Con vuestra perseverancia ganaréis vuestras almas

escalera-al-cielo-ral-garridodfgfQueridos hermanos y hermanas en el Señor, debemos siempre dar gracias a Dios por ustedes, porque también ustedes han creído en nuestro Señor Jesucristo, ya que fuiste también escogidos desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad (2 Tesalonicenses 2:13); pero debemos también recordárles que “somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio” (Hebreos 3:14).

Con este tratado quiero animárles a perseverar en la fe hasta el final para que también ustedes obtengan en ese día, “la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman” (Santiago 1:12); y lo hago tomando mis argumentos de las Escrituras.

Voy a hablar acerca del pueblo de Israel y su ejemplo de desobediencia para que ustedes entiendan cómo los israelitas después de haber creído en Dios terminaron retrocediendo, y a causa de su incredulidad ellos perecieron en el desierto y no pudieron entrar en el reposo de Dios; yo creo que cada uno de nosotros se deba recordar la conducta contumaz y rebelde de este pueblo con el fin de no seguir el mismo ejemplo de desobediencia.

Los hijos de Israel, de acuerdo con lo que enseña la Escritura, descendieron a Egipto con Jacob, mientras que José era gobernador de Egipto, y esto es porque José, después de que se hizo conocer por sus hermanos, quiso que su padre Jacob y toda su parentela descendieran a Egipto. Ellos fueron a Egipto y se establecieron en la tierra de Goshen, donde pudieron vivir tranquilamente durante toda la vida de José y donde pudieron sobrevivir durante la gran hambruna que Dios había enviado a las naciones en aquellos años. Pero después que murió José, “se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José” (Éxodo 1:8), quien, al ver que los israelitas se habían vuelto más numerosos que los egipcios, y temiendo que en caso de guerra se habrían unido a sus enemigos para luchar contra ellos y luego se habrían ido a Egipto, decidió comenzar a maltratar a los hijos de Israel y esclavizárlos para evitar que multiplicasen aún más. Esta esclavitud y los maltratos a los que fueron sometidos los israelitas duraron mucho tiempo, pero todo esto se hizo por la voluntad de Dios, porque mucho tiempo antes Dios le habló a Abraham y le dijo que sus descendientes habrían vivido en un país extranjero y habrían sido esclavos, y habrían sido oprimidos durante cuatrocientos años. Pero como Dios había predicho la esclavitud de Israel en Egipto, así Él había predicho su liberación, de hecho, había dicho siempre a Abraham: “Y después de esto saldrán con gran riqueza..y en la cuarta generación volverán acá” (Génesis 15:14,16) (en la tierra de Canaán). Y esto es lo que sucedió, de hecho, Dios envió a Moisés a Egipto para liberar a Israel de la mano de Faraón, y después de obrar a través de él grandes y terribles juicios sobre el Faraón y los Egipcios, tomó a su pueblo fuera del horno de hierro, donde por cuatro siglos había sido encerrado. Cuando Dios dividió el Mar Rojo delante de los israelitas y los dejó pasar por tierra seca en su medio la Escritura dice que “vio Israel aquel grande hecho que Jehová ejecutó contra los egipcios; y el pueblo temió a Jehová, y creyeron a Jehová y a Moisés su siervo” (Éxodo 14:31). En los Salmos se confirma que los israelitas creyeron en el Señor después de ver este milagro, como está escrito: “Entonces creyeron a sus palabras y cantaron su alabanza” (Salmos 106:12); mantengan delante de sus ojos estas expresiones porque demuestran que los israelitas cuando salieron con mucha confianza y alegría de la tierra de Egipto creyeron en Dios y en Moisés, su siervo.

Pero, ¿qué sucedió más tarde en la continuación de su viaje por el desierto? Sucedió lo siguiente que está escrito en los Salmos: “Se entregaron a un deseo desordenado en el desierto; y tentaron a Dios en la soledad. Y él les dio lo que pidieron; mas envió mortandad sobre ellos. Tuvieron envidia de Moisés en el campamento, y contra Aarón, el santo de Jehová. Entonces se abrió la tierra y tragó a Datán, y cubrió la compañía de Abiram. Y se encendió fuego en su junta; la llama quemó a los impíos. Hicieron becerro en Horeb, se postraron ante una imagen de fundición. Así cambiaron su gloria por la imagen de un buey que come hierba. Olvidaron al Dios de su salvación, que había hecho grandezas en Egipto, maravillas en la tierra de Cam, cosas formidables sobre el Mar Rojo. Y trató de destruirlos, de no haberse interpuesto Moisés su escogido delante de él, a fin de apartar su indignación para que no los destruyese. Pero aborrecieron la tierra deseable; no creyeron a su palabra, antes murmuraron en sus tiendas, y no oyeron la voz de Jehová. Por tanto, alzó su mano contra ellos para abatirlos en el desierto, y humillar su pueblo entre las naciones, y esparcirlos por las tierras” (Salmos 106:13-27). Pero, ¿quiénes eran los que se echaron a las espaldas la ley de Dios, y se negaron a creer en Dios, cuando les dijo: “Mira, Jehová tu Dios te ha entregado la tierra; sube y toma posesión de ella, como Jehová el Dios de tus padres te ha dicho; no temas ni desmayes” (Deuteronomio 1:21)? Eran esos mismos israelitas que Dios había sacado de Egipto con alegría y con cánticos, y que a las aguas del Mar Rojo habían creído en las palabras de Dios. Entre todos los pecados que Israel cometió en el desierto me quiero centrar en lo de la incredulidad.

Ahora, de acuerdo a la Palabra de Dios, los hijos de Israel, cuando Dios separó las aguas del Mar Rojo delante de ellos, habían creído en las palabras que Dios había revelado a Moisés su siervo y también habían temido a Dios al ver ese milagro; luego, el hecho de que más tarde se rebelaron contra los mandamientos de Dios y no creyeron a la orden de Dios que les mandó a tomar posesión de la tierra de Canaán viene a demostrar que no fueron constantes, es decir, que no perseveraron en la fe y en el temor de Dios. Pero consideren también esto, es decir, que los que no perseveraron en la fe y en el temor de Dios no fueron personas que no habían visto a Dios hacer milagros sino fueron hombres y mujeres que habían visto con sus propios ojos las cosas terribles que obró Dios, tanto en Egipto como en el desierto, y que después de haber sido liberados del yugo de la esclavitud secular se habían alegrado mucho porque después de mucho tiempo pudieron disfrutar de la libertad.

Dios se entristeció con esa generación de personas de corazón voluble y de espíritu infiel y dijo: “A causa de lo cual me disgusté contra esa generación, y dije: Siempre andan vagando en su corazón, y no han conocido mis caminos. Por tanto, juré en mi ira: No entrarán en mi reposo” (Hebreos 3:10,11). Este fue el testimonio que Dios hizo de aquellos Israelitas, y la sentencia que emitió en contra de ellos. Dios juró que esos rebeldes no entrasen en su reposo a causa de la incredulidad de ellos; Dios también les anunció una buena noticia cuando llegaron a las fronteras de la tierra de Canaán, pero esa palabra no les sirvió para nada porque se negaron a creer en Él, como está escrito: “pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron” (Hebreos 4:2). El comportamiento de aquellos rebeldes no se debe seguir, pero se debe recordar porque nos sirve para nuestra enseñanza, y nos hace comprender lo que es el destino que les espera a los que después de haber creído dejan de creer en la Palabra de Dios. Vamos ahora a nosotros, porque nuestra historia, en cierto modo, se asemeja a la de Israel.

Nosotros por un momento de nuestra vida hemos vivido bajo el poder de Satanás, que con su fuerza y ​​su astucia nos oprimía y paralizaba; esto no lo recordamos con placer, (ahora estamos avergonzados de todas esas cosas que hicimos cuando estábamos bajo su poder), pero tenemos que recordarlo porque sirve para todos nosotros para que entendamos cuán grande y gloriosa sea la liberación que Dios ha hecho por nosotros. Sí, porque se nos ha liberado de la esclavitud, per no de la esclavitud de algún déspota de esta tierra, sino de la esclavitud del pecado y del diablo. Todos recordamos con placer el día en que, por la gracia de Dios, hemos sido liberados de esta esclavitud, porque en ese día sentimos nuestras iniquidades que gravaban sobre nosotros ruedar lejos de nosotros, sentimos que el yugo que nos aplastaba se quitó de nosotros; estamos agradecidos a Dios por haber de esta manera operado por Cristo Jesús, Aquel que Él envió a este mundo para liberárnos de nuestros pecados y de la potestad de Satanás. Nuestro corazón se desbordó de alegría en ese día, una alegría que nunca habíamos probado bajo el poder de Satanás y al servicio del pecado; yo personalmente tengo que decir que el día que me arrepentí de mis pecados e invoqué el nombre del Señor, pidiéndole que tuviese piedad de mí, primeramente lloré porque Dios me había entristecido (“la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación”) (2 Corintios 7:10), pero luego regocijé porque Él cambió mi tristeza en alegría liberándome de mis pecados y perdonándome. Ese día gusté la verdadera libertad que es en Cristo Jesús, gusté la verdadera paz que el Señor nos da, probé el gozo de la salvación; finalmente, después de tantos años de dura esclavitud podía declararme un liberado de nuestro Señor Jesús, hijo de Dios; gracias a Dios por salvarme, y también por haber salvado cada uno de ustedes desde el dominio del diablo. Para nosotros en ese día comenzó un nuevo viaje, uno con el Señor Jesucristo; hemos empezado por fe porque fue por fe que obtuvimos la liberación de nuestros pecados, y del dominio del diablo, y por fe debemos seguir avanzando hasta el final para entrar en el reposo de Dios. En la carta a los Hebreos el escritor exhorta varias veces a los Santos para perseverar en la fe y les dice lo que pasa con el creyente si retrocede. Está escrito: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado. Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio, entre tanto que se dice: si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación” (Hebreos 3:12-15). Hermanos, quiero que sepan que como un corazón que cree en Dios es un buen corazón, un corazón incrédulo es un corazón malo; pero no sólo necesitan saberlo, sino deben también tener cuidado de que en ninguno de ustedes se haya un corazón malo de incredulidad. Se llama malo porque lleva a la persona a no creer en la Palabra de Dios y le impide heredar la vida eterna. Ahora, sabemos que Dios dice: “Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma” (Hebreos 10:38) entonces, como un corazón malo de incredulidad lleva a retirarse de Dios y nos hace llegar a ser delante los ojos de Dios personas no gratas, (porque “sin fe es imposible agradar a Dios”) (Hebreos 11:6), debemos velar para que la incredulidad no entre en nosotros y nos haga retroceder para perdición.

La Escritura enseña que “todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén” (2 Corintios 1:20) y que se heredan a través de la fe y la paciencia. Ahora, Dios nos ha dado esta promesa, es decir, la vida eterna, porque Él ha dicho a través de su Hijo: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10:27,28), pero está claro que vamos a heredar la vida eterna a condición de que perseveremos hasta el fin en la fe; esto significa que tenemos necesidad de paciencia con el fin de obtener la vida eterna que se nos ha prometido. Cuando decimos que tenemos necesidad de paciencia, queremos decir que nos sentimos la necesidad de creer en la promesa de la vida eterna todos los días, o mejor dicho en todo momento, porque sabemos que se hereda a través de la fe y la paciencia, pero se pierde si se deja de creer en Dios.

La historia del pueblo de Israel en el desierto nos enseña cómo no pudieron heredar la tierra prometida a causa de su incredulidad de; Dios les había prometido en Egipto a través de Moisés para darles una espléndida tierra donde fluían la leche y la miel, y ellos al principio habían creído en Dios, pero cuando estaban a punto de tomar posesión de la tierra que Dios les había prometido endurecieron sus corazones y se negaron a creer en Dios porque pensaron que Dios no podía llevárlos a la tierra que les había prometido, ya que estaba habitada por gigantes. El miedo a los gigantes les llevó a dudar de la promesa de Dios y ellos no obtuvieron su cumplimiento. Por lo tanto miremos también por nosotros mismos al poner en cuestión las promesas de Dios, porque hacerlo significa hacer a Dios mentiroso, como está escrito: “el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso” (1 Juan 5:10). “antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Romanos 3:4), entonces, como que Él que nos ha prometido la vida eterna no puede mentir, sigamos teniendo plena confianza en Su promesa hasta el final sin vacilar por incredulidad. En el reposo de Dios entrarán sólo los que retienen la fe hasta el fin, pero se le nega el acceso a todos aquellos que retroceden como los israelitas en el desierto, pues, como dice la Escritura, “Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia” (Hebreos 4:11).

 

Algunos ejemplos de hombres que por fe y paciencia heredaron las promesas que Dios les había hecho

Ustedes saben que “las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (Romanos 15:4) hasta el fin. Ahora vamos a ver algunos ejemplos de hombres que han heredado las promesas de Dios por fe y paciencia, ya que nos animan a retener firme hasta el final la profesión de nuestra esperanza y nos consuelan en medio de las tribulaciones que sufrimos por el reino de Dios.

– Noé era un hombre justo y perfecto en su generación y caminó con Dios. Sin embargo, él vivía en medio de una generación perversa, tan malvada que Dios viendo que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, se arrepintió de haber hecho el hombre y decidió castigar a los hombres que vivían sobre la faz de la tierra mediante la destrucción de ellos, junto con cualquier otra carne que tenía aliento de espíritu de vida. Para destruir la tierra, Dios envió el diluvio de las aguas, pero antes de enviarlo advirtió a Noé y le mandó a construir un arca de madera para la salvación de su familia. La Escritura dice: “Dijo, pues, Dios a Noé: He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la tierra. Hazte un arca de madera de gofer; harás aposentos en el arca, y la calafatearás con brea por dentro y por fuera. Y de esta manera la harás: de trescientos codos la longitud del arca, de cincuenta codos su anchura, y de treinta codos su altura. Una ventana harás al arca, y la acabarás a un codo de elevación por la parte de arriba; y pondrás la puerta del arca a su lado; y le harás piso bajo, segundo y tercero. Y he aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne en que haya espíritu de vida debajo del cielo; todo lo que hay en la tierra morirá. Mas estableceré mi pacto contigo, y entrarás en el arca tú, tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo. Y de todo lo que vive, de toda carne, dos de cada especie meterás en el arca, para que tengan vida contigo; macho y hembra serán. De las aves según su especie, y de las bestias según su especie, de todo reptil de la tierra según su especie, dos de cada especie entrarán contigo, para que tengan vida. Y toma contigo de todo alimento que se come, y almacénalo, y servirá de sustento para ti y para ellos” (Génesis 6:13-21). Ahora, nosotros sabemos, por lo que dice la Escritura, que Noé, cuando tenía quinientos años, engendró a Sem, Cam y Jafet, y que el diluvio fue enviado sobre la tierra cuando tenía seiscientos años. Sin embargo, no podemos decir cuando Dios advirtió a Noé diciéndole que construyera el arca porque la Escritura no dice nada al respecto; sin embargo sabemos que, desde el momento de la advertencia divina hasta el día cuando el diluvio de aguas inundó la tierra, pasaron muchos años y fue durante estos años que Noé, por fe, con temor preparó el arca; no fue en pocos días que este hombre vio el cumplimiento de la promesa de Dios, pero después de muchos años, tiempo durante el cual él tuvo que esperar con paciencia y durante el cual tuvo que seguir creyendo en lo que Dios le había dicho. Noé fue advertido de lo que todavía no se había visto, pero él, después de que Dios habló con él, creyó que Dios iba a hacer exactamente lo que le dijo, que iba a enviar un diluvio de aguas para destruir la tierra. No puso en duda las palabras del Señor creyendo que tal cosa nunca habría podido pasar porque demasiado difícil para el Señor; sino todo lo contrario, atemorizado por las palabras de Dios comenzó a construir el arca. El trabajo fue largo y duro porque tuvo que construir el arca con esas dimensiones. Considerando las cosas en su conjunto, teniendo también en cuenta que Noé vivió entre gente que no tenía temor de Dios, hay que decir que tanto la fe de Noé, como su paciencia, fueron probadas por Dios; pero fue aprobado por Dios porque no retrocedió en medio de las luchas que enfrentó, pero con fe y paciencia siguió hasta el día en que Dios envió el diluvio sobre el mundo de los impíos, como había prometido. Por supuesto, Noé fue probado por Dios, pero no fue avergonzado por Dios, porque está escrito que su fe “condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe” (Hebreos 11:7).

– El profeta Jeremías habló por parte de Dios al pueblo de Judá y a los habitantes de Jerusalén por muchos años; podemos decir, como dice la Escritura, por décadas, porque desde el momento en que Dios comenzó a hablar con él (el año trece del reinado de Josías) hasta el tiempo en que Jerusalén cayó en manos del ejército de los caldeos (el undécimo año del rey Sedequías) pasaron aproximadamente cuarenta años. Fue perseguido y vilipendiado por todos aquellos que se negaron a obedecer la Palabra de Dios que él les predicaba; él mismo dijo un día: “Nunca he dado ni tomado en préstamo, y todos me maldicen” (Jeremías 15:10). Pero en medio de su sufrimiento Dios le hizo esta promesa: “Ciertamente te libraré para bien; ciertamente haré que el enemigo te haga súplica en tiempo de calamidad y en tiempo de angustia” (Jeremías 15:11); en otras palabras, Dios le prometió a Jeremías que habría hecho que esos mismos enemigos que dirigían contra él toda clase de mentiras, en el futuro habrían venido a él y le habrían rogado con súplicas. Pero también en este caso, Jeremías, antes de obtener el cumplimiento de esta promesa específica, tuvo que esperar pacientemente durante varios años, porque Dios la cumplió cuando Jerusalén fue tomada y sus habitantes llevados en cautiverio, como está escrito: “Vinieron todos los oficiales de la gente de guerra, y Johanán hijo de Carea, Jezanías hijo de Osaías, y todo el pueblo desde el menor hasta el mayor, y dijeron al profeta Jeremías: Acepta ahora nuestro ruego delante de ti, y ruega por nosotros a Jehová tu Dios por todo este resto (pues de muchos hemos quedado unos pocos, como nos ven tus ojos), para que Jehová tu Dios nos enseñe el camino por donde vayamos, y lo que hemos de hacer” (Jeremías 42:1-3).

– Jacob, cuando se fue de Beer-Sheba a Charan llegó a un lugar (que más tarde llamó Bethel), donde pasó la noche, durante la cual tuvo un sueño en el que Dios le habló y le hizo esta promesa: “He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho” (Génesis 28:15). Ahora, a partir de lo que enseña la Escritura, Jacob, antes de ver el cumplimiento de esta promesa, tuvo que esperar veinte años porque era tan larga su estancia en Mesopotamia. Después de veinte años, Dios se apareció a Jacob en Paddam-Aram y le dijo: “Levántate ahora y sal de esta tierra, y vuélvete a la tierra de tu nacimiento” (Génesis 31:13). Por supuesto, Jacob sufrió durante su estancia en Mesopotamia, pero al final Dios lo trajo de vuelta a Canaán con sus esposas, hijos, y muchos bienes; también él tuvo que seguir creyendo en la promesa de Dios durante esos años, por lo tanto también él necesitó paciencia para obtener de Dios lo que le había prometido.

– Después de que Jesús resucitó de entre los muertos, al final de los cuarenta días durante los cuales se mostró a sus discípulos, les dijo a sus discípulos que no se fueran de Jerusalén, “sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (Hechos 1:4-5). En este caso los discípulos obtuvieron el cumplimiento de esta promesa específica del Señor después de unos días que Jesús subió al cielo, de hecho fue en el día de Pentecostés que fueron bautizados con el Espíritu Santo; en este caso tuvieron que esperar con paciencia y con fe que el Espíritu Santo descendiese sobre ellos.

Hermanos, cada uno de nosotros tiene un número de años de vida en la tierra, número establecido por Dios que nosotros no sabemos; ahora, no sabemos si el Señor se revelará desde el cielo mientras que estaremos vivos (en este caso no moriremos) o después de que dejaremos esta tienda terrenal (en este caso probaremos la muerte); de todos modos, tenemos que vivir la vida que nos queda en la carne en la fe del Hijo de Dios hasta el fin de nuestros días que Dios nos ha asignado. Nosotros, en medio de nuestras necesidades, en medio de las tribulaciones que padecemos por causa del Evangelio, tenemos que ser pacientes y confiados en las sagradas y fieles promesas de nuestro Redentor, a sabiendas de que es imposible que haya mentido. Él nos ha dicho: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2-3); por lo tanto, sabemos que Jesús regresará del cielo que lo ha acogido; seguro, muchos siglos han pasado desde que nuestro Señor pronunció esas palabras, pero esto no despierta en nosotros alguna preocupación y duda porque sabemos quién es el que dijo esas palabras. Sabemos que la primera venida de Cristo en este mundo fue predicha por Dios a través de los profetas muchos siglos antes de que apareciera en la carne en semejanza de carne de pecado. Incluso los Judíos tuvieron que esperar la redención de Jerusalén con fe y paciencia durante mucho tiempo, pero finalmente vieron el cumplimiento de la promesa de su venida. Por supuesto no todos los que esperaron la venida del Mesías le vieron en los días de su carne, debido a que muchos de ellos murieron y “no recibieron lo prometido” (Hebreos 11:39) (de acuerdo con lo que Jesús dijo a sus discípulos, “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis; porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron” [Lucas 10:23,24]); sin embargo, todos los que lo habían esperado pacientemente y después murieron, murieron en fe creyendo que el Mesías habría venido a ciencia cierta en el tiempo señalado por Dios. Consideren esto: Los mismos profetas que hablaron de su venida, no vieron al Hijo de Dios en los días de su carne, pero murieron creyendo en la promesa de su venida y confesando su esperanza. Si por un lado muchos de los Judíos no tuvieron el privilegio de ver con sus propios ojos el Cristo de Dios prometido en las Sagradas Escrituras, por otro lado, hubo los que lo vieron después de haber esperado durante muchos años; entre ellos hubo aquel hombre llamado Simón que “esperaba la consolación de Israel” (Lucas 2:25) y que “le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor” (Lucas 2:26), quien, en ese día cuando los padres introdujeron al niño Jesús en el templo, tomó al niño Jesús en sus brazos y bendijo a Dios; y también la profetisa Ana que tenía ochenta y cuatro años cuando vio con sus propios ojos la redención de Jerusalén. También los discípulos del Señor estaban esperando al Mesías y estaban entre los que tuvieron la gracia de verlo y tocarlo. De todos modos había muchos otros que en aquellos días estaban esperando con paciencia y con fe por la redención de Jerusalén, de los cuales algunos son nombrados y otros no. También entre nosotros muchos hermanos y hermanas han muerto en la fe esperando la aparición del Señor; hasta que estuvieron en vida creyeron que iba a venir y confesaron con su boca el haber esperado y amado su manifestación gloriosa. Ellos permanecieron fieles al Señor hasta su muerte, y se fueron a vivir con el Señor en el Paraíso de Dios, pero para entrar en el Reino de Dios han tenido que retener con paciencia su fe hasta el final. Nosotros que vivimos en la tierra, estamos llamados a imitar a aquellos que a través de su fe y su paciencia ya entraron en el reposo de Dios. Bien sabemos que nuestra fe será probada en el transcurso del tiempo que nos queda para vivir porque Dios ha establecido para que sea probada, pero también sabemos que los que pasan esta prueba obtendrán la corona de vida, como está escrito: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman” (Santiago 1:12); por lo tanto, hermanos, estén firmes en la fe, no pierdan la confianza, pero retengan hasta el fin la profesión de su esperanza en Dios, porque fiel es El que ha hecho las promesas. Él sin duda vendrá y no tardará; si tarda, esperémole, porque sin duda vendrá. No queremos ser contados entre los que retroceden para perdición, sino entre los que tienen fe para preservación del alma. A Él que nos retiene firmes en Cristo para que seamos santos y sin mancha delante de Él, sea la gloria ahora y para siempre. Amén.

Por el maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo

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