Pasos que demuestran que Jesús es Dios

479989_543169739047173_373980122_n– Juan dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho…. Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1-3, 14). Y como se dice claramente que el Verbo era Dios y el Verbo fue hecho carne, declaramos que Dios fue manifestado en carne en la persona de Cristo Jesús. Las siguientes palabras escritas en los Salmos: “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos” (Salmos 33:6), confirman lo que dijo Juan (“el Verbo era Dios “[Juan 1:1]), porque sabemos que los cielos fueron hechos por Dios, como está escrito: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1); Por lo tanto, si la Palabra de Dios no era Dios, no podría haber creado los cielos.

– Juan el Bautista dijo: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Juan 3:36), por eso todos los que creen en Jesucristo tienen la vida eterna. Pero Jesús dijo: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24), haciendo entender que, a fin de recibir la vida eterna, se debe creer en Dios. entonces alguien dirá: ‘¿En quién debemos creer para tener la vida eterna?’ En Cristo Jesús, porque Él es Dios con el Padre, y nos informó de las palabras de su Padre, y porque el que cree en Él automáticamente cree en Dios que lo envió, porque Jesús dijo: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió” (Juan 12:44).

– Jesús dijo: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30). ¿No está claro el significado de estas palabras de Jesús? Él y el Padre, a pesar de que son dos personas separadas, son Dios. Los Testigos de Jehová dicen en cambio que estas palabras significan sólo que el Hijo y el Padre son uno en acuerdo y propósito. Pero nosotros decimos: ‘Si fuera sólo eso el significado de las palabras de Jesús, ¿por qué los Judíos inmediatamente después de que lo pronunció recogieron unas piedras para apedrearlo?’ ¿No es otra, y precisamente porque se hacía igual a Dios, la razón por la que recogieron piedras para apedrearlo? Sí, de hecho está escrito que los Judíos le dijeron: “Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios” (Juan 10:33). El hecho de declarar sólo estar de acuerdo con Dios no habría provocado la ira de los Judíos incrédulos.

– Respondió Jesús y le dijo al hombre que le había llamado “Maestro bueno” (Marcos 10:17): “¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios” (Marcos 10:18). Ahora, alguien dirá: ‘¿Por qué tomar este paso para dar fe de que Jesús es Dios?’ Por esta razón, porque Jesús no se negó a ser llamado bueno, sino sólo le preguntó al hombre porque le había llamado bueno, ya que sólo Dios es bueno. Y así, ya que sólo Dios es bueno el Maestro es Dios, porque Él es bueno. Si Jesús no hubiera sido bueno, sin duda habría dicho al hombre para llamar sólo Dios bueno, y por lo tanto, implícitamente se habría declarado sólo un hombre. Pero precisamente porque era la misma cosa con Dios el Padre, Él era bueno. Por lo tanto, hacemos bien en el llamarlo Maestro bueno, porque Él es Dios.

– Pablo dijo de Jesucristo a los Colosenses que “agradó al Padre que en él habitase toda plenitud” (Colosenses 1:19). Y es precisamente en virtud del hecho de que en Cristo habitó toda la plenitud de la Deidad que hemos recibido gracia sobre gracia de Él, de hecho, Juan dice: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (Juan 1:16). En otras palabras, no habríamos sido capaces de recibir de Cristo la salvación, ni la vida, ni la paz, ni ninguna otra bendición si en Él no hubiese vivido la plenitud de la Deidad, o si Él no hubiese sido Dios.

– El apóstol Pablo dijo a los Romanos: “De quienes (los Israelitas) son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Romanos 9:5). Así que Jesús Cristo, aunque fue encontrado en la condición de hombre, es el Dios que es bendito por los siglos.

– Pablo dice a Tito: “Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo…” (Tito 2:13). Ahora, el profeta Daniel llamó a Dios “el gran Dios”, porque después de que habló con el rey Nabucodonosor dijo: “El gran Dios ha mostrado al rey lo que ha de acontecer en lo por venir” (Daniel 2:45); Jeremías hizo lo mismo, de hecho dijo: “Dios grande” (Jeremías 32:18); David reconoció que sólo Dios es grande cuando él dijo: “Porque yo sé que Jehová es grande” (Salmos 135:5); por tanto, si Pablo llamó a Jesús “nuestro gran Dios” significa que él creía firmemente que Cristo es Dios. Si Jesús no fuera Dios, y por lo tanto si no era igual a Dios, Pablo no lo habría jamás llamado “nuestro gran Dios”, porque de esta manera habría definido una criatura Dios, haciendose culpable de idolatría. Recuerden que Pablo era un Judío por nacimiento que sabía muy bien que Dios había dicho: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3), y por lo tanto nunca se habría permitido, si Jesucristo hubiese sido sólo un hombre, llamarlo “nuestro gran Dios” También el hecho de que Pablo llama a Jesucristo “nuestro Salvador” muestra que él creía que Él era Dios. Él sabía que Dios había dicho a través de Isaías: “Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí” (Isaías 45:21), sin embargo, Él no llamó “nuestro Salvador” sólo a Dios el Padre (en Tito dice: “La predicación que me fue encomendada por mandato de Dios nuestro Salvador” [Tito 1:3], y a Timoteo dice: “Pablo, apóstol de Jesucristo por mandato de Dios nuestro Salvador” [1 Timoteo 1:1], y: “porque esperamos en el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen” [1 Timoteo 4:10]), sino también a su Hijo Jesucristo, como está escrito en Tito: “Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo nuestro Salvador” (Tito 1:4).

– El apóstol Pedro también llamó Jesucristo “nuestro Dios y Salvador”, de hecho, en el comienzo de su segunda epístola está escrito: “Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo” (2 Pedro 1:1). También él, como Pablo, sabía que hay un sólo Dios y único Salvador, pero llamó el Cristo a quien había conocido en los días de su carne “nuestro Dios y Salvador” porque Él lo es.

– En el libro de los Hechos de los Apóstoles, entre las palabras de Pablo a los ancianos de la iglesia en Efeso, hay las siguientes: “Tengan cuidado de sí mismos y de todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha puesto como obispos para pastorear la iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre” (Hechos 20:28 ‘NVI’). Ahora, en estas palabras se dice que Dios compró la iglesia con su propia sangre, que a primera vista parece increíble, porque sabemos que no es Dios que murió en la cruz y derramó su sangre por nosotros, sino su unigénito Hijo. Pero examinando cuidadosamente este paso y comparándolo con otros pasajes de la Escritura vemos que Pablo aquí se refiere al Hijo de Dios y no a Dios el Padre, que en los días de la carne de su Hijo siguió sentado en su trono en el cielo. Recuerden que cuando Tomás le dijo a Jesús: “!!Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28), implícitamente admitió que su Dios murió en la cruz, que derramó su sangre para comprarnos, y luego fue resucitado; pero tengan en cuenta que con esas palabras no admitió que Dios el Padre murió en la cruz; digo esto para que se entienda que siempre hay una clara distinción entre Dios Padre y Dios Hijo. Son dos personas unidas y de la misma sustancia desde toda la eternidad, pero al mismo tiempo diferentes entre ellas y deben ser especificadas por separado a fin de no intercambiar el uno para el otro. En conclusión, Jesucristo es el Dios que, según las palabras de Pablo, compró su iglesia con su propia sangre.

– En la epístola a los Hebreos está escrito: “Mas del Hijo dice: tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo..” (Hebreos 1:8). También por estas palabras del cuadragésimo quinto salmo se entiende claramente que el Hijo es Dios, y no un dios.

– Siempre en la misma carta está escrito, “Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice: Adórenle todos los ángeles de Dios” (Hebreos 1:6). Ahora, nos sabemos que los ángeles adoran sólo a Dios, como está escrito: “Los ejércitos de los cielos te adoran” (Nehemías 9:6); entonces, como los ángeles saben que se debe adorar sólo a Dios (el ángel de Jesús que se le apareció a Juan en la isla de Patmos, cuando vio que Juan se postró ante él para adorarlo le dijo: “Mira, no lo hagas… Adora a Dios” [Apocalipsis 22:9]) ellos saben y reconocen que Jesucristo es Dios. Y entonces, si Dios el Padre ha ordenado a sus ángeles para adorar a su Hijo, quiere decir que Él mismo reconoce en Cristo Jesús la segunda persona de la Divinidad. Si Jesús no fuera Dios, el Padre nunca habría ordenado a sus ángeles para que le adorasen.

– Mateo dice que los magos “al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron…” (Mateo 2:11). Estas palabras muestran que Jesús era Dios, incluso cuando era un bebé, porque los Magos le dirigieron su adoración debida sólo a Dios.

– El mismo apóstol dice al final del Evangelio que escribió que las mujeres acercándose a Jesús resucitado “abrazaron sus pies, y le adoraron” (Mateo 28:9), y luego que los discípulos “se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado. Y cuando le vieron, le adoraron” (Mateo 28:16-17). Ahora, ya que está escrito en la ley: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás” (Mateo 4:10), entonces Cristo era Dios. Si el Hijo no hubiera sido Dios, no sólo no habría sido digno de ser adorado, sino Él mismo habría regañado tanto a las mujeres como a sus discípulos cuando le adoraron. Recuerden que Jesús nunca renunció a reprender a los suyos cuando se lo merecían; Él reprendió a Santiago y Juan cuando se le preguntó si quería que mandasen que desciendese fuego del cielo para devorar a los samaritanos que no lo habían recibido porque se dirigía a Jerusalén, (Véase Lucas 9:51-56); y reprendió a Pedro porque no quería que sufriera y muriera (Véase Mateo 16:22-23). Por lo tanto, si sus discípulos, adorandole, se hubiesen hechos culpables de idolatría, Jesús les habría regañado y les habría dicho: ‘¡¡Adoren a Dios!’; en cambio el hecho de que Él aceptó su adoración confirma que Jesús era Dios y no sólo un hombre.

– Pablo dice a los Filipenses: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres…” (Filipenses 2:5-7). De esta manera Pablo ha confirmado tanto que Jesucristo era igual a Dios, como que Él, como Hijo de Dios, estaba con el Padre antes de la fundación del mundo.

– En la carta a los Hebreos dice: “Sino que os habéis acercado… a Dios el Juez de todos” (Hebreos 12:22,23). Dios en este caso se llama el Juez de todos; pero también el Hijo es el Juez de todos, porque Pedro dijo de Él “que él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos” (Hechos 10:42). Por lo tanto, ya que sabemos que el juicio pertenece al Señor, que es el único Dios verdadero, y no hay otro, Jesucristo es Dios.

–  Un día Jesús dijo a los Judíos: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (Juan 8:56), y los Judíos le dijeron: “Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?” (Juan 8:57) y Jesús les dijo: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy” (Juan 8:58). Ahora bien, sabemos que el Yo soy apareció a Moisés en el Monte Horeb en la llama de una zarza ardiente y habló con él y le envió a Egipto para liberar a Israel, pero veamos ahora cuando el Yo soy le apareció al patriarca Abraham, porque Jesús proclamó haber visto a Abraham y que Abraham había visto su día, y él se había regocijado. Está escrito: “Después le apareció Jehová en el encinar de Mamre, estando él sentado a la puerta de su tienda en el calor del día. Y alzó sus ojos y miró, y he aquí tres varones que estaban junto a él…” (Génesis 18:1-2). Tengan en cuenta que la Escritura dice que Abraham vio a tres hombres. Continuando la lectura de esta visita que Abraham recibió se nota que dos de estos hombres eran en realidad dos ángeles, de hecho, después de que los tres hombres habían comido lo que Abraham había puesto frente a ellos, la Escritura antes dice: “Y se apartaron de allí los varones, y fueron hacia Sodoma” (Génesis 18:22), y un poco más adelante: “Llegaron, pues, los dos ángeles a Sodoma a la caída de la tarde…” (Génesis 19:1). Por tanto, dos de esos tres hombres eran dos ángeles; pero entonces, ¿quién era el tercero? Era el Señor, que es, el Yo soy, de hecho, la Escritura después de decir que “El Señor se le apareció a Abraham” dice que, después de que los dos hombres salieron de Abraham, el patriarca “estaba aún delante de Jehová” (Génesis 18:22). Ahora quiero que noten algo más que considero importante porque confirma que aquel hombre que se le apareció a Abraham era Dios (el Hijo) antes de su encarnación. Después de que los dos ángeles tomaron la mano de Lot, su esposa y sus dos hijas, y los sacaron de la ciudad de Sodoma, la Escritura dice: “Entonces Jehová hizo llover sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos” (Génesis 19:24). Noten la expresión: “Jehová hizo llover… de parte de Jehová”, porque confirma que aquel hombre que hizo llover de parte de Dios fuego y azufre sobre Sodoma era Dios, el Hijo.

– Isaías dijo: “!!Ved aquí al Dios vuestro! He aquí que Jehová el Señor vendrá con poder” (Isaías 40:9-10); a continuación, en las palabras de Isaías nuestro Dios vendrá con poder. Ahora, comparando estas palabras del profeta con estas palabras de Jesús: “Entonces verán al Hijo del Hombre, que vendrá en una nube con poder y gran gloria” (Lucas 21:27), y las de Juan: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá…” (Apocalipsis 1:7), entendemos que Jesucristo es nuestro Dios que viene con poder. Si luego examinamos las siguientes palabras pronunciadas por el Señor Jesús a Juan: “Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso” (Apocalipsis 1:8) se darán cuenta de que el que viene es llamado el Alfa y la Omega y el Todopoderoso; y por lo tanto esto también es una confirmación de que Jesucristo, que ha de venir, es Dios.

Por el maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo

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