¿Ya son perdonados los pecados futuros?

D8emYfXEs una falsa doctrina que se enseña por muchos pastores también aquí en Italia, y dice que en virtud del sacrificio expiatorio hecho por Jesucristo, se nos han sido perdonados todos los pecados, y no sólo los del pasado, sino también los futuros. Para los pecados cometidos después del nuevo nacimiento, por lo tanto, no hay necesidad de pedir perdón a Dios por ellos, simplemente porque ya hemos sido perdonados. Y es precisamente por esta razón que Dios no castiga a nadie de los Suyos por posibles pecados que cometen, porque dicen que está escrito que Jesús ya ha llevado el castigo por nuestros pecados. Pasemos ahora a su refutación.

La Escritura dice que Jesucristo, el Hijo de Dios, cuando murió en la cruz derramó su sangre para el perdón de nuestros pecados, de hecho, cuando la noche que fue entregado dio la copa a sus discípulos, les dijo: “Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mateo 26:28). Y por lo tanto fue a través de su muerte (seguida de su resurrección) que hemos obtenido la remisión de nuestros pecados por medio de la fe en Cristo, sí, por la fe, porque es por la fe que se recibe el perdón de los pecados, de acuerdo con lo que dijo Pedro a casa de Cornelio: “De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43), y Jesús a Saulo cuando se le apareció en el camino a Damasco: “Pero levántate, y ponte sobre tus pies; porque para esto he aparecido a ti, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que me apareceré a ti, librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados” (Hechos 26:16-18). Así que, cuando creímos en el Señor Jesucristo, todos nuestros pecados pasados fueron perdonados, es decir, todos los pecados que habíamos cometido hasta ese momento, sin excepción. Lo que obtuvimos en ese día es llamado por el Apóstol Pedro “la purificación de sus antiguos pecados” (1 Pedro 2:9). Es por eso que el apóstol Pablo nos dice: “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados…” (Colosenses 2:13). Es bueno señalar, sin embargo, que además de creer nos también arrepentimos de nuestras obras muertas. Por lo tanto, los pecadores deben arrepentirse y creer en Jesucristo: por eso que Jesús mandó a sus discípulos a predicar el arrepentimiento y el perdón de los pecados por la fe en su nombre, como está escrito: “Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:45-47). Los pecadores entonces, aunque Jesucristo murió en la cruz por nuestros pecados, no es que ya han sido perdonados y sólo tienen que darse cuenta de esto: no, absolutamente no, sino tienen que saber que Jesucristo murió en la cruz por nuestros pecados, y que para ser perdonados deben arrepentirse y creer en su muerte expiatoria y en su resurrección, de lo contrario, sus pecados permanecerán apegados a su conciencia, o sea, sus pecados seguirán siendo sin perdón, y cuando morirán descenderán a las llamas del Hades a causa justa de sus pecados, porque “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23) y “el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36). Este es un concepto bíblico fundamental que deja claro que la ira de Dios está sobre los hombres que viven en el servicio del pecado, y es por eso que se llaman hijos de ira. Nosotros también, antes de obtener la remisión de nuestros pecados “éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Efesios 2:3).

Llegamos ahora a los pecados que cometen los creyentes. ¿Hay o no hay necesidad de arrepentirse de ellos y confesarlos a Dios por su perdón? La Escritura dice que hay necesidad de esto.

Lucas relata un incidente que ocurrió en Samaria que lo muestra muy claramente. Escuchen lo que dice: “Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo. Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados; así que había gran gozo en aquella ciudad. Pero había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, y había engañado a la gente de Samaria, haciéndose pasar por algún grande. A éste oían atentamente todos, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es el gran poder de Dios. Y le estaban atentos, porque con sus artes mágicas les había engañado mucho tiempo. Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres. También creyó Simón mismo, y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe; y viendo las señales y grandes milagros que se hacían, estaba atónito. Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo. Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo. Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás. Respondiendo entonces Simón, dijo: Rogad vosotros por mí al Señor, para que nada de esto que habéis dicho venga sobre mí” (Hechos 8:5-24). Por tanto, aquel hombre llamado Simón, que se había convertido en un creyente, cometió un pecado porque trató de comprar a los apóstoles el poder de imponer las manos sobre los creyentes para que ellos recibieran el Espíritu Santo, y de esto se dio cuenta inmediatamente el apóstol Pedro que le amonestó y le reprendió severamente. ¿Qué le dijo? “Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás”. Simón, entonces, fue llamado a arrepentirse y orar a Dios para el perdón de ese pecado que cometió. ¿No es suficientemente claro?
Así que la Escritura nos muestra que si pecamos, debemos arrepentirnos y orar a Dios pidiéndole que nos perdone nuestros pecados. Y, de hecho, ¿qué dice el apóstol Juan a los santos? “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Existe, pues, una condición que debe cumplirse para obtener el perdón de nuestros pecados, que es confesarlos a Dios, y Él, en Su fidelidad y bondad nos perdonará.

Pero hay otra condición que debe ser cumplida, que es la siguiente: debemos perdonar las deudas a nuestros deudores, de lo contrario, Dios no perdonará nuestras deudas. Esto es, de hecho, lo que Jesucristo nos enseñó: “…. si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial” (Mateo 6:14-15). Por eso que cuando nuestro hermano se arrepiente del pecado que ha cometido contra nosotros y pide perdón, debemos perdonarlo, de lo contrario, cuando luego nos presentaremos ante Dios para pedir perdón por nuestros pecados, Él no perdonará nuestros pecados. Así es, hermanos, y en este sentido les recuerdo estas otras palabras de Jesús que son muy claras y son parte de la respuesta que Jesús dio a la pregunta de Pedro acerca de cuántas veces habría debido perdonar a su hermano que pecaba contra él: “Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mateo 18:23-35).

¿Han visto lo que va a pasar con nosotros si no perdonamos de corazón a nuestro hermano que se arrepiente y pide perdón? Dios no nos perdonará tampoco, y nos castigará por nuestros pecados. En otras palabras, si no perdonamos las deudas de nuestros deudores, ni siquiera Dios nos perdonará nuestras deudas hacia Él. Pero si les perdonamos tenemos plena confianza en que Él también nos perdonará, y de hecho en la oración que Jesús nos enseñó hay también estas palabras: “….perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores…” (Mateo 6:12). Por lo tanto, confesemos nuestros pecados a Dios con plena confianza, sabiendo que Él los perdonará. En este sentido, quiero también decirles que a veces hay errores que no somos ni siquiera conscientes de ellos, y de hecho se llaman errores ocultos, por lo tanto, es bueno pedir a Dios que limpie incluso aquellos, como dice el salmista: “¿Quién está consciente de sus propios errores? ¡Perdóname aquellos de los que no estoy consciente!” (Salmo 19:12 ‘NVI’).

Hablando de pecados, también hay que decir, sin embargo, que hay un pecado por el cual no podemos obtener el perdón, ya que de ello uno no se puede arrepentir: es el pecado de muerte (1 Juan 5:16). El escritor de Hebreos, de hecho, afirma acerca de este pecado en particular: “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?” (Hebreos 10:26-29) y también: “…Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada” (Hebreos 6:4-8). Este pecado voluntario, por lo tanto, o recaída, es el pecado que lleva a la muerte a quien lo comete, y es negar al Señor, es decir, retroceder para perdición (Hebreos 10:38-39). Noten que los que lo cometen, la Escritura dice que es imposible que sean otra vez renovados para arrepentimiento.

Y, por último, vamos a refutar la afirmación de que Dios no nos puede castigar por nuestros pecados, porque Él mismo llevó el castigo por el cual tenemos paz, como está escrito: “…el castigo de nuestra paz fue sobre él” (Isaías 53:5).

Ciertamente, Jesús sufrió el castigo para el que hemos obtenido paz con Dios, y esto se debe a que Dios cargó en Él el pecado de todos nosotros – “y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido” Isaías 53:4 – por lo tanto, si fuimos reconciliados con Dios fue a través de la muerte de Jesucristo en la cruz. Pero esto no quiere decir que un discípulo de Cristo es inmune al castigo de Dios, porque Jesús dijo al ángel de la iglesia de Laodicea: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19). Estas palabras fueron pronunciadas por Jesús, miren bien. Y de hecho, ¿no es verdad que Jesús dijo acerca de sus siervos que habían cometido adulterio con Jezabel, “He aquí, yo arrojo … en gran tribulación a los que con ella adulteran, si no se arrepienten de las obras de ella” (Apocalipsis 2:22)? Y entonces los castigos de Dios son parte de la disciplina que Él nos imparte para hacernos partícipes de su santidad, y por lo tanto son indispensables, como está escrito en la Epístola a los Hebreos: “Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:5-11). Así que las palabras de Isaías sobre el castigo sufrido por Jesús, no pueden tener el significado que le dan los que dicen que hoy en día Dios no nos castiga con enfermedades u otros eventos funestos.

Concluyo, por tanto, poniendoles en guardia contra aquellos que están propagando esta falsa doctrina que está trayendo graves daños a las Iglesias, ya que lleva a muchos para vivir una vida disoluta y en la ilusión, así como llevarlos a convertirse en orgullosos en su corazón y, de hecho, no saben lo que es la humildad, no saben lo que significa humillarse ante Dios. Estos pastores y predicadores son rebeldes, charlatanes y engañadores, apártense de ellos, porque su levadura leuda toda la masa.

Quien tiene oídos para oír, oiga

Por el maestro de la Palabra de Dios: Giacinto Butindaro

Traducido por Enrico Maria Palumbo