Contra el “llamado al altar”, más conocido como el “llamado a la salvación”

altar_callHay una práctica sin ningún fundamento bíblico muy difundida en el ámbito evangélico, cuando hay reuniones de evangelización, que consiste en esto. Inmediatamente después del sermón, la congregación canta una canción durante la cual el predicador llama a hombres y mujeres a dejar sus asientos y presentarse en frente de la audiencia para confesar públicamente que “aceptan a Cristo”. Para los que lo hacen se les ofrece la salvación. Los que vienen hacia adelante reciben la atención personal de un consejero y se les instruye a orar, y así sucesivamente. A menudo el predicador les pide que reciten una oración con él, que es ‘la oración del pecador penitente’. Una vez que haya terminado esto, el predicador dice, a menudo, a los que han hecho esta oración: ‘Ahora su nombre está escrito en el libro de la vida!’.

Fue Charles Finney, un famoso predicador del siglo 19 (1792-1875), que dio lugar a esta práctica, conocida en las Iglesias anglosajonas como ‘altar call’ (llamado al altar).

En un determinado momento, en las reuniones evangelísticas de Finney (alrededor de 1830), de hecho, los primeros asientos estaban reservados para aquellos que, después del sermón respondían a la invitación de ponerse del lado del Señor. Por lo tanto, los que eran “ansiosos” por la salvación de sus almas eran invitados a venir adelante a los ‘asientos de los ansiosos’ (anxious seat) donde habrían sido aconsejados y se habría orado por ellos. Y esto para forzar las decisiones y obtener resultados. Además, Finney animó a los jóvenes predicadores para que fuesen anecdóticos, más coloquiales y menos doctrinales de lo que habían sido los predicadores tradicionales.

Todas estas prácticas, que como pueden ver se pueden encontrar en muchos predicadores contemporáneos, eran parte de las llamadas “nuevas medidas” introducidas por Finney que, sin embargo, otros predicadores de su tiempo rechazaron, atraendose el apodo de ‘enemigos del avivamiento’.

Desdichadamente Finney fue el primer predicador influyente que sugerió un principio que es muy similar a lo que dice que el fin justifica los medios, como él dijo: ‘El éxito de cualquier iniciativa hecha para promover un renacimiento de religión, demuestra su sabiduría … cuando la bendición sigue, evidentemente, la introducción de la misma iniciativa, tenemos pruebas inequívocas de que esa iniciativa es sabia. ¡Es profano decir que esta medida hará más daño que bien!’ (Charles Finney, Avivamiento de la Religión, Old Tappan, NJ: Revell, nd, 211 – En Inglés, el texto dice: ‘The success of any measure designed to promote a revival of religion, demonstrates its wisdom …. when the blessing evidently follows the introduction of the measure itself, the proof is unanswerable, that the measure is wise. It is profane to say that such a measure will do more hurt than good’).

Dije antes que el ‘altar call’ no tiene ningún fundamento bíblico, porque si se leen los escritos que relatan la historia de Jesús de Nazaret, así como el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se nos dice la historia de la Iglesia a partir de alrededor de 33 a alrededor de 63, no se encuentra en ellos alguna referencia directa o indirecta a esta práctica.

Jesús predicó el Evangelio a los pueblos y aldeas, exhortando a las almas a arrepentirse y creer en el Evangelio, pero a las multitudes de personas que se reunían para escucharle no hacía llamados como: ‘Quién quiere aceptarme levante la mano, o se ponga de pie, y luego venga adelante, que oraremos con él’. Y lo mismo pasa con los apóstoles.

Es claro que no estoy diciendo que Dios no puede salvar igualmente a alguien durante una evangelización en la que se utiliza este método, sin embargo, ya que tenemos que aprender a practicar no más de lo que está escrito, los que anuncian el Evangelio, deben limitarse a hacer lo que hacían Jesús y los apóstoles, que siguen siendo el ejemplo a seguir en cada época y nación.

Ahora, a favor de esta práctica se dice por ejemplo que en la Biblia hay invitaciones para ir al Señor, como éstas: “A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche” (Isaías 55:1), “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Sí, yo digo, pero estas invitaciones, no presuponen que aquellos que las reciben deban hacer un movimiento físico como levantarse y seguir adelante después de una predicación para recitar ‘la oración del pecador penitente’! Y, de hecho, Jesucristo nunca hizo tales invitaciones al final de sus sermones. Si no les ha hecho Él, ¿por qué entonces sus siervos deben hacerles? ¿Qué hacía Jesús entonces? Lo repito, Él predicaba el Evangelio a las multitudes, diciendo: “Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15), sin embargo, nunca hizo los modernos llamamientos a la salvación que estamos viendo hacer por muchos predicadores.

Lo mismo se aplica a los apóstoles; también ellos predicaron el arrepentimiento y el Evangelio (Hechos 2:38; 10:38-43; 17:30; 26:20), porque así Cristo ha mandado, según lo que dijo: “Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:46-47), y otra vez: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15); pero ni siquiera ellos hicieron llamamientos a la salvación del tipo que estamos acostumbrados a ver hoy.

Esto se debe a que los que predican el Evangelio deben mostrar a la gente que tienen que “moverse” espiritualmente de donde están a Cristo, es decir que tienen que ir a Cristo, y no en un lugar físico determinado. Por supuesto, sabemos que es Dios quien traje a las almas a Cristo, y entonces pueden venir a Cristo solo si les he dado por Dios el Padre (Juan 6:44,65).

Así que el predicador debe exhortar a los pecadores para ‘moverse espiritualmente’ y no ‘moverse físicamente’ en el lugar donde él está predicando.

Hay otro razonamiento que hacen los que están a favor de esta práctica que no es bíblica, y es esto. Dicen que Jesús dijo: “A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10:32-33). Pero este confesar a Cristo delante de los hombres, no tiene nada que ver con la conversión del pecador. Porque el pecador puede convertirse también en el medio de un desierto donde no hay nadie, excepto Dios que le ve y le oye, sin tener la oportunidad de decir públicamente en ese momento frente a los demás que él ha creído en el Señor Jesucristo. Ciertamente, a aquellos que se convierten a Cristo, hay que decirles que no deben avergonzarse de dar testimonio de lo que Cristo ha hecho por ellos, y ni siquiera de confesar el nombre de Cristo delante de los hombres, pero de aquí a decir que por parte de los que quieren convertirse hay la necesidad de una confesión pública de fe delante de todos, donde todos los presentes le deben oír y ver “recitar” la oración del pecador penitente, hay un mundo de diferencia.

También hay que decir que esta práctica no bíblica ha creado una especie de mediador entre los pecadores en la tierra y Cristo, porque en cierto sentido, parece que el pecador pueda venir a Cristo sólo a través de esta oración del pecador que el predicador le invita a repetir detrás de él. Sin embargo, el pecador necesita solamente que el predicador le muestre el camino a seguir, entonces será Dios que lo empujará en ese camino de una manera poderosa e inescrutable, dandole el arrepentimiento y la fe en Cristo. El pecador debe ser exhortado con toda confianza para que vaya a Cristo, para que confiese sus pecados, para que pida Su perdón. El resto lo hará Dios. El predicador no tiene que preocuparse de cómo el pecador irá a Cristo, porque esa es la obra de Dios en él.

También hay que decir que esta práctica lleva a creer que hayan habido conversiones en gran número, porque los que van por delante se cree que se hayan convertido, cuando en la mayoría de los casos no es así. Y, de hecho, la gran mayoría de los que vienen hacia adelante en estas evangelizaciones en los estadios y así sucesivamente, luego desaparecen en un tiempo muy corto, y al momento de buscar en las congregaciones todos aquellos ‘conversos’ que fueron contados, se encuentra sólo un puñado de ellos. Y no sólo eso, hay muchos que piensan que son salvos por haber respondido al llamado a la salvación del predicador y haber recitado con él la oración del penitente, pero en realidad nunca ha habido en ellos una conversión real. Hubo el recitar una declaración de fe, pero en realidad no la habían creído verdaderamente con el corazón, y entonces se han engañado a sí mismos y han engañado a los demás que se habían convertido a Cristo.

Pero ¿por qué al final muchos predicadores adoptan este método?

En primer lugar, porque no creen plenamente en el poder de la palabra de la cruz, como un medio utilizado por Dios para salvar las almas, que, sin embargo, creyeron los apóstoles. El apóstol Pablo, por ejemplo, afirma: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:16-17), y también: “Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Corintios 1:21). Como se puede ver, además de la predicación no se necesitan otras cosas por los que anuncian el Evangelio, porque es a través de ella que Dios ha determinado para salvar las almas, y de hecho, “la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).

En segundo lugar, porque no creen en el propósito de Dios conforme a la elección que depende de la voluntad del que llama, y no de la voluntad de aquel que es llamado al arrepentimiento, como está escrito: “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Romanos 9:16). En otras palabras, ellos no creen que los que creen fueron ordenados para vida eterna (Hechos 13:48) desde la fundación del mundo, o más bien, aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, porque para ellos la salvación depende de la voluntad del hombre y no de la voluntad de Dios, y entonces ellos hacen todo lo posible para solicitar la voluntad humana con estos métodos. Así que al final, estos predicadores terminan tratando de manipular la voluntad de sus oyentes con este llamado a la salvación y todo lo que se encuentra junto a él.

Estoy plenamente convencido de que los que creen en lo que dice la Biblia, es decir que es Dios quien de su voluntad, hace nacer de nuevo (Santiago 1:18), que es Él que trae a las almas a Cristo (Juan 6:44), que es Él que da el arrepentimiento para vida (Hechos 11:18), que es Él quien concede creer en Cristo (Filipenses 1:29), y que es Él que revela a las almas quien es Jesucristo (Mateo 16:17), no sienten en absoluto la necesidad para hacer estos llamados a la salvación, haciendo venir adelante las personas y haciendo que reciten la ‘oración del pecador’. Y esto es porque están plenamente convencidos de que Dios obrará poderosamente en las almas que Él escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que a la hora establecida por Él – después de haber escuchado la palabra de la cruz – se arrepientan y crean.

Hay que admitir que con la introducción del llamado al altar, muchos han terminado por desviar la atención de lo espiritual a lo físico, del interior al exterior. Las reuniones de evangelización son llamadas ‘maravillosas’ porque muchos ‘siguieron adelante’, y se argumenta que Dios ha obrado porque muchos respondieron al llamado. Y todo esto tal vez cuando estaba obrando solamente un hábil predicador y no Dios (o tal vez Dios estaba obrando sólo en unos pocos de ellos). Y entonces se piensa que en cambio, en los que se quedaron en su asiento, Dios no obró, cuando tal vez precisamente entre ellos hubo alguien que fue verdaderamente convertido. Yo, por ejemplo, cuando me convertí, escuché el enésimo llamado para seguir adelante, pero esa noche no seguí adelante, sino me arrepentí y creí en el Señor mientras estaba de pie en los últimos asientos, y esa noche nací de nuevo para el poder regenerador de la Palabra de Dios. No recité ninguna oración pre-empaquetada por el predicador, porque empecé a llorar ante Dios, pidiéndole que me perdonase y me hiciese un hijo Suyo.

Para concluir, quiero decir que hay que volver a la Palabra de Dios, también en este, y entonces tenemos que eliminar este ‘llamado al altar’, ya que no es parte de lo que un predicador debe hacer por mandato de Cristo.

Quien tiene oídos para oír, oiga.

Por el maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo

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