El bautismo en agua

Baptism 2Los que hemos creído en Jesucristo, hemos sido bautizados en agua en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Se nos ha sometido a este rito en obediencia a la orden dada por Jesucristo a sus discípulos antes de ser llevado al cielo: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19). Ahora, si el bautismo en agua es un rito que ha sido ordenado por Jesucristo, debe necesariamente tener un significado y debe ser importante. ¿Podía mandar El Señor de la gloria a hacer algo sin sentido e inútil? En este tratado vamos a examinar brevemente precisamente eso, es decir el significado y la importancia del bautismo en agua ordenado por Cristo Jesús.

 

El significado y la importancia del bautismo

El apóstol Pedro dice que el bautismo es “la aspiración de una buena conciencia hacia Dios” (1 Pedro 3:21) (esto es una confirmación de que el bautismo no se puede administrar a los niños porque los bebés recién nacidos no pueden hacer a Dios esta petición de una buena conciencia que es el bautismo); Por lo tanto, como que por medio del bautismo el que cree en Dios aspira a una buena conciencia delante de Él, es necesario (después de todo, ¿cómo habría podido Jesús establecer una cosa no necesaria para aquellos que habrían creído en Él?). Y cada uno de nosotros ha experimentado las palabras de Pedro, porque después de que hemos creído en el Señor, nos sentimos la necesidad del bautismo, porque sentíamos en nosotros en el Espíritu, que a pesar de ser hijos de Dios, purificados por la sangre de Jesucristo, para tener una buena conciencia hacia Dios teníamos que obedecer a la orden del bautismo. Claro, estábamos seguros de ser salvos, perdonados, pero sin embargo, sentíamos que en obediencia a Cristo, nuestro Salvador, teníamos que ser bautizados en agua. Así, según la Escritura, a través del bautismo hemos obtenido una buena conciencia hacia Dios.

Además de esto, a través del bautismo hemos sido sepultados con Cristo, como está escrito: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Romanos 6:3,4). Y puesto que los muertos son sepultados, y no los que todavía están vivos, podemos decir que cuando nos fuimos sepultados por el bautismo en la muerte de Cristo, ya estábamos muertos al pecado porque nos habíamos arrepentido y habíamos creído en el Evangelio. En otras palabras que antes de ser bautizados en agua éramos nacidos de nuevo, es decir muertos al pecado; y por el bautismo, nuestro viejo hombre fue sepultado con Cristo. Así como Cristo fue sepultado cuando ya estaba muerto al pecado (“Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas” (Romanos 6:10), dice Pablo), así también nosotros cuando fuimos sepultados juntamente con Él ya estábamos muertos al pecado a través del cuerpo de Cristo. También podemos expresar este concepto de la siguiente manera: hemos sido salvados de nuestros pecados por medio de la fe, y entonces antes de ser bautizados en agua ya éramos salvados (debido a que el acto de creer precede el acto de ser sumergido en agua). Nuestro bautismo entonces se puede definir un acto de obediencia a Dios que selló la justificación obtenida por la fe antes del bautismo. Un poco como el signo de la circuncisión que Abraham recibió “como sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso” (Romanos 4:11). Porque también Abraham fue justificado por Dios por la fe antes de ser circuncidado, y luego no fue su circuncisión que le fue contada por justicia, sino su fe, como está escrito: “Porque decimos que a Abraham le fue contada la fe por justicia” (Romanos 4:9). De la misma manera también a nosotros no fue el bautismo que nos fue contado por justicia (ya que habría significado que por el bautismo se obtiene la justificación), sino nuestra fe que hemos puesto en Cristo antes de ser bautizados en agua.

Por el bautismo hemos también testimoniado de al diablo y sus ministros (así como a las personas del mundo que estaban presentes o que han oído hablar de nuestro bautismo) que se nos ha convertido en discípulos de Jesucristo, que no queremos más vivir para nosotros mismos, sino para Aquel que murió y resucitó por nosotros, y por lo tanto de haber renunciado a nosotros mismos y a los placeres del pecado que el diablo nos ofrece a través de este mundo malvado. Nunca se debe olvidar que cuando nacimos de nuevo nos fuimos librados de este presente siglo malo que está bajo el maligno y trasladados al reino del Hijo de Dios; que antes del nuevo nacimiento nos servíamos el pecado pero después hemos empezado a servir a la justicia. Es un acto, por lo tanto, el bautismo, con el que hemos declarado estar muertos al pecado y al mundo. Al igual que con la Cena del Señor, periódicamente proclamamos la muerte del Señor al pecado de una vez por todas, así con el bautismo, que se recibe una sóla vez en la vida, hemos anunciado nuestra muerte al pecado, al mundo. Y se tenga en cuenta que como la Cena del Señor no es una repetición de la muerte del Señor al pecado, tampoco el bautismo es el acto por el cual morimos al pecado, porque nuestra muerte al pecado ocurrió antes del bautismo que fue en cambio su anuncio. Se tenga en cuenta que el bautismo en el nombre de Cristo, en algunos lugares de la tierra es un pronunciarse sobre sí mismos la sentencia de muerte de sus propios compatriotas, y de hecho muchos de nuestros hermanos bautizados en estas naciones fueron matados por haber expresado públicamente con el bautismo su decisión de seguir a Cristo. Esto demuestra que para aquellos que se sienten traicionados, este acto de inmersión que hace un creyente (que para ellos es un traidor), significa que el que antes era de su propia religión, ha decidido renunciar a su antigua religión para abrazar otra totalmente diferente, y por eso merece la muerte por traidor.

El bautismo es un acto por el cual hemos declarado no avergonzarnos de Cristo, sino estar dispuestos a soportar su oprobio en este mundo de oscuridad. El hecho, por tanto, que muchos creyentes han sufrido una fuerte oposición de sus parientes incrédulos antes de ser bautizados, es debido al hecho de que el diablo trató, por medio de algunos que estaban bajo su poder, de inducir de esta manera, el nuevo converso para que se avergonzase de su Salvador. El adversario, de hecho, sabe que Jesús dijo: “Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él…” (Marcos 8:38).

Después de decir esto, alguien dirá: “Pero entonces, si no es por el bautismo que uno se salva (porque es por la fe que somos salvos), ¿por qué Pedro dice acerca del bautismo: “ahora nos salva por la resurrección de Jesucristo” (1 Pedro 3:21)? Porque así es, pero Pedro, con estas palabras, no quiso decir que el bautismo nos ha salvado. Porque no es el bautismo en agua que salva al hombre de la esclavitud del pecado, sino su fe en Jesucristo. No es el bautismo en agua que salva al hombre del infierno sino su fe, y para confirmación tenemos el episodio de la conversión de uno de los ladrones que estaban crucificados con Jesucristo, a quien dijo: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). Como pueden ver este hombre no pudo recibir el bautismo, sin embargo, él se fue al cielo. El bautismo en su muerte nos salva de la ira venidera; pero ¿de qué manera?. Por la fe en la resurrección de Jesucristo, porque Jesús dijo: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Marcos 16:16), y no sin. Pero esto no quiere decir en absoluto que fue a través del bautismo que hemos renacido; tanto es así que el mismo apóstol Pedro al comienzo de su primera epístola dice: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos…” (1 Pedro 1:3); ¿lo ven? Pedro no dice que Dios nos hizo nacer de nuevo por medio del bautismo, sino a través de la resurrección de Jesucristo, es decir por la fe en la resurrección de Jesucristo, que es diferente. También el apóstol Pablo confirma que es por la fe en la resurrección de Cristo que fuimos nacidos de nuevo, no por el bautismo, cuando dice a los Colosenses: “sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos” (Colosenses 2:12). Noten la expresión “mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos” que puesta en ese contexto que habla del bautismo, demuestra claramente que es la fe en la resurrección de Cristo, que nos ha regenerado, no el bautismo. Y, de hecho, Pablo predicaba a las personas del mundo la fe en Cristo como un medio para renacer, y no el bautismo; porque sabía que era sólo a través de la fe que podían ser regeneradas. Es por eso que el apóstol dijo a los Corintios: “Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio…” (1 Corintios 1:17), porque a los ojos del Señor el evangelizar es más importante que el bautizar, y Jesús mismo lo demostró en los días de su carne, evangelizando pero no bautizando a nadie. Así que, en resumen, a través de la fe en la resurrección de Jesucristo hemos sido salvados, regenerados y limpiados de nuestros pecados; por el bautismo fuimos sepultados; y nos salva por la resurrección de Jesucristo, es decir con tal que retengamos la fe en la resurrección de Cristo. En otras palabras, seremos salvos de la ira venidera con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio; de lo contrario, el bautismo en agua recibido después de creer que no nos servirá para nada. Permítanme explicarles esto haciendo algunos ejemplos. Si Noé, o uno de los suyos que estaban en el arca, hubiese decidido mientras que llovía en la tierra para saltar de la ventana que Dios mandó a Noé para construir en el arca, ciertamente no habría sobrevivido a la inundación, pero él también habría perecido juntos a los rebeldes. Si un israelita que acababa de terminar de cruzar el mar, en seco, hubiese decidido volver sobre sus pasos (antes que Dios dijese a Moisés que extendiera su mano sobre el mar para que las aguas se volviesen sobre los egipcios), sin duda él habría perecido con los egipcios. Así que nosotros también, los que están en Cristo por la fe, tenemos que estudiarnos a permanecer en Cristo si queremos ser salvados de la ira venidera. Por eso tenemos que seguir creyendo en Él y tener cuidado para no perder nuestra confianza, porque esto sería una especie de suicidio espiritual.

Por último, quiero hacer hincapié en que tanto el apóstol Pedro como el apóstol Pablo (los cito porque he mencionado sus palabras sobre el bautismo) bautizaban de inmediato los que creían; les voy a recordar esto para que entiendan cómo según ellos bautismo tenía que seguir inmediatamente la fe y no tenía que tomar lugar semanas o meses o años después. Una demostración que para ellos, a pesar de que no era el bautismo que regenerase, era un acto importante porque mandado por Cristo para hacerlo de inmediato. Por desgracia, sin embargo, su ejemplo no es seguido hoy en día en medio de la mayoría de las iglesias por muchas razones que no encuentran ningún apoyo en las Escrituras (el número consistente, el clima cálido…). Y esto no puede no entristecer. Yo digo que si los sacerdotes de la Iglesia católica romana mandan a los padres de ‘bautizar’ a sus bebés pocos días después de su nacimiento natural, porque piensan que con esa agua que se vierte sobre su cabeza se van a renacer y se convierten en hijos de Dios (que no es cierto), los ministros del Evangelio deben mandar que los bebés espirituales sean bautizados inmediatamente sabiendo que el bautismo es la aspiración de una buena conciencia hacia Dios y no el medio por el cual nacemos de nuevo y llegamos a ser hijos de Dios. ¿Por qué un muerto con Cristo debe esperar días, semanas o meses antes de que sea enterrado? ¿Qué impide que sea enterrado ahora? ¿No es verdad que cuando Cristo murió, fue enterrado inmediatamente? ¿Por qué, entonces, cuando uno muere con Cristo no debe ser enterrado de inmediato? Si en el campo físico, apenas que uno muere, se piensa inmediatamente para enterrarlo, ¿por qué en el reino espiritual tan pronto como uno muere al pecado porque ha aceptado a Cristo, no debe ser enterrado de inmediato? Así que, ministros del Evangelio, no se detengan en bautizar aquellos que verdaderamente han creído en el Evangelio. También quiero aprovechar esta oportunidad para instar a los que han sí creído, pero todavía se detienen en ser bautizados. A ellos les digo, ‘¿Qué están esperando? ¿por qué se detienen? Levantense y sean bautizados’. Tengan cuidado de no avergonzarse porque el bautismo es un acto prescrito por Cristo Jesús, un mandamiento que deben obedecer. No se dejen engañar por el diablo que con su astucia trata de mantenerles lejos del bautismo. Resistid al diablo a través del escudo de la fe y someteos, pues, a Cristo.

 

¿A quién y cómo debe ser ministrado el bautismo?

De acuerdo con la Escritura el bautismo debe ser ministrado a personas que se han arrepentido de sus pecados y han creído en el Señor Jesucristo, y por lo tanto no puede ser ministrado a los bebés que aún no disciernen el bien del mal, y que todavía no pueden creer con el corazón en el Señor. Las siguientes Escrituras confirman que los que tienen que ser bautizados primero deben arrepentirse y creer en el Evangelio que se predica a ellos, y por lo tanto no pueden ser bautizados los bebés.

“Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados” “….Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados….” (Hechos 2:37,38,41);

“Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres” (Hechos 8:12);

“y muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados” (Hechos 18:8).

 

Como pueden ver en estos tres pasos las expresiones: “recibieron su palabra”, “cuando creyeron”, y “creían” preceden el acto del bautismo, y atestiguan claramente que una vez la persona, para ser bautizada, primero debía creer en el Evangelio. Todo esto está en perfecta armonía con las palabras de Jesús: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Marcos 16:16). El bautismo, por lo tanto, es lícito que lo reciba sólo quien ha creído. Pero para creer la persona tiene que escuchar primero la palabra de Cristo porque Pablo dice que la fe es por el oír, y el oír viene por la palabra de Cristo, y también: “¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ” (Romanos 10:14), y por lo tanto tiene que haber los que predican a Cristo porque Pablo siempre dice, “Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Romanos 10:14). Y esto está en perfecta armonía con las palabras de Jesús: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Marcos 16:15-16); y: “id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo…” (Mateo 28:19). Noten de hecho que la predicación y la instrucción preceden al acto del bautismo porque los apóstoles primeramente tenían que predicar la Palabra y después tenían que bautizar a los que habían creído en ella. Este es el orden que los apóstoles siguieron, de hecho, en el día de Pentecostés, Pedro predicó el primero, después los oyentes aceptaron su palabra y los apóstoles los bautizaron, como está escrito: “Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados” (Hechos 2:41). Y esto también es lo que ocurrió en Filipos en el caso de la familia de Lydia, como está escrito antes: “y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían reunido” (Hechos 16:13), y luego, después de que el Señor abrió el corazón de Lydia para que estuviese atenta a lo que Pablo decía, que “fue bautizada, y su familia” (Hechos 16:15); y también en el caso de la familia del carcelero, como está escrito antes: “Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa” (Hechos 16:32), y luego, que “se bautizó él con todos los suyos” (Hechos 16:33); y en Corinto, donde muchos oyendo hablar Pablo creyeron y fueron bautizados (Véase Hechos 18:8). Y como la predicación del Evangelio no se podía dar a los bebés (y aceptada por este últimos), porque aunque podían oír, no podían discernir lo que se les decía y por lo tanto no podía venir la fe, se deduce que no eran bautizados. Hemos visto que antiguamente el bautismo se hacía en obediencia al mandato de Cristo administrado sólo a los que creían, hecho que excluye que fuesen bautizados también los bebés que todavía no podían creer.

Además de eso hay que decir que el bautismo mencionado en estas Escrituras consistía en sumergir los que habían creído, y no en un vertido de agua sobre su cabeza. Por otra parte, la misma palabra griega baptizo significa ‘sumergir’, ‘zambullir’, y no verter ni asperger. Los siguientes pasajes muestran que el bautismo en agua es por inmersión y no por infusión.

– Juan el Bautista bautizó por inmersión (aunque su bautismo era sólo un bautismo de arrepentimiento) de acuerdo con lo que está escrito: “Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados” (Mateo 3:5,6), y también: “Juan bautizaba también en Enón, junto a Salim, porque había allí muchas aguas; y venían, y eran bautizados” (Juan 3:23);

– Jesús fue bautizado a la edad de unos treinta años; cuando fue bautizado por Juan en el Jordán, fue sumergido en el agua, de acuerdo a lo que está escrito en Mateo: “Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua…” (Mateo 3:16); y también en Marcos: “Fue bautizado por Juan en el Jordán. Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él…” (Marcos 1:9,10);

– el eunuco fue bautizado por Felipe por inmersión, como está escrito: “Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe…” (Hechos 8: 38,39).

Qué decir, entonces, de esos argumentos esgrimidos por algunos teólogos, por ejemplo: ‘En el día de Pentecostés fueron bautizadas unas tres mil personas y nos sabemos que en Jerusalén no hay río que permita un bautismo por inmersión’, y: ‘El carcelero fue bautizado con toda su familia en la cárcel y aquí no había un río o una piscina para hacer un bautismo por inmersión; por lo tanto, en estos casos, ¿el bautismo fue ministrado por infusión’? Nosotros decimos que no son más que tonterías que sólo sirven para arrojar polvo a los ojos de las personas. Dios no estaba obligado a hacer transcribir cada vez, dónde y cómo fueron bautizados todos aquellos que aceptaron el Evangelio. Una cosa es cierta, en aquellos casos en los que Él no quiso que fuese transcrito dónde y cómo el bautismo fue ministrado a los creyentes, no es porque ese bautismo fue ministrado por infusión¡ Y entonces, siguiendo esta línea de razonamiento también se debería decir que en aquellos casos en que no se dice que los creyentes fueron bautizados, ellos no fueron bautizados en absoluto como en el caso de los miles de personas que, después de que Pedro sanó al hombre cojo en Jerusalén creyeron, de los Tesalonicenses, o de los que cryron en Atenas; ¡Entonces el bautismo no era necesario! Pero esto, obviamente, significaría hacer decir a la Palabra lo que no dice y sería una contradicción.

Así, hemos demostrado que el bautismo instituido por Cristo debe ser ministrado a las personas que se han arrepentido y creído, y también que es por inmersión y no por infusión. Así que cuando, por ejemplo, un católico romano se arrepiente y cree con su corazón en el Evangelio de la gracia debe ser bautizado; no rebautizado porque en realidad lo que ha recibido cuando era un niño (o incluso cuando era adulto) en la Iglesia Católica Romana no es un bautismo, sino algo que sólo tiene el nombre de bautismo. Lo mismo se aplica en el caso que se arrepienta un protestante (luterano, reformado,…) que recibió el ‘bautismo’ por aspersión; también él debe ser bautizado.

En cuanto a las palabras que se deben utilizar en el bautismo hay que decir: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, porque así Jesús mandó: “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo…” (Mateo 28:19). En el Nombre del Padre, porque Él lo trajo a su Hijo (Véase Juan 6:37,44,65), en el nombre del Hijo, porque Él le recibió y le reveló el Padre (Véase Lucas 10:22), y en el nombre del Espíritu Santo, porque es Él lo ha convencido de pecado, justicia y juicio (Véase Juan 16:8).

 

El bautismo no regenera al hombre

La doctrina de la regeneración bautismal argumenta que una persona nace de nuevo cuando se bautiza en agua; y es una doctrina que se enseña no sólo en la Iglesia Católica Romana. En apoyo de esta doctrina generalmente se citan las siguientes palabras de Jesús: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5), y las siguientes palabras de Pablo: “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración…” (Tito 3:5). Pero las palabras de Jesús (Véase Juan 3:5), y de Pablo (Véase Tito 3:5), que se toman para apoyar el poder de regenerar del bautismo tienen un significado diferente. Vamos a explicarlo.

Jesús, cuando dijo que se debe nacer de agua, quiso decir que hay que ser regenerados por la Palabra de Dios, porque el agua representa la Palabra de Dios (Véase Isaías 55:10,11). Es cierto que no tuvo la intención de decir que el agua del bautismo regenera o tiene el poder de regenerar al pecador, porque esto no es cierto, porque el poder de regenerar al pecador lo tiene la Palabra de Dios (Véase 1 Pedro 1:23). Y luego, si fuese como ellos dicen, el ladrón en la cruz que se convirtió justo antes de morir no habría podido entrar en el reino de Dios porque no nació de agua, es decir no se bautizó. Pero entonces ¿por qué Jesús le dijo que en ese día habría estado con Él en el cielo? ¿No será porque aquel hombre antes de su muerte experimentó el nuevo nacimiento, es decir que nació de agua y del Espíritu? Por supuesto que sí, y no puede ser de otra manera.

Con respecto a las palabras de Pablo a Tito, con el lavamiento de la regeneración, el apóstol no tuvo la intención de decir la regeneración llevada a cabo por el bautismo. Esto se debe a que él, utilizando la palabra lavamiento, no entendía decir la inmersión en agua de los que habían creído, sino la purificación llevada a cabo en ellos por la Palabra de Dios, de hecho, dice a los Efesios que “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra..” (Efesios 5:25,26). Para confirmar que Cristo nos ha lavado y limpiado por su palabra, y no por el bautismo de agua que hemos recibido en su nombre, citamos las palabras que Jesús dijo a sus discípulos en la noche que fue entregado: “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Juan 15:3). Él no les dijo que estaban limpios por el bautismo, sino por su palabra, que era la Palabra de Dios de acuerdo a lo que dijo: “La palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió” (Juan 14:24).

Por el maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo

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