamos de acuerdo a los deseos de la carne; pero cuando Dios mostró su amor por nosotros, Él nos ha justificado, es decir nos hizo justos delante de Él, borrando todos nuestros pecados. Y por medio de la justificacíon hemos sido reconciliados con Dios y hemos llegado a ser Sus amigos, como está escrito: “su comunión íntima es con los justos” (Proverbios 3:32). Y esta justificación que tenemos la hemos recibida por la fe, y luego por gracia y no por obras. Las siguientes Escrituras lo atestiguan claramente.

– Pablo dice a los Romanos: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo…” (Romanos 5:1), y “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:23,24), y también: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Romanos 5:8,9); las palabras “justificados en su sangre” significan que somos justificados por la fe en la sangre de Cristo. Y siempre a los Romanos, Pablo dice: “Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia” (Romanos 5:17). Noten las palabras “don de la justicia” que demuestran que la justicia de Dios (la justificación) se obtiene gratuitamente de Dios, precisamente porque es un don de Dios. Esta se puede obtener justamente creyendo en el Hijo de Dios. Cada mérito personal, por lo tanto, se excluye. Otro versículo de Romanos que indica que para ser justificados, sólo hay que creer en Cristo es lo que dice que “el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (Romanos 10:4).

– Pablo dice a los Gálatas: “sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado…” (Gálatas 2:16); y: “De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Gálatas 3:24); y otra vez: “Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones” (Gálatas 3:8) (esto ha sucedido porque hemos sido bendecidos por Dios por la fe en Cristo, que es la semilla de Abraham). Y siempre a los Gálatas hay las siguientes palabras: “¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley. Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes” (Gálatas 3:21,22). Y entre esa “promesa” hay también la justicia de Dios (y por lo tanto la justificación); ¿A quién se le da? ¿A los que creen o a los que obran? A los que creen porque se le prometió por la fe en Jesús.

“Mas el justo por su fe vivirá” (Habacuc 2:4): Estas palabras Dios las habló al profeta Habacuc, anunciando de esta manera que Él habría justificado a los hombres por la fe, “por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión” (Romanos 3:30).

Estas otras Escrituras, en cambio, atestiguan que los que se basan en las obras de la ley no son justificados y no serán justificados ante los ojos de Dios.

“Por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado” (Gálatas 2:16);

“El hombre no es justificado por las obras de la ley” (Gálatas 2:16);

“Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas. Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá” (Gálatas 3:10,11);

“Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20).

Para mostrarles como no se puede ser justificados por las obras sino por la sóla fe, les recuerdo el ejemplo de nuestro padre Abraham. Ahora, Abraham, de acuerdo con lo que dice la Escritura, fue justificado por Dios a través de su fe en la promesa hecha por Dios (Véase Génesis 15:6), y esta justificación la obtuvo después de que él salió de Ur de los Caldeos (Véase Génesis 12:4) y después de que él le dio los diezmos de todo a Melquisedec, sacerdote del Dios Altísimo (Véase Génesis 14:20). Por lo tanto, remachamos firmemente las siguientes cosas:

  • Abraham no fue justificado por Dios porque o cuando obedeció a la orden de Dios, “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré…” (Génesis 12:1). Por supuesto, en la epístola a los Hebreos está escrito que “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia..” (Hebreos 11:8), pero permanece el hecho de que no fue este acto de obediencia de Abraham que le fue contado por justicia;
  • Abraham no fue justificado por Dios porque o cuando dio los diezmos a Melquisedec; por supuesto, él hizo algo bueno que Dios agradeció (aquel diezmo lo recibió en el cielo uno de quien se da testimonio de que vive), pero sin embargo no fue en virtud de esa buena obra que Abraham fue justificado por Dios;
  • Abraham fue justificado por Dios porque creyó a la promesa de Dios, como está escrito: “Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia” (Romanos 4:3; Génesis 15:6); por eso incluso Abraham no tenía nada de qué gloriarse para con Dios.

Pero hay otro ejemplo de un hombre justificado por Dios por gracia a través de su fe, sin las obras de la ley; es lo de aquel publicano que Jesús dijo que había ido al templo a orar junto con un fariseo. Él “no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18:13), y por haberse humillado delante de Dios, a través de su fe fue justificado, como está escrito: “Os digo que éste descendió a su casa justificado…” (Lucas 18:14). Por el contrario, el fariseo que daba gracias a Dios por no ser rapaz, injusto y adúltero como los demás hombres, y señalaba a Dios que él pagaba los diezmos de sus ingresos, que ayunaba dos veces a la semana y no era como este publicano, no fue justificado. ¿No es esto una confirmación más de que la justificación viene solo por medio de la fe por la gracia de Dios sin obras? Por supuesto que lo es. Por lo tanto, se equivocan grandemente todos los que dicen que para ser justificados por Dios, no es suficiente la fe en Dios.

¿Pero debido a qué la justificación no se puede conseguir a través de las buenas obras de la ley? La razón por la cual la justicia no se puede obtener a través de las obras de la ley es porque la ley ha sido dada para dar a los hombres el conocimiento del pecado (Véase Romanos 3:20), y para que el pecado abundase (Véase Romanos 5:20), y no para hacer los hombres justos. Dios, para hacer los hombres justos, ha dado a su Hijo unigénito, de hecho es a través del Hijo que la gracia ha venido y hemos sido justificados.

Ahora, hemos visto que la Escritura dice que por las obras de la ley ningún hombre puede ser justificado de sus pecados, porque la ley no tiene el poder para justificar al pecador; veamos entonces más cercano algunas de estas obras de la ley que no justifican a aquellos que las observan. En la ley se dice: “Las primicias de los primeros frutos de tu tierra traerás a la casa de Jehová tu Dios” (Éxodo 23:19); “Si vieres extraviado el buey de tu hermano, o su cordero, no le negarás tu ayuda; lo volverás a tu hermano” (Deuteronomio 22:1); “Y esta es la manera de la remisión: perdonará a su deudor todo aquel que hizo empréstito de su mano, con el cual obligó a su prójimo; no lo demandará más a su prójimo, o a su hermano, porque es pregonada la remisión de Jehová” (Deuteronomio 15:2); “Cuando siegues tu mies en tu campo, y olvides alguna gavilla en el campo, no volverás para recogerla; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda; para que te bendiga Jehová tu Dios en toda obra de tus manos. Cuando sacudas tus olivos, no recorrerás las ramas que hayas dejado tras de ti; serán para el extranjero, para el huérfano y para la viuda. Cuando vendimies tu viña, no rebuscarás tras de ti; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda” (Deuteronomio 24:19-21). Estas son sólo algunas de las buenas obras que Dios prescribió en la Ley de Moisés, porque hay muchas más. Todas ellas son obras justas; ¡sin embargo por ellas no se puede ser justificados de los pecados! ¿No es suficientemente clara la Escritura en este sentido? Por supuesto que lo es para nosotros. Pero no para algunos que, en cambio, dicen que la justificación viene por las obras. Pero perecen por falta de conocimiento de las Escrituras, porque si ellos las conocieran, y las usaran bien no dirían esas cosas. Está claramente escrito en Isaías que toda la justicia del hombre es “como trapo de inmundicia” (Isaías 64:6), así que no importa cuántas buenas obras hagan los hombres con el fin de ser justificados ante Dios, si no se arrepienten y no creen en el Evangelio siguen siendo considerados pecadores ante Dios y esto porque no con las manos se hace algo para obtener la justicia, sino “con el corazón se cree para justicia” (Romanos 10:10), como dice Pablo a los Romanos. ‘ ¡Es demasiado simple para ser verdad!’, exclaman aquellos que piensan que son justificados por las obras. Por supuesto que según ellos es demasiado simple y no creen que es verdad; constantemente se les dice que son justificados por hacer sacrificios y se les mantiene oculta la palabra que dice: “mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:5); noten las palabras: “al que no obra” que significa ‘a los que no se basan en las buenas obras para su salvación’. ¿Qué se puede esperar que ellos digan entonces? Que ellos sepan que “si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 2:21).

 

Explicación de las palabras de Santiago sobre el valor de las buenas obras

Santiago, el hermano del Señor, dijo: “¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios. Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe” (Santiago 2:21-24).

Vamos a explicar sus palabras. En primer lugar, hay que decir que Santiago escribió estas palabras a los creyentes y no a los incrédulos, de hecho, justo antes él dice: “Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas….” (Santiago 2:1); Digo esto para hacerles entender que aquellos a los que estas palabras fueron dirigidas tenían la fe y, por tanto, ya fueron justificados, como está escrito: “sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo” (Gálatas 2:16). ¿Pero debido a qué Santiago les habló de esta manera? Porque algunos creyentes, a pesar de que tuviesen la fe, se negaban para hacer las buenas obras pensando que la fe sin obras habría sido suficiente para salvarlos de la ira de Dios, por lo tanto engañanandose a sí mismos. (Recuerden, de hecho, que los destinatarios a los cuales escribió Santiago, eran creyentes que asesinaban, envidiaban, contendían, que se habían convertido en enemigos de Dios porque querían ser amigos del mundo, creyentes materialmente ricos pisoteando los derechos de sus trabajadores, creyentes que respetaban a los ricos y despreciaban a los pobres, y que murmuraban unos contra otros; por lo tanto el duro discurso de Santiago es perfectamente comprensible). Y entonces Santiago antes los reprendió diciendo: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?” (Santiago 2:14), y otra vez: “¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” (Santiago 2:20), haciéndoles entender que la sóla fe no les habría aprovechado para nada, y luego, al hacer los ejemplos de Abraham y Rahab que confirman que las obras deben acompañar la fe para que esto tenga valor. El discurso de Santiago se basa en el hecho de que si alguno dice que tiene fe, es decir, que ha creído en Cristo Jesús, pero no tiene obras, su fe es sin valor, o, como él dice en otro lugar, está muerta. Estas dichas por Santiago son duras palabras, pero nos hacen dar cuenta de lo importantes que son las buenas obras para nosotros los creyentes; miren que Santiago no dijo en absoluto que la justicia se obtiene por las obras de la ley o que el pecador es perdonado y recibe la vida eterna en virtud de sus buenas obras; atribuir este sentido a sus palabras significaría decir que Santiago había subvertido el Evangelio para obligar a los gentiles a judaizar diciéndoles que eran justificados por las obras de la ley. Su discurso, en cambio, tiene como objetivo disuadir a cualquier creyente de pensar que, después de haber creído, aunque se niegue a hacer buenas obras, será apreciado antes los ojos de Dios y será salvo lo mismo. Así que, si la fe en Dios sin obras no es de valor como no lo es el hecho de que hasta los demonios creen que hay un solo Dios, uno debe concluir que la fe que tiene valor es la que tiene las buenas obras, y de hecho esto es confirmado por el apóstol Pablo que dice a los Gálatas: “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor” (Gálatas 5:6), y a los Corintios: “La circuncisión nada es, y la incircuncisión nada es, sino el guardar los mandamientos de Dios” (1 Corintios 7:19). La comparación realizada por Santiago es realmente apropiada; porque si uno reflexiona bien, también los demonios creen que hay un sólo Dios como lo creemos nosotros; y cuando Jesús estaba en la tierra, ellos mostraron saber que Jesús era el Hijo de Dios, el Santo de Dios y el Cristo, de hecho, le dijeron a Jesús: “Tú eres el Hijo de Dios” (Marcos 3:11), y otra vez: “Sé quién eres, el Santo de Dios” (Marcos 1:24), y Lucas dice que “sabían que él era el Cristo” (Lucas 4:41). Pero no porque los demonios creen que Dios es uno, o porque saben que Jesús es el Cristo y el Hijo de Dios, esto significa que ellos serán salvados del fuego eterno; en absoluto, porque sabemos bien que ellos saben que un día serán arrojados al fuego eterno para ser atormentados por toda la eternidad porque dijeron a Jesús: “¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?” (Mateo 8:29); Este es el destino que se les reserva. Así que no es porque uno ha creído en Cristo que puede permitirse de negarse a hacer buenas obras, porque en este caso no le aprovecharía el hecho de haber creído un día.

Volvamos a las buenas obras; ellas sirven para hacer y mantener viva nuestra fe en el Señor, porque si un creyente deja o se niega a hacer buenas obras, por supuesto su fe morirá, y será como una lámpara apagada que no puede dar luz. Santiago dijo claramente: “Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Santiago 2:26); ¿de qué sirve un cuerpo sin espíritu en ello? Para nada, porque no puede hablar, no puede moverse, no puede ayudar a nadie. ¿De qué sirve la fe sin obras? Para nada, porque no tiene ningún efecto en favor de aquellos que están en necesidad; está muerta. Pablo también habló de una manera similar a como lo hizo Santiago cuando dijo a los Romanos: “Si vivís conforme a la carne, moriréis” (Romanos 8:13); por lo tanto, las palabras anteriores de Santiago encuentran una confirmación en los escritos de Pablo. Si, de hecho, un creyente comienza a caminar según la carne (por lo tanto se niega a hacer buenas obras) muere espiritualmente, aunque diga que tiene fe, que cree en Dios, que cree que Jesús es el Hijo de Dios, y así sucesivamente.

Santiago puso el ejemplo de Abraham para explicar cómo el patriarca fue justificado por sus obras y no por su fe solamente. Ahora, para evitar malentendidos, empezamos diciendo que Abraham, de acuerdo con lo que dice la Escritura, cuando creyó en la promesa hecha por Dios, su fe le fue contada por justicia, como está escrito: “Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia” (Génesis 15:6), y luego recibió el perdón de los pecados por su fe, por gracia. No hizo ningún trabajo meritorio o buena obra para conseguir la justicia, porque él también fue justificado por Dios por medio de la fe. De hecho, Pablo dice que “si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios” (Romanos 4:2) porque la Escritura dice que él creyó en Dios y su fe le fue contada por justicia. Así, Abraham tuvo fe en Dios, pero el patriarca demostró tener fe en Dios, tanto cuando creyó con el corazón en la promesa que Dios le había hecho, como cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar como Dios le había mandado hacer. Ustedes saben, de hecho, que después de varios años que Abraham había creído, Dios probó a Abraham ordenandole ir a una montaña y ofrecer a su hijo Isaac como holocausto. Y Abraham obedeció a Dios, creyendo que Dios lo habría resucitado de entre los muertos para cumplir la promesa que le había hecho (Véase Hebreos 11:17-19). Así que creyó que habría recuperado a su hijo por medio de una resurrección, y que no lo habría perdido porque Dios habría cumplido las promesas hechas. Y por su fe agradeció a Dios, de hecho, cuando estaba a punto de matar a Isaac, el ángel de Dios le dijo: “No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (Génesis 22:12) y también juró a sí mismo que lo habría bendecido y multiplicado su descendencia como las estrellas del cielo. Santiago dice que Abraham fue justificado por las obras cuando ofreció a su hijo, y esto es verdad porque Abraham a través de esta obra que hizo demostró temer a Dios y creer firmemente en Su promesa. Así que podemos decir que Abraham demostró con los hechos la fe que tenía en Dios; y por esta razón fue llamado amigo de Dios. Igual que Abraham también nosotros que hemos creído seremos llamados amigos de Cristo si hacemos lo que Él nos manda a hacer según como está escrito: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Juan 15:14); pero si decimos que creemos en Jesucristo y luego nos negamos a observar sus palabras, ¿cómo lo podemos demostrar que creemos en Él y pretender ser llamados amigos de Cristo y de Dios? Nos pondríamos en el mismo nivel de tantas personas en el mundo que se llaman Cristianos, dicen que creen en Jesús, pero siendo incapaz de hacer alguna buena obra demuestran que no creen en Él. Como la fe de Abraham fue cumplida a través de sus obras, así también nuestra fe será cumplida por nuestras buenas obras. El apóstol Pedro explica este concepto en su segunda epístola de esta manera: “Haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 1:10,11). ¿Qué cosas? Las de la que habló justo antes: añadiendo a la fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor (Véase 2 Pedro 1:5-7). Así que Pedro también creía que añadiendo a nuestra fe las buenas obras (de hecho, la piedad, el afecto fraternal y la caridad, ¿cómo se manifiestan en la práctica si no haciendo buenas obras en favor de los que están dentro primeramente, y luego de los que están fuera?), nos será otorgada la entrada en el reino de Dios, o dicho de otro modo haremos firme nuestra vocación y elección. Reflexionemos: ¿por qué después de creer se siente la necesidad de hacer buenas obras? Sí, estamos seguros de ser perdonados por el Señor, sí, estamos seguros de que somos hijos de Dios, que tenemos la vida eterna; pero, a pesar de eso, se levantó en nosotros un gran deseo de obrar para hacer firme nuestra elección, porque sentimos que sólo diciendo que creemos sin hacer nada para el bien de los santos para la gloria de Dios, no haríamos firme nuestra elección. Y luego hay siempre que tener en cuenta que las buenas obras que hacemos empujan a nuestro prójimo, que nos ve, para glorificar a Dios, de hecho, Jesús dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16); y por lo tanto constituyen una manera de honrar a Dios y Su doctrina. Por el contrario, el negarse para hacer buenas obras lleva a nuestro prójimo a blasfemar el nombre de Dios y Su doctrina, como está escrito: “el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros” (Romanos 2:24).

Para concluir decimos esto: la fe tiene necesidad de las buenas obras para ser cumplida, pero eso no quiere decir que la fe no es suficiente para ser justificados porque la Escritura dice que “el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo” (Gálatas 2:16). Lejos de nosotros, entonces, hacer lo que hicieron los creyentes en Galacia, que después de haber comenzado por el Espíritu, querían alcanzar la perfección por la carne, después de aceptar a Cristo habían renunciado porque querían ser justificados por la ley (Véase Gálatas 5:4), y esto hizo indignar y preocupar Pablo que les amonestó severamente y les dijo que volvió a sufrir dolores de parto hasta que Cristo fuera formado en ellos (Véase Gálatas 4:19). Hermanos, Miren por vosotros mismos, y siempre tengan en cuenta que tratar de ser justificados por las obras es una ofensa contra Cristo porque se anula Su obra expiatoria. Sean celosos por las buenas obras, pero no piensen que ellas puedan añadir algo a los méritos de Cristo.

Por el maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo

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