Era piadoso, temeroso, hacía muchas limosnas y oraba a Dios siempre, sin embargo, él no era salvado

colomba“Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la compañía llamada la Italiana, piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre. Este vio claramente en una visión, como a la hora novena del día, que un ángel de Dios entraba donde él estaba, y le decía: Cornelio. El, mirándole fijamente, y atemorizado, dijo: ¿Qué es, Señor? Y le dijo: Tus oraciones y tus limosnas han subido para memoria delante de Dios. Envía, pues, ahora hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro. Este posa en casa de cierto Simón curtidor, que tiene su casa junto al mar. … él te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa” (Hechos 10:1-6, 11:14).

Este pasaje bíblico está siempre presente en mi mente y en mi corazón, porque en Cornelio me veo a mí mismo cuando era católico; de hecho, en ese tiempo yo era temeroso, piadoso y oraba, pero era todavía una persona perdida en sus delitos y pecados.

Cuántas veces iba a la misa, e incluso cuando confesaba mis pecados al sacerdote, no me sentía mejor, los pecados permanecían aun mas pegados a mi alma.

Pero Dios tenía un plan también para mí, un cambio de residencia de Palermo a Gaeta, conocí a un hermano en Cristo que me llevó a la comunidad evangélica de Fondi, donde escuché el Evangelio y, poco después, en mi cuarto, Dios me regeneró espiritualmente, me hizo nacer de nuevo y mi pecado se fue de mi alma, me sentía ligero, lleno de alegría, de paz, y no tenía mas el miedo de ir al infierno porque entonces me empecé a sentir en paz con el Señor en lo más profundo de mi alma. Dios ya no era un juez para mí, pero ya lo veía como Padre, que se compadeció de mis miserias del alma y me perdonó todos mis pecados. Gracias sean dadas a Dios, que se apiadó de mí.

De manera similar a Cornelio, hay muchos católicos que están en la condición en la que me encontraba yo ante de ser salvado, que están en la misma situación en la que estaba Cornelio cuando el ángel se le apareció, antes de creer en el mensaje de la salvación que le trajo Pedro.

Hay muchos católicos que son devotos, piadosos, que temen a Dios, hablan de Él, hablan de Jesucristo, hacen limosnas y oran, sin embargo, como Cornelio, permanecen perdidos en sus delitos y pecados, porque sólo por medio del nuevo nacimiento, sólo a través de la obra del Espíritu Santo que viene a morar en el hombre se obtiene el perdón de los pecados, infundiendo en las profundidades del corazón la fe en el sacrificio de Jesucristo, por medio del cual se obtiene la remisión de los pecados.

Estos son buenos religiosos católicos, pero no son salvados, no hacen parte de la familia de Dios, como no hacía parte de la familia de Dios Cornelio antes de que Pedro le llevase el mensaje de salvación.

Desdichadamente, incluso en las iglesias evangélicas, hay muchos que son religiosos, piadosos y devotos, pero no son salvados, nunca han nacido de nuevo. Este fenómeno es muy común entre los hijos de los creyentes que han sido enseñados en todas las cosas que pertenecen a los principios y doctrinas de la Biblia, imitan casi perfectamente el comportamiento de un creyente, pero no lo son, dentro de ellos están espiritualmente muertos , hacen lo todo por arrastramiento, hábito, imitación de los demás y para complacer a los padres y al pastor, pero nunca se han convertido y nunca han nacido de nuevo.

En cierto sentido, también otras franjas religiosa, como los Testigos de Jehová, andan de una manera religiosamente encomiable, pero no han nacido de nuevo, no son salvados, y sus pecados no han sido perdonados, sus inmundicias se encuentran todavía en su corazón y en su alma.

Cornelio fue salvado, sus pecados fueron perdonados y recibió el Espíritu Santo en su corazón, en el momento en el que creyó en las palabras de Pedro: “De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43), de hecho, Lucas continúa la historia con estas palabras: “Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso” (Hechos 10:44).

Estas Sagradas Escrituras nos recuerdan que el perdón de los pecados se consigue sólo a través de la fe en el sacrificio de Cristo en la cruz, en el momento en que el Espíritu Santo hace la obra de convicción en las profundidades del alma que se está viviendo en el pecado, como está escrito: “[el Consolador] convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8).

Hemos leído que el Espíritu Santo convence al hombre de pecado, lo hace sentir un pecador en necesidad de salvación, que no puede agradar a Dios con sus propias fuerzas y sus obras, y lo convence, poniendo en él la fe en el sacrificio de Cristo en la cruz, la sangre derramada cumple la limpieza de sus pecados.

No es por las obras que se obtiene el perdón de pecados, sino sólo por la fe puesta en el corazón del hombre por el Espíritu Santo, como dice el Señor Jesucristo a Pablo, “Te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados” (Hechos 26:17,18).

Ahora les digo a ustedes, católicos romanos, a ustedes que piensan ser salvados y agradar a Dios por sus obras, a la luz de lo que hemos dicho en referencia a la forma de obtener el perdón de los pecados, deben saber que no es por las obras que uno puede ser salvado y los pecados no son perdonados por el sacerdote, sino sólo por Dios, a partir del momento en que uno nazca de agua y del Espíritu. Arrepiéntanse, pues, y clamen a Dios, arrepiéntanse de sus pecados y griten a Dios el Señor que tenga misericordia de ustedes y les haga nacer de nuevo perdonando sus pecados. La salvación es por fe, no por obras, de acuerdo con lo que dicen las Sagradas Escrituras: “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5).

Ustedes están en la condición de Cornelio, dispónganse para escuchar el mensaje de salvación del apóstol Pedro, y obtendrán lo que obtuvieron Cornelio y su casa.

Y ahora les digo también a ustedes que entran por las puertas de los lugares de culto evangélicos casi todos los domingos, si ustedes no han nacido de nuevo, todavía están perdidos en sus delitos y pecados y siguen siendo hijos de ira. También ustedes arrepiéntanse y crean en el Evangelio y obtendrán el perdón de sus pecados. Ustedes no son salvos porque sus padres son creyentes; ustedes no son salvos porque frecuentan una comunidad evangélica, ya que la salvación es personal, no grupal, y si ustedes no han nacido de nuevo no entrarán en el reino de los cielos, y el hades les tragará si no han recibido la misericordia de Dios y sus pecados no han sido perdonados. Nada impuro entrará en el reino de los cielos, ningún pecador, ningún pecado, por lo tanto, deben ser limpiados por la sangre de Jesucristo, por medio de la fe, de todo pecado para poder entrar en el reino de los cielos.

Miren, pues, que la luz que creen haya en ustedes no sea tinieblas.

A todos les exhorto, por tanto, yo que una vez estaba perdido en mis delitos y pecados como ustedes, de arrepentirse y creer en el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, para obtener el perdón y la purificación de los pecados.

El que tiene oídos, oiga lo que la Palabra de Dios dice a las Iglesias.

Por el hermano en Cristo Jesús: Giuseppe Piredda

Traducido por Enrico Maria Palumbo

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Catolicos Romanos, conviértanse de los ídolos al Dios vivo y verdadero …

vatican_1594625cOh varones y mujeres, que se han hecho imágenes y esculturas de todo tipo, y van a postrarse ante tales cosas suplicandoles para ayudarles, para sacarles afuera de los problemas en los que se encuentran, y en los cuales confían para su salvación, yo les predico que se conviertan de estas vanidades al Dios vivo y verdadero que hizo el cielo y la tierra, el mar y todas las cosas que en ellos hay, para servirle y esperar a su Hijo de los cielos.

Hasta ahora, han adorado a estas llamadas sagradas imágenes y esculturas que tales no son, ya que son ídolos que son abominación a Dios y que un día Dios destruirá en el furor de su ira, junto con aquellos que los adoran y los aman. Sí, Dios odia esas cosas que tanto aman y respetan porque hacen que ustedes se alejen de Su adoración en espíritu y verdad, y porque de esta manera ustedes se han puesto para servir y adorar a la criatura en lugar del Creador mismo, que es bendito por siempre. Y por estas razones no pueden heredar el reino de Dios. Merecen descender en las llamas del hades cuando mueran; De hecho, este es el destino de los idólatras.

Esas cosas que ustedes adoran no pueden ayudarles de ninguna manera, repito, de ninguna manera; porque son vanidad, obra de manos. La Sagrada Escritura dice: “Tienen boca, mas no hablan; tienen ojos, mas no ven; orejas tienen, mas no oyen; tienen narices, mas no huelen; manos tienen, mas no palpan; tienen pies, mas no andan; no hablan con su garganta” (Salmos 115:5-7), y también: “ni para hacer bien tienen poder” (Jeremías 10:5). El diablo, que es el enemigo de Dios y el cual engaña al mundo entero, les ha hecho creer en vez que tienen poder para socorrerles. Sus ojos han sido cegados por este ser maligno que peca desde el principio y es el padre de la mentira.

Ahora, por lo tanto, abandonen sus ídolos, y dirijan su corazón al Dios que creó todas las cosas por su sabiduría, y que les apoya con su poder infinito. Arrepiéntanse de haberse dado a la idolatría que Dios odia y por la que merecen ser condenados a la infamia eterna, y abandonen sus ídolos, y crean con todo su corazón en Jesucristo, el Hijo del Dios vivo y verdadero y así obtendrán el perdón de los pecados. Está escrito, de hecho, que “De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43).

Dios envió a su Hijo al mundo, y específicamente en el país de los Judíos, hace unos dos mil años. Él vivió una vida sin mancha, sin pecado, haciendo el bien, sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él, pero para que se cumplieran las palabras antes pronunciadas por Dios a través de Sus antiguos profetas sugún las cuales Él tuvo que morir por nuestros pecados, Él fue odiado por sus compatriotas, fue condenado a muerte por el Sanedrín que era el tribunal judío de la época, y entregado a los Romanos para que lo matasen. Y así sucedió que Jesucristo, el Justo, fue crucificado. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos al tercer día, y se presentó vivo a sus discípulos con muchas pruebas indubitables; esto fue para nuestra justificación. Y por lo tanto ahora, en virtud de su muerte y resurrección, todo el que crea en Él está totalmente perdonado por Dios purificado de todos los pecados. Esta es la Buena Nueva del Reino de Dios y es capaz de salvarles del pecado y de la condenación eterna si es aceptada por fe. Si en vez la rechazan ella les juzgará en el último día cuando comparecerán ante Dios para ser juzgados por Él.

Por el maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo

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Contra el culto a María

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Los Católicos Romanos, que se llaman a sí mismos Cristianos, han convertido a María, la madre de Jesús – una de nuestras hermanas que después de acabar la carrera fue salvada por el Señor en Su reino celestial donde está descansando de sus labores – en “Corredentora”, “Mediadora”, “Refugio de los pecadores”,”Reina del Cielo”,”Nuestra Señora”, por mencionar sólo algunos de los muchos títulos que le son conferidos, y le adoran al ofrecerle oraciones y cantos y encomendando su alma a ella, y postrándose ante estatuas e imágenes que le representan que han puesto un poco en todas partes.

Sin embargo, está escrito: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3), y también: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos” (Éxodo 20:4-6).

Los Católicos Romanos son por tanto idólatras en el camino que lleva a la perdición y con ellos no hay comunión y no hay acuerdo porque nosotros somos luz en el Señor mientras ellos son tinieblas (2 Corintios 6:14-18), entonces hay que predicarles de arrepentirse y creer en el Evangelio (Marcos 1:15), diciéndoles que se conviertan de sus ídolos mudos a Dios (Hechos 14:15), de lo contrario, cuando morirán, descenderán a las llamas del hades porque es allá que van los idólatras (1 Corintios 6:9-10). Y luego animarlos a salir de la Iglesia Católica Romana (2 Corintios 6:17-18).

Tengan cuidado, el culto a María y a los santos que están en el cielo es un culto condenado por Dios, y los que participan en eso provocan Dios a celos y lo hacen enojar (Deuteronomio 32:16). Ellos, de hecho, adoran y sirven a los seres creados antes que al Creador, quien es bendito por siempre (Romanos 1:25).

“AL SEÑOR TU DIOS ADORARÁS, Y A ÉL SOLO SERVIRÁS” (Lucas 4:8).

Quien tiene oídos para oír, oiga

Por el maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo

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La salvación del pecado

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La Escritura dice que todos pecaron (Véase Romanos 3:23), por lo tanto todos son esclavos del pecado que cometen segundo que está escrito: “todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34). Pero también dice que el pecador puede ser liberado de la esclavitud del pecado. ¿Cómo? Sólo tiene que arrepentirse de sus pecados y creer en el Señor Jesucristo. Pero ¿por qué tiene que creer en Jesucristo después de que se ha arrepentido? Porque Él es el que ha sido enviado por Dios para salvar a los hombres de sus pecados. El ángel que apareció a José, antes de que María dio a luz a Jesús, de hecho, le dijo: “él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21) y Jesús mismo dijo que Él vino al mundo para salvarlo (Véase Juan 12:47).

Pero ¿de qué manera Jesús vino a salvar al hombre del pecado? Ofreciendo en sacrificio su carne y su sangre. Vamos a explicar este concepto básico, a partir del pecado. El pecado entró en el mundo por un sólo hombre llamado Adán, y este pecado se pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron (Véase Romanos 5:12). Pero, ¿qué hace fuerte el pecado en el hombre? La ley, porque, como dice Pablo, es “el poder del pecado” (1 Corintios 15:56). Siempre Pablo explica esto cuando dice: “el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató” (Romanos 7:11). En otras palabras, el pecado se basa en la ley para llevar la muerte en el hombre; la ley es, sí, buena y santa, pero el pecado se usa de esa simplemente para causar la muerte en el hombre. Para hacer una comparación, es como si un asesino se usase de una pieza de madera hecha por Dios para matar a otro hombre; lo que mata no es la madera hecha por Dios que es buena en sí misma, sino el asesino que la utiliza para llevar a cabo su designio criminal. Así el pecado asesino utiliza la ley dada por Dios a Israel, y por lo tanto buena, para matar espiritualmente a la gente. Así que fue necesario quitar el pecado, es decir, despojarlo de su poder que tenía sobre el hombre. Y Jesús hizo precisamente eso con su sacrificio en la cruz, él quitó el pecado (Véase Hebreos 9:26); y fue capaz de hacer esto porque cargó en él nuestros pecados al morir en la cruz por todos nosotros (Véase Isaías 53:6,11,12). Es por eso que todo aquel que en él cree ha sido justificado del pecado, porque Jesús, en la cruz, ha crucificado a su (del creyente) viejo hombre (Véase Romanos 6:6-7). Así que los que creen en Cristo mueren al pecado con Cristo; y, en consecuencia, la ley deja de controlarlo debido a que la ley se enseñorea del hombre sólo cuando él está vivo, y no también después de que él ha muerto. Y el creyente a través del cuerpo de Cristo ha muerto a la ley, a saber, la ley en que estaba sujeto, para que sea de otro, del que resucitó de los muertos (Véase Romanos 7:1-6).

Como he dicho muchas veces, la liberación del dominio del pecado viene por la fe en Cristo, y así no por las obras, tanto que se lleven a cabo antes como después de creer, o tal vez a través del bautismo que recibimos después de creer en Jesús, sino sólo por la fe. Es por eso que la salvación es por gracia, ya que para conseguirla sólo se necesita creer en Aquel que libera del pecado, Jesús. Y dado que se recibe por la gracia de Dios y no por nuestros propios méritos, el hombre delante de Dios no tiene nada de que gloriarse. Él puede gloriarse solamente en el Señor, es decir gloriarse de haber recibido de Su mano esta gran salvación, exclusivamente por Su gran misericordia. Muchos, sin embargo, han cancelado la gracia de Dios al hacer depender la salvación del hombre por sus méritos, por sus sufrimientos, y así sucesivamente. Queremos, por lo tanto, hacer fuertemente hincapié en este tratado que la salvación viene sólo por la fe. He aquí algunas Escrituras que demuestran de manera inequívoca que la salvación se obtiene sólo por la fe.

– Pablo y Silas, cuando el carcelero de Filipos les preguntó: “¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hechos 16:30), le respondieron: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31).

Observen cómo los apóstoles respondieron inmediatamente y de común acuerdo al carcelero asustado: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”, porque demuestra que el mensaje de salvación que anunciaban a los hombres se basaba en la fe en Cristo y no en los méritos del hombre. Los apóstoles estaban calzados con el apresto del Evangelio de la paz, porque ellos se apresuraron a responder a la pregunta tan importante de ese hombre y a responder de la manera correcta, de hecho, le dijeron que sólo tenía que creer en Jesucristo para ser salvo. Esta era la buena noticia que los hombres escuchaban de la boca de los apóstoles y esta es la buena noticia que todavía tienen que escuchar.

– Pablo dijo a los Romanos: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16).

Esto significa que es el mensaje de la Buena Nueva que libera del pecado a todos los que creen en él. Y nosotros somos testigos de la salvación realizada por el Evangelio en los que eran esclavos de toda clase de maldad: hombres que en el pasado fueron fornicadores, sodomitas, ladrones, borrachos, avaros, hechiceros, mentirosos, han sido liberados del pecado al que obedecían únicamente por su fe en el Evangelio.

– Pablo dice a los Efesios: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).

Los que hemos creído en el Evangelio de nuestra salvación hemos sido liberados de nuestros pecados por medio de la fe en el Evangelio; ninguno de nosotros puede pretender ser salvado de sus pecados por haber hecho limosnas, visitas a los enfermos, las viudas y los huérfanos, o por haber dado comida, bebida y ropa a aquellos que lo necesitan, precisamente porque no es en virtud de las buenas obras que habemos obtenido esta gran salvación, sino sólo y únicamente,y lo repito solamente, por haber creído en el Evangelio de la gracia de Dios. Si se pudiera ser salvados por buenas obras, Cristo habría muerto en vano, y sería inútil predicar el Evangelio a todos aquellos hombres que piensan alcanzar la salvación por hacer el bien a sí mismos y a los demás. Pero además de eso, hay que decir que si se pudiera ser salvados por buenas obras, los hombres tendrían de qué gloriarse delante de Dios, porque podrían decir que han merecido la salvación, en otras palabras, podrían decir que fue el resultado de sus trabajos, y ellos nunca dirían que es el fruto del tormento del alma de Jesucristo. Ellos podrían decir que fueron ellos los que sufrieron por salvarse, y no más que Cristo, el Justo, padeció por nosotros injustos para liberarnos de la esclavitud del pecado. Pero, como decía Pablo a los Romanos, “¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe” (Romanos 3:27), porque creemos que el hombre es salvado por la fe en Jesucristo. He aquí porque no tenemos nada de que gloriarnos, porque hemos sido salvados por la ley de la fe, y por lo tanto, por gracia. Sí, por la gracia de Dios; porque sólo hemos tenido que creer en el Señor Jesús para ser salvos.

– Pablo dice a los Tesalonicenses: “Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2 Tesalonicenses 2:13).

El apóstol le daba gracias a Dios porque a Dios le había agradado, de acuerdo a Su propósito eterno, para salvar a los creyentes de Tesalónica. Pero, ¿cómo Dios los había salvado a los tesalonicenses? ¿A través de las buenas obras, tal vez? No, sino por la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad. Una vez más, la Escritura confirma que la salvación no viene a través de las buenas obras, sino por la fe en la verdad. ¿Dónde, pues son los méritos de los hombres? Quedan excluidos por la ley de la fe.

– Pablo dice a los Corintios: “Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos…” (1 Corintios 15:1-2), a continuación les dice el Evangelio que predicaba, y luego dice: “así predicamos, y así habéis creído” (1 Corintios 15:11).

A partir de este discurso de Pablo se deduce que los Corintios fueron salvados por su fe en el Evangelio y no por haber hecho buenas obras. Algunos de ellos eran adúlteros, fornicarios, idólatras, sodomitas afeminados, ladrones, avaros, codiciosos, borrachos y abusadores; pero ellos fueron salvados de sus pecados a través de la fe en el Evangelio, sin las obras de la ley. Por esta razón el mensaje de Cristo se llama la Buena Nueva de la paz; porque a fin de obtener la paz con Dios, es decir, para reconciliarse con Dios, los pecadores no deben hacer acciones meritorias, sino deben sólo arrepentirse y creer en el nombre de Jesucristo. Además, ¿qué buena noticia sería el mensaje de Cristo, si se tratara de decir que para ser salvados del pecado, debemos hacer buenas obras? ¿No sería todo eso en clara contradicción con la esencia del Evangelio? Por supuesto que sí; sería como decir que Jesús vino a salvarnos gratuitamente, sin pedir nada más que el arrepentimiento y la fe en Él, ¡pero nosotros debemos cooperar con él (hacer buenas obras), a fin de ser salvados del pecado!

– Pablo dice en la Epístola a Tito: “Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo…” (Tito 3:3-5).

A partir de estas palabras de Pablo aprendemos claramente dos cosas: la primera es que hemos sido salvados y por lo tanto podemos afirmar que somos salvos, sin el riesgo de ser presuntuosos; la segunda es que esta salvación se obtuvo no por haber hecho buenas obras, sino sólo por la misericordia de Dios, que nos hizo renacer a nueva vida a través de la Palabra de Dios sembrada en nosotros (el lavamiento de la regeneración) y por la renovación obrada en nosotros por el Espíritu Santo.

– Pablo le dice a Timoteo que Dios “nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo…” (2 Timoteo 1:9-10).

El apóstol dice por enésima vez que Dios nos ha salvado por gracia sin que nos hubiéramos hecho nada bueno; pero también dice que Dios nos ha dado la gracia antes de los tiempos de los siglos, es decir, antes de la fundación del mundo. Y si eso no fuera suficiente para dejar claro que nuestra salvación no estaba relacionada en absoluto a las buenas obras que nosotros hubimos hecho, sino únicamente por Dios al Cual le gustó salvarnos sin que nosotros lo mereciésemos, también podemos mencionar las siguientes palabras de Pablo a los Romanos acerca de Esaú y Jacob: “(pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor” (Romanos 9:11-12), y estas otras: “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Romanos 9:16). Delante de estas palabras caen una vez más todos aquellos argumentos que atribuyen la salvación a las obras meritorias.

– Pedro dijo a Jerusalén, delante de los otros apóstoles y de los ancianos: “Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos” (Hechos 15:11).

Ahora, aquí Pedro dijo que ellos que nacieron Judios fueron salvados por gracia de la misma manera en que se lo fueron los gentiles; y esto a pesar de que fueron circuncidados en la carne y tenían la ley de Moisés con los mandamientos de Dios. Pero, ¿por qué Pedro no pudo decir que ellos que eran Judios fueron salvados por las obras de la ley, mientras que los gentiles, que no tienen la ley, fueron salvados por gracia? Debido a que también ellos Judios, para ser salvados, sólo habían tenido que creer (y por lo tanto no habían merecido la salvación por la ley), de la misma manera que los gentiles. Las palabras de Pedro dejan claro que para ser salvados se debe sólo creer y no obrar, porque la salvación de Dios se ofrece gratuitamente tanto a los Judios como a los Gentiles.

– Jesús, en los días de su vida mortal, dijo estas palabras a dos mujeres: “Tu fe te ha salvado” (Lucas 8:48; 7:50): le dijo a la mujer que fue sanada de su flujo de sangre, y a la mujer pecadora que le regó sus pies con lágrimas, y los enjugó con sus cabellos y que los ungió con aceite. A uno de los diez leprosos que sanó y a Bartimeo dijo las mismas palabras, es decir, “Tu fe te ha salvado” (Lucas 17:19; 18:42).

También estas Escrituras confirman que es sólo a través de la fe que uno es salvado y no por las buenas obras.

– Pablo dice a los Romanos: “Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:8-13).

Como se puede ver para ser salvados no es necesario hacer buenas obras, pero es necesario confesar con la boca que Jesús es el Señor, y creer en el corazón que Dios le levantó de los muertos. ¿No es sencillo y claro el camino de la salvación que ofrece la Escritura? Por supuesto que lo es.

Hermanos, les insto a que se mantengan anclados a la doctrina de la salvación por gracia por medio de la fe en Cristo Jesús, y a no desviarse de esa porque esto significaría hacer inútil el sacrificio de Cristo en la cruz, significaría decir que Jesús murió en vano y por lo tanto caer de la gracia. Que se hable de este tema entre ustedes para que sean fortalecidos, y hablen con los pecadores para que también ellos se arrepientan y crean en Jesucristo. La fe viene por el oír, y el oír viene por la Palabra de Dios, es por esta razón que los pecadores, para creer en Cristo para su salvación necesitan oír acerca de él, de su sacrificio expiatorio. Que la cruz, la cruz de Cristo sea anunciada con toda confianza ya que salva al hombre del pecado. No hay un mensaje alternativo, y ustedes esto lo saben muy bien, porque fue a través de la predicación de la cruz que ustedes han sido salvados por la gracia de Dios.

 

La servidumbre de la justicia

Como hemos visto la Escritura dice claramente que no somos salvos por las obras de justicia, sino por la fe en Cristo y entonces por la gracia de Dios. Pero la misma Escritura también dice claramente que nosotros, ahora que somos salvos, habiendonos convertido en siervos de la justicia, tenemos que hacer buenas obras. De hecho, Pablo dijo a los Efesios que somos “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10); y a Tito que Jesucristo “se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14). Pero antes que Pablo, este concepto lo había explicado el Señor Jesucristo quien dijo a sus discípulos que había elegido para que practicasen las buenas obras. He aquí sus palabras: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé” (Juan 15:16). Pero ¿por qué tenemos que ser celosos de buenas obras? Porque Jesús dijo: “En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8), y también: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16) haciendo entender que nosotros, haciendo buenas obras, haremos glorificar al nombre de Dios. Además de esto hay que tener en cuenta que nosotros, haciendo buenas obras, hacemos tesoros en el cielo que es la recompensa que el Señor nos va a dar en ese día (que para nosotros es un estímulo). De hecho, cuando Jesús le dijo al joven rico que vendiera todo lo que tenía y que lo diese a los pobres, le dijo: “y tendrás tesoro en el cielo” (Mateo 19:21), y Pablo le dijo a Timoteo que mandase a los ricos a ser “ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna” (1 Timoteo 6:18-19).

Concluyo diciendo esto: los creyentes sabemos que a través de nuestra fe somos salvos del pecado y de este presente siglo malo, pero también sabemos que ahora somos esclavos de la justicia y por eso tenemos que poner nuestros miembros al servicio de la justicia por todo tipo de buena obra. Pero mientras que cuando éramos esclavos del pecado no teníamos ningún fruto de nuestras malas obras, de las que aún hoy nos avergonzamos de haber hecho, ahora que somos siervos de la justicia, las buenas obras que hacemos por el amor del Señor y de los elegidos contribuyen a mantener firme y segura nuestra vocación, así como a hacernos un tesoro en los cielos, una buena base para el futuro y por las que no nos arrepentiremos y no avergonzaremos jamás de haber hecho. Así que las obras de justicia son útiles, muy útiles, nadie las menosprecie. Sepa el que se niega a hacer buenas obras que la Escritura dice que “como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Santiago 2:26), una tal fe no tiene valor ante Dios de acuerdo a como está escrito: “¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” (Santiago 2:20). No se equivoquen, por lo tanto, a daño de su alma; los pámpanos que se secan que no permanecen en Cristo son recogidos y echados en el fuego para ser quemados (Véase Juan 15:6).

Por el Maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo

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¿Salvados por la sóla Fe o también por las obras?

colomba“Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios. Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe. Asi mismo también Rahab la ramera, ¿no fue justificada por obras, cuando recibió a los mensajeros y los envió por otro camino? Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.” (Santiago 2:14-26)

Algunos creen que estas palabras de la Escritura quieren decir que no hemos sido salvados por la sóla fe, sino también por las obras. Para comprender estos pasos, debemos ser capaz de determinar el momento en el que hemos sido salvados. En este sentido, recordamos las palabras de Jesús que dijo a Nicodemo:

“Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.” (Juan 3:5)

Este nuevo nacimiento del que habla Jesús es cuando una persona se arrepiente de sus pecados y pide perdón a Dios y cree en el sacrificio que Jesucristo hizo en la cruz, que murió llevando nuestras rebeliones, nuestros pecados. Esta obra de persuasión la realiza el Espíritu Santo en el corazón del hombre, como está escrito:

“Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.” (Juan 16:8-11)

En el momento en que la persona cree obtiene el nuevo nacimiento, la regeneración espiritual. Esta regeneración, momento en el que somos perdonados, limpiados del pecado y somos hechos justos por Dios, es sólo por la fe en Cristo Jesús, de hecho está escrito:

“…nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5)
Ahora, puesto que sólo hay una salvación, si vemos la salvación recibida por el ladrón en la cruz, y consideramos que no ha hecho ningúna obra para ser salvo, y respetamos el hecho de que el ladrón ha demostrado con su boca que él creía, como dijo Jesús: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43), entendemos que la salvación por la sóla fe es completa.

Entonces el ladrón en la cruz fue salvado por la sóla fe sin ninguna buena obra, y esto es confirmado por otros pasajes de la Escritura, como estas palabras escritas por Pablo: “…el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.”(Romanos 3:28); y otra vez: “…el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo…” (Gálatas 2:16); Pablo también ha confirmado las mismas cosas a los Efesios: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:8-9)

A la luz de lo que hemos demostrado con las Escrituras en cuanto al recibir el don de la salvación por la sóla fe, ahora vamos a examinar la cita anterior al comienzo de la epístola de Santiago.

En primer lugar hay que señalar que Santiago llama “hermanos” a los que eran dirigidas esas palabras; los hermanos de Santiago eran los nacidos de nuevo que habían sido regenerados espiritualmente y que eran justificados y perdonados de sus pecados, como escribió poco antes en la misma epístola:

“El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18)

Así, Santiago sabía que los destinatarios de la epístola y, por lo tanto, de esas palabras de exhortación a las buenas obras, eran dirigidas a los que eran sus hermanos y hermanas en Cristo, regenerados por el Espíritu Santo, salvados por la fe en Cristo Jesús.

Dicho esto, entendemos, por tanto, que Santiago no habla en ese pasaje como si las buenas obras tuvieran un poder regenerador en el espíritu, sino que presenta las obras como una consecuencia natural de la salvación obtenida por fe, de hecho por el comportamiento que se produce en la vida se manifiesta concretamente la fe en Dios que uno tiene en su corazón.

Queda claro entonces que un hombre que no lleva a cabo las obras, o que nunca ha tenido la fe, es decir que nunca ha sido regenerado por el Espíritu Santo, o en ese preciso momento ya no tiene mas la fe ya que carece de las obras y la fe sin obras está muerta. Si la fe está en el corazón de un hombre debe necesariamente manifestarse y no se puede esconder. Si un creyente tiene fe inevitablemente debe hacer seguir a la fe las obras que Dios le requiere que haga y que le coloca en el frente. Una lámpara encendida no se pone debajo de la cama o debajo de un almud.

En conclusión, el hombre se salva por la fe sóla, como está escrito: “Mas el justo vivirá por fe…” (Hebreos 10:38), sin embargo, a esta fe tiene que seguir una vida llena de buenas obras. Pero pueden existir personas que, aunque si están llenas con buenas obras y el deseo de hacer el bien no han sido regeneradas y no han nacido de nuevo, entonces, no hay en ellos la fe que el Espíritu pone en los hombres desde el momento del nuevo nacimiento. Estas personas no se salvarán. No puede ser de otra manera, porque la salvación no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia, como está escrito: “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.” (Romanos 9:16)

Los que no son salvos y sus pecados no fueron perdonados por la fe en el sacrificio de Jesucristo en la cruz deben arrepentirse y creer en el Evangelio; quienes, sin embargo, ya han sido salvados y perdonados de sus pecados, deben cumplir todas las obras que Dios pone delante de ellos, de lo contrario su fe será inútil.

Giuseppe Piredda

La serpiente de bronce: cualquiera la mirará, vivirá

Woman Looking at the Sky¡Hombres y mujeres!, Ustedes que viven todavía lejos de Dios, bajo la esclavitud del pecado, es a ustedes que hablo! Escúchenme con atención, por vuestro bien. En el libro de Números, la Biblia nos dice sobre un hecho muy peculiar que aconteció en el desierto en el transcurso del viaje del pueblo de Israel hacia la tierra prometida. Y esto es lo que pasó: “Después partieron del monte de Hor, camino del Mar Rojo, para rodear la tierra de Edom; y se desanimó el pueblo por el camino. Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés, diciendo: ¿por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano. Y Dios envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo; y murió mucho pueblo de Israel. Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: hemos pecado por haber hablado contra el Señor, y contra ti; ruega al Señor que quite entre nosotros estas serpientes”. Y Moisés oró por el pueblo. Y el Señor dijo a Moisés: hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre una asta: y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá. Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre una asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía” (Números 21:4-9).

Como pueden ver, nos viene explicado que a consecuencia de las quejas del pueblo, Dios los castigó mandando serpientes venenosas a morderlos y muchos Israelitas murieron. Entonces el pueblo reconoció de haber pecado y fue con Moisés a suplicar para que intercediera en su favor para que Dios alejara de ellos las serpientes. Y Moisés oró a Dios que le dijo de hacerse una serpiente de bronce y ponerlo sobre una asta, para que cualquiera que fuera mordido lo mirase evitándole la muerte. Si, porque cualquiera que hubiera mirado aquella serpiente puesta en el asta salvaba su vida. Este relato que acabamos de contar tuvo lugar hace tres mil años y es sombra de la salvación preordenada por Dios antes la fundación del mundo y manifestada en los últimos tiempos para nosotros. En otras palabras este muestra al hombre que tiene que hacer para evitar la muerte segunda, que es el final terrible e infame, pero justo que tendrán todos aquellos que han muertos en sus pecados. ¿ Y que tiene que hacer? El tiene simplemente y únicamente creer en el Señor Jesucristo. Ahora les explicaré en la manera más exhaustiva posible lo que le acabo de decir. Ahora bien, la palabra de Dios dice que “todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23) así que ustedes también han pecado contra Dios y están sin la gloria de Dios. En otras palabras ustedes también por causa de sus pecados sois bajo maldición. Con vuestra conducta impía y abominable habéis quebrantado la ley santa de Dios, habéis ofendido y despreciado a Dios que es Santo y no tolera la maldad, entonces  Él está muy molesto con ustedes, tanto que si se mueren en esta condición Él los arrojaría de inmediato al infierno donde hay llanto y crujir de dientes. Pueden estar seguros de esto. La ira de Dios está sobre ustedes, pesada como una enorme roca sobre su cabeza. Sois pecadores, descarriados, rebeldes, sirviendo a varías concupiscencias, llevando la vida con malicia, odiosos y odiándose uno con otro, llamáis mal al bien, y al bien mal. Aparentemente pueden parecer justos también, sin embargo por dentro sois llenos de hipocresía e iniquidad, sois como aquellos sepulcros emblanquecidos, que parecen bellos por fuera, mas por dentro están llenos de huesos y basura. No pensáis de ser justos y buenos, se ilusionan, ustedes sois rebeldes, infractores. Sois en la misma condición de aquellos Israelitas que en el desierto pecaron contra Dios y Dios mandó contra ellos las serpientes venenosas para morderlos. Sois condenados a muerte. ¿Pero que muerte? No la muerte física, que es una muerte que todos, justos y pecadores, experimentan. Mas bien de la muerte segunda que es el lago ardiente de fuego y azufre, y que solo los impíos experimentaran. Esto es lo que dice la Biblia de esta muerte a la cual van al encuentro: “pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idolatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8) Sigue leyendo

Que tienes que hacer para obtener el perdon de tus pecados

dios1Tu has contraído deudas hacia Dios, tu Creador, y esto porque has infringido su ley. Esta ley dice de no matar, y tu has matado; Ella dice de no robar, y tu has robado; Ella dice de no cometer adulterio, y tu has cometido adulterio; Ella dice de no blasfemar, y tu has blasfemado el nombre de Dios; Ella dice de no mentir, y tu amas y practicas la mentira; Ella dice de no desear ninguna cosa de tu prójimo, y tu deseas los bienes de tu prójimo. La ley de Dios ordena también de no hacerse estatua o imagen de ninguna cosa que esta allá arriba en el cielo o aquí en la tierra y no servirles, y tú al contrario te has hecho esculturas y pinturas de hombres y mujeres y también de animales y te postras ante ellas y las veneras, rezando y sirviendo a ellas en diferentes maneras. La ley de Dios dice de honrar tus padres, mientras tu le faltas al respeto.

Entonces tu delante de Dios eres culpable. El sentimiento de culpa lo experimenta en tu interior porque tu conciencia te reprende continuamente diciéndote que has actuado mal hacia tu prójimo y hacia Dios, aunque todavía no lo conoces. Alguna vez has tratado de callar tu conciencia haciendo algo de bien, o con alguna limosna, pero tu conciencia ha continuado inexorablemente a reprenderte y esto lo sabes muy bien aunque no lo quieras reconocer. Luego alguien te ha dicho de confesarte con un cura porque él tiene la autoridad divina de perdonar a los hombres los pecados. Y así has hecho como te dijeron; fuiste al confesionario y después de haber enumerado al cura tus pecados has recibido de él la absolución. Por un momento has pensado que por fin tu conciencia te iba ha dejar en paz, pero esto no sucedió, porque aquella voz interior que tu solo puedes oír, ha continuado a reprenderte fuertemente. Estás desesperado, no sabes como hacer para librarte de este frustrante sentimiento de culpabilidad, de plano no sabes que hacer para obtener el perdón de tus deudas; cada remedio ha sido un fracaso. Quizás alguna vez en tu mente surgió la idea que solo la muerte puede expiar tus pecados, así que mejor acabar de una vez con esta vida; no hagas una cosa así, porque haciendo esto no resuelves perfectamente nada, es mas aumentarían tus pecados porque te mataría tu mismo y entonces no tendrías ya ninguna posibilidad de obtener perdón porque te irías al infierno cargado de todos tus pecados sin tener ninguna posibilidad de ser perdonado. Tu entonces me dirás: ¿y entonces que tengo que hacer para obtener la remisión de mis pecados y así librarme de este sentimiento de culpabilidad que me persigue noche y día? Esto es lo que tienes que hacer: debes antes que nada arrepentirte de haber pecado contra de Dios y contra de tu prójimo, en otras palabras tienes que sentir un fuerte sentimiento de disgusto hacia todo el mal que has hecho y proponerte no volverlo hacer. Después de esto, tienes que creer con todo tu corazón en el evangelio, que es la buena nueva escrita en la Biblia la cual afirma que Dios en la plenitud de los tiempos ha mandado en el mundo su Hijo, Cristo Jesús, para cumplir la propiciación de nuestros pecados, esto es; para llevar sobre su cuerpo nuestros pecados y morir en nuestro lugar y así reconciliarnos con Dios. La Biblia de hecho dice que Cristo ha muerto por nuestros pecados, y más que esto ha resucitado de entre los muertos para nuestra justificación (Romanos 4:25). Creyendo en él obtendrás la remisión de tus pecados según está escrito: “de Él dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecado por su nombre” (Hechos 10:43). Sigue leyendo